Ocio y Cultura

Por fin un mero mortal le ha echado valor y se ha atrevido a negar la existencia de Dios-George Lucas. Este héroe digno de admiración infinita ha sido el director y guionista Rian Johnson, encargado del Episodio VIII de este emblemático culebrón galáctico, que ha optado sabiamente por "saltarse a la torera" las férreas normas de la franquicia y la intrusiva presión social impuesta desde las atalayas virtuales de millones de fanáticos radicales. Donde el advenedizo J.J. Abrams se bajó los pantalones ante la nostalgia mal entendida y dócil, con "El despertar de la Fuerza" (2015), Johnson ha puesto imaginación sin castrar y agallas artísticas para cerrar tramas caducas y empezar desde cero.

Como bien nos indica el recurrente scroll en amarillo las esquilmadas fuerzas rebeldes, lideradas por una frágil Leia (emociona ver a la fallecida Carrie Fisher recitando las frases de su personaje y, de cierta manera metalingüística, a través de ellas compartir sus últimos días), huyen de un vigorizado Imperio que quiere exterminar la insurrección por completo. Mientras tanto Rey trata de bregar con un huraño Luke Skywalker (Mark Hamill), mutado en una suerte de ermitaño maestro de kung fu, para que complete sus lecciones sobre la Fuerza. Sus problemas no acaban ahí, puesto que simultáneamente mantiene un extraño vínculo psíquico con un cada vez más torturado Kylo Ren.

La película es visualmente hipnótica. Por fin ese prometido Universo infinito se ha expandido a lo ancho y los paisajes son creíbles. Ideas como la isla-templo, el palacio japonés del viscoso Snoke o ese planeta rojo cubierto de sal se constituyen en aciertos formales para quitarse el sombrero laser. Igual de encomiable es el calado emocional que se desprende de la interacción entre unos personajes explotados dramáticamente al máximo de sus capacidades.