Ocio y Cultura

Comprendo que cualquiera que me lea, pensará que le voy a hacer la publicidad gratuita a la multinacional Disney. Pero, créanme, a pesar de que ya la acabo de nombrar, no es así. Prometí contarles desde esta página mis impresiones como emigrante en un nuevo país, y ser, de alguna forma, el nexo entre ustedes, queridos lectores, y esta nueva realidad que enfrento.


Uno de los recuerdos memorables de mi infancia, tiene que ver con oír hablar a mi padre acerca de "esa nueva película fabulosa para la que no se consiguen entradas". Vivíamos en Barcelona, y se inauguraba el cine Aribau, con pantalla panorámica y sonido Dolby debajo de cada asiento. Mis padres nos recogieron a mis hermanos y a mí recién salidos de la escuela, nos dieron una copa Vienna -lo último en meriendas de las de entonces: copa de chocolate con nata- y hojaldres con almíbar. Yo me relamía de gusto como un gato. Y, con tan dulces perspectivas, nos dirigimos al centro. Recuerdo esa ocasión como la primera vez que fui al cine a lo grande.

Porque, aunque mi primera película, en sala, fue la de Blancanieves, la experiencia con La guerra de las Galaxias, superó, con mucho, no sólo lo anterior, sino también muchas otras veces de las que fui después. En el cine Aribau, yo sentía que las butacas se movían a ritmo de los disparos intergalácticos y me encontré, de pronto, sentada al lado de Luke Skywalker, mirando en la pantalla de la nave, cómo se acercaba el momento de dejar caer la bomba que lo resolvería todo, en medio del interminable corredor de La Estrella de la Muerte -ese detestable y terrorífico planeta artificial, creado para la destrucción-, recibiendo disparos por todos lados. En ese instante, supe que sólo tenía que confiar en mi propio instinto para alcanzar el objetivo y entendí, a mi corta edad, que la fe y las creencias son un impulso más que suficiente para lograr lo que uno desea, aunque las consecuencias puedan cambiar el curso de una galaxia...Desde entonces, el preguntarme "¿por qué no?" me ha conducido a innumerables sorpresas, siempre agradables, y me ha llevado a aceptar desafíos y lograr éxitos que ni siquiera me atrevía a soñar.


Hoy los que somos padres, vamos al cine con niños, deseando que aprendan muchos de los valores maravillosos con los que nosotros crecimos. Y, sin querer, cargamos con una sonrisa displicente como si ya nuestro aprendizaje fuese algo muy selectivo. Pues bien, eso no es cierto. Ayer fui a varios lugares y me encontré con un Kylo-Ren apuntando a unos árbitros con su espada láser en los Play-Offs de fútbol norteamericano. Vi un anuncio de televisión en el que una niña aparecía llena de polvo rojo que salía de su pantalla, y eso se debía a que estaba cerca de las naves galácticas cuando éstas expulsaban sal roja sobre un desierto blanco. Una chica coreana iba con su padre a comprarse un coche y, al tocar el volante de uno, aparecían cientos de blancos soldados del Imperio, rodeándola, y se veía en la necesidad de apretar el acelerador. Sólo podía volver a la realidad, en estado de shock, cuando su padre le tocaba el hombro. Me enteré de que, en Burbank, a 40 kilómetros de Los Ángeles, la policía tuvo que intervenir en un cine porque en el pre pase de El último Jedi había problemas de sonido y los espectadores, que llevaban horas haciendo cola, se sentían estafados.


Así que, con todo eso en las espaldas, también me fui al cine, sonrisita incluida. Hallé un personaje cuyas dudas dominan sus impulsos. Vi a alguien que no supo cómo asimilar un fracaso ni cómo cambiar su realidad. Encontré a otra con tales ansias de saber y de hacer lo correcto, que descubre realidades inesperadas. Me topé con alguien que toma las mejores decisiones superando sus propios dolores y su desesperanza. Con semejantes arquetipos, me di cuenta de que hace mucho tiempo que dejé de ver las cosas desde afuera, porque soy yo quien está en la película. Ésa que sucedió en una galaxia muy, muy lejana....