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Irene Montero con Pablo Iglesias (PODEMOS) PD
Pocos saben qué ofrece Podemos exactamente sino la imagen de un grupo que, a falta de ideas, ha emprendido una dinámica suicida
Encuesta¿Le pasará factura electoral a Podemos su apoyo a los verdugos y asesinos chavistas de Venezuela?

A perro flaco todo son pulgas. Es el caso de Podemos, un partido a la deriva que evidencia una sorprendente falta de reacción ante el naufragio.

Pocos saben qué ofrece Pablo Iglesias exactamente sino la imagen de un grupo que, a falta de ideas, ha emprendido una dinámica suicida.

La rebelión sin precedentes de la inmensa mayoría de las Comisiones de Garantías ha sido el último y más grave ejemplo de cuarteamiento interno.

Los encargados de velar por los derechos y obligaciones de la militancia han dejado en evidencia a su líder, y con escaso margen de maniobra, al declarar nulos los nuevos estatutos, después de que la Ejecutiva los manipulase unilateralmente en contra de lo aprobado en Vistalegre II.

¡Cuánto mejor sería que Iglesias admitiera sin tapujos su pánico a la democracia abierta! Entre otras cosas, porque, siguiendo su proceder personalista, ha impuesto poder asegurarse la destitución de las direcciones autonómicas críticas -sin duda con la mirada puesta en acabar con el conflicto de su marca catalana- y ha desarrollado una larga lista de sanciones de todo tipo a unas bases (los círculos, "la gente") que reclaman con determinación intervenir en la vida de la organización e indicar a sus dirigentes el camino a recorrer.

El embate, larvado durante todo el verano, ha retrasado la vuelta a la actividad ordinaria de Podemos. Aunque Iglesias participara en Barcelona en la marcha contra el terrorismo, y se descubriese su cena secreta con el vicepresidente de la Generalitat de Cataluña y líder de ERC, Oriol Junqueras, y pasase con más pena que gloria por la comparecencia de Mariano Rajoy en un Pleno extraordinario, la agenda de Podemos ha estado mayormente en blanco o con apariciones muy puntuales de sus portavoces en los medios de comunicación.

Este fin de semana, sin ir más lejos, ha aparecido completamente vacía de intervenciones públicas. Nada tienen que decir. Más llamativo aún si cabe en un escenario de cuenta atrás en el que está en riesgo la unidad nacional.

Iglesias no sale de una para meterse en otra, y ahí está como prueba la organización junto a Ada Colau de su propio acto de la Diada para defender la "soberanía de Cataluña".

Quien está por ver si acude a la cita es el líder de Podem, Albano Dante Fachin, cerrado en banda a integrarse en los comunes de Colau, como le exige la cúpula nacional morada, y presto a votar favorablemente a la ley del referéndum.

Despejar esa disparidad de posiciones es clave en las aspiraciones de Podemos, teniendo en cuenta que desajustes de esta magnitud producen una imagen de fuerza inestable y hacen augurar riesgos de fractura. De difícil arreglo también ven ya en sus propias filas la negativa de Iglesias a suscribir el Pacto Antiyihadista.

Con las cámaras pendientes de sus gestos durante la última reunión convocada en el Ministerio del Interior, su representante, Rafael Mayoral, intentó salir airoso del trance, pero sólo logró apretar los dientes. Bastante tenía ya para que encima su colega Xavi Domènech le enmendase la plana a puerta cerrada y ensalzase ante Juan Ignacio Zoido la utilidad del foro.

De un dirigente bien instalado en la sala de máquinas de Podemos vengo recogiendo la detección de esa brecha abierta. Inesperada, desde luego.

Cuando la realidad te dobla el espinazo y algo más, y todos los esfuerzos se dirigen a eludir que el PSOE te aplaste políticamente, el pánico se apodera de los mandatarios, las decisiones son equivocadas y, claro, surgen los problemas a diestro y siniestro, lo cual siempre trastoca el resultado final.

La rodada cuesta abajo de Pablo Iglesias se acentuó con una moción de censura mal concebida, prevista, según sus augurios, para recibir a Susana Díaz como nueva secretaria general de los socialistas y como una de las patas de la cacareada "Triple Alianza" formada entre ella, Mariano Rajoy y Albert Rivera.

La pretendida operación de mostrar a Podemos como única alternativa quedó reducida a presentarse como un partido aislado, con los únicos apoyos de ERC y Bildu.

Lógicamente, el mal paso sólo ha apuntalado su retroceso en los sondeos, con lo que el desmesurado ego de Iglesias queda lejos de poder seguir jurando que la sonrisa cambió de bando.

Al frente de una marca sin rumbo fijo, trufada de choques entre concepciones sobre lo que el partido debe ser y alimentada solo por impresiones y frases hechas, se le ha puesto cuesta arriba disputar la hegemonía en la izquierda.

Al contrario, corre el riesgo de resultar "una IU algo más grande", tal como alertan in crescendo algunas voces.

Y por si algo faltaba con este panorama tan agitado, el rumor sobre una seria crisis entre Iglesias y su portavoz parlamentaria, Irene Montero, resulta la guinda del pastel.

Porque la especie circula y cobra poco a poco fuerza entre los cuadros morados, que ven en ello el motivo del bajo tono vital del jefe.

Un Pablo Iglesias que, haga lo que haga, está con la soga al cuello.