Ocio y Cultura
Muere a los 75 años Christine Keeler

La ex modelo falleció este pasado lunes a los 75 años víctima de una larga enfermedad. Tras de sí deja una existencia de novela, apasionante historia de espías, sexo, pasión, celos y traición que fue descrita en la prensa como el escándalo del siglo y que propició la caída del Gobierno conservador británico de Harold Macmillan a principios de los años 60 en plena guerra fría.

Segín publica Informalia, el hijo de esta mujer de película (su vida fue llevada a la pantalla en 1989), Seymour Platt, la despidió recordando la leyenda que ocupa un hueco en la historia de Reino Unido: "Mi madre, Christine Keeler, libró muchas batallas en su azarosa vida, algunas las perdió pero algunas las ganó. Se fraguó un lugar en la historia británica a costa de un enorme precio personal. Estamos todos muy orgullos de quién fue", escribió en Facebook.

Y es que Keeler puso en jaque al establishment británico y se consagró como uno de los iconos pop del Londres de los 60. Nació en Uxbridge, al oeste de Londres, en 1942. Tras una infancia y adolescencia complicadas, con abandonos y abusos sexuales de por medio, la joven de 17 años dio a luz a un niño que murió a los pocos días.

Poco después, encontró trabajo en Murray's, un club nocturno del Soho.

Allí ponía copas y se exhibía semidesnuda en el escenario. En la oscuridad de sus noches, fraguó una estrecha amistad con el osteóptada Stephan Ward, unos 30 años payor que ella, que la introdujo en fiestas con políticos de alto nivel y otras personalidades (Juntos, en la imagen).

En uno de esos festejos, Keeler conoció a John Profumo, ministro de la guerra en el Gobierno de Macmillan y un prometedor político que entraba en las quinielas como futuro primer ministro. Ambos mantuvieron relaciones durante algunos meses, a pesar de que Profumo estaba casado con la actriz Valerie Hobson.

Christine también vivía un romance paralelo con Yevgeny Ivanov, agregado militar en la Embajada soviética en Londres, o sea, espía. Este juego a tres fue investigado por el servicio de inteligencia británico, cuyas pesquisas acabaron señalando que Keeler podría haber obtenido información de Profumo para después pasarla al ruso Ivanov, comprometiendo la seguridad nacional en plena guerra fría.

El romance de Keeler y Profumo provocó un auténtico terremoto en el parlamento británico y se convirtió en una poderosa arma de la oposición laborista, que preguntó al ministro por su relación con la joven. En un primer momento Profumo lo negó: "La señora Keeler y yo éramos amigos", dijo ante los diputados. "No hubo falta de decoro en nuestra relación", alegó.

Sin embargo, las investigaciones de la prensa aportaron nuevas pruebas de su idilio y el político no tuvo más remedio que retractarse y reconocer que había mentido al Parlamento. El 5 de junio de 1963 terminó por dimitir, desatando una crisis que acabó con la caída del primer ministro Macmillan cuatro meses después. Los laboristas destacaron la ineptitud de los conservadores para gobernar y su líder, Harold Wilson, ganó las elecciones de 1964.

Durante el tiempo que estuvo con Profumo e Ivanov, Keeler también compartió cama con otros dos hombres, Lucky Gordon y Johnny Edgecombe, que se enzarzaron en una gran pelea motivada por sus celos. El asunto terminó ante la justicia.

En el juicio, Keeler acusó de abusos a Gordon, que fue condenado a tres años de cárcel. Sin embargo, meses después, en diciembre de 1963, la sentencia de Gordon fue anulada y Christine fue acusada de perjurio, por lo que se la condenó a nueve meses de prisión, de los cumplió seis.

A su salida de prisión despareció de los focos, se casó dos veces y tuvo dos hijos. Pese a su ausencia pública, lo cierto es que Christine se erigió como un icono del Londres de los 60 y su historia aún permanece en la memoria de los británicos. De hecho, la BBC prepara una miniserie sobre el juicio. La película Scandal (1989) relata los hechos que la llevaron a ser retratada por Lewis Morley en 1963, en una de las instantáneas más famosas del siglo XX. La silla en la que posa desnuda fue bautizada como la silla Keeler, un símbolo que forma parte de su leyenda.

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