Ocio y Cultura
Puerta de Madrid Manuel Ríos

«Ahora, venga lo que viniere...», exclama Don Quijote al inicio de la aventura de los leones. Este es el pensamiento que se cuela en mi cabeza cuando me aproximo a la capitalina puerta de Alcalá. Cuentan las crónicas que Carlos III accedió por ella a la capital; en realidad, por la anterior a esta, que debía de ser tan poca cosa que el rey ordenó que fuese sustituida, y lo fue por la actual. Eran los tiempos en que la ciudad estaba rodeada por una muralla y sus puertas y portillos se cerraban por la noche y se abrían al alba; aquí acababa la calle de Alcalá y nacía la carretera de Aragón. Y, desde lugar tan especial, quiero iniciar mi particular y heterodoxa ruta castellana del «Quijote».

Ya estoy en la puerta de Alcalá, casi arco de triunfo que mira al Sol, que espera a diario su salida, sus rayos benefactores, y precursora del Arco de Triunfo parisino y de la berlinesa puerta de Brandeburgo. ¡Puerta de Alcalá! Cinco ojos, tres y dos, testigos del devenir madrileño y español, estandarte de las virtudes cardinales que tal vez adornaron la labor del «Rege Carolo III», sede tradicional de belén e icono de Madrid desde hace más de dos siglos y cuarto.

Continuaré por la hoy calle de Alcalá y ya no carretera de Aragón. A pocos pasos, en el arranque de la calle de Serrano, hubo una plaza de toros. A la derecha de mi vía, uno de los pulmones de la capital, el inmenso parque del Retiro, cercado por millares de lanzas defensivas, acaso ofensivas, tal vez lo uno y lo otro, y abierto al público por Carlos III bajo condición de acceder a él en estado de revista. Un poco más adelante, dejo también a la derecha el túnel que discurre bajo la calle de O'Donnell, cantera de infracciones automovilísticas de las que da buena cuenta la tecnología asociada al radar. Discurro por el Madrid de la opulencia, del dinero, el Madrid de los precios prohibitivos para el común de los mortales. Ahora, Goya y Alcalá, Alcalá y Goya se cruzan frente a los grandes almacenes, y un busto hiperrealista recuerda al Sordo de Fuendetodos. Entre este cruce y la plaza de Manuel Becerra, unas calles hacia abajo, se encuentra el moderno Palacio de los Deportes; al solar que hoy ocupa se trasladó tiempo ha la plaza de toros a que acabo de aludir. Unos portales antes de la plaza de Manuel Becerra, a mano izquierda, una placa recuerda que de esa casa partió Cela camino de la Alcarria. Desde aquí, la calle de Alcalá baja suavemente, encaminada a Ventas, donde debo referirme de nuevo al mundo del toro. La afición de los madrileños por la llamada fiesta nacional debió de ser inconmensurable porque el coso del solar del Palacio de los Deportes dio paso a esta construcción que es la actual plaza de toros Monumental de Las Ventas. Pero, Las Ventas son también las antaño Ventas del Espíritu Santo, ventas en plena carretera de Aragón en torno a una ermita dedicada al Espíritu Santo; e igualmente, el lugar en que, según narra Gómez de la Serna, malvivió el primer Valle-Inclán tras los muros madrileños.

Hasta hace unos años, la calle de Alcalá finalizaba al alcanzar la de Arturo Soria por una acera y la de los Hermanos García Noblejas por la otra; a partir de ese cruce, volvía a ser carretera de Aragón. Hoy, la calle de Alcalá borró de nuevo a la carretera de Aragón; en realidad, la borró del todo, porque la vía que nace en la puerta del Sol acaba desaguando en la A-2. Los aledaños de esta moderna autovía son hoy sede fabril en unos casos y administrativa en otros.

Acabo de escribir que inicio mi particular y heterodoxa ruta del Quijote. Este es mi objetivo: recorrer la Mancha de don Alonso, garabatear lo que mis entendederas me demanden al paso y hacer votos para que Azorín se equivoque cuando en su «Ruta» escribe que «... nuestro vivir, como el de don Alonso Quijano el Bueno, es un combate inacabable, sin premio, por ideales que no veremos realizados...». Por favor, don José, yerre, al menos por esta vez. Permítame perseguir la sombra del soñador, del loco errante que, solo, se atreve con el mundo si fuese menester. Porque, don Alonso Quijano, tal vez empujado por la soledad, atraviesa el umbral de la cordura, toma el camino de la evasión, el camino a la libertad, y se adentra en el mundo de los sueños, que él es un soñador, está hecho de la madera de los sueños, sabiendo acaso que los sueños son atemporales y que conducen al Olimpo de la gloria. ¡Don Alonso!, ¿un loco en medio de la cordura o un cuerdo frente a la locura colectiva?

¿Fue consciente Cervantes de lo que escribía? ¿Intuiría la repercusión de su obra a lo largo de los siglos? Estoy persuadido de que no. Como ya observó Rodríguez Marín, la figura de Miguel se me asemeja a la de Colón: los dos se han ido sin verdadera consciencia de sus aciertos. ¿Habrá imaginado nuestro autor las páginas que generaría a lo largo del tiempo? ¡Resmas y resmas de papel! ¿Habrá soñado con el alcance de su obra, con su trascendencia? ¿A cuántos «Quijotes» equivaldrán en extensión las cientos, tal vez miles de obras que glosan el libro genial desde todos los puntos de vista posibles?

-Y tú, Manoliño, ¿tienes algo nuevo y meritorio que aportar a ese caudal?
-No seas así de duro conmigo o tendré que volver a casa.

Mejor, torno al comienzo: «Ahora, venga lo que viniere...». Como lo que soy, un simple curioso, me asomo al libro y a su autor. Y también yo me pregunto si podré aportar algo nuevo y meritorio a todo lo ya escrito. Después de lo que llevo leído y reflexionado, estoy persuadido de que Cervantes y el «Quijote» son asunto que todavía dará mucho de sí. Cervantes sigue siendo un mito, pura interrogación en muchos aspectos. Su existencia continúa plagada de preguntas imposibles de responder hasta hoy y que, tal vez, permanecerán en el aire para siempre. Puede que volvamos por enésima ocasión a la confrontación, casi juego de palabras, obra-hombre, hombre-obra. Entretanto, mis reflexiones. Cómo me gustaría moverme al lado de don Miguel, a prudente distancia para respetar su individualidad, su intimidad, y seguir sus movimientos; pero, aunque esto me fuera dado, ¿cómo penetrar en su pensamiento?

Camino de Alcalá de Henares, tal vez debiera desviarme hacia el sureste, hacia Arganda del Rey, porque no faltan argandeños y foráneos que hagan de esta ciudad la cuna de Miguel de Cervantes. ¿La razón? Leo que en la sacristía de su iglesia de San Juan Bautista, una lápida deja constancia de que en ella se encuentran enterrados los abuelos, bisabuelos y tatarabuelos de Cervantes por parte materna. Desde esta perspectiva, Miguel nacería allí, en el matriarcado, para ser cristianizado en Alcalá, de donde dependía administrativamente. Pero me dejo llevar por lo establecido y circulo por el llamado corredor del Henares, un área de respetable extensión en torno al río de igual nombre, camino de la romana Complutum, porque, ¿por dónde empezar esta «industria» sino por la cuna de don Miguel o, al menos, por la cuna mayoritariamente aceptada como tal? Y es que, ¡hay que ver la que lio el autor dejando en el aire su lugar de nacimiento! Que si de Arganda, que si de las tierras de Lugo, de León, de Sanabria, Toledo, Esquivias, Madrid, Córdoba, Sevilla, Alcázar de San Juan, Argamasilla de Alba, Argamasilla de Calatrava, El Toboso, Lucena, Consuegra... ¿Por qué ocultará Cervantes su lugar de nacimiento? Mas, ¿lo oculta deliberadamente o simplemente no lo menciona?, ¿por qué debería haberlo hecho?

Calle Mayor. / Manuel Ríos

Inicié mi ruta en la madrileña puerta de Alcalá y, a través de la avenida de Madrid, alcanzo ya la puerta de Madrid, en Alcalá, solo diez años más joven que aquella. Parece un intencionado juego de palabras, pero esta es la realidad. Cervantes hace un guiño a la ciudad -I, XXIX- (1) poniendo en boca del Cura que el árabe Muzaraque «yace encantado en la gran cuesta Zulema, que dista poco de la gran Compluto». Siglos después, hoy, merecidamente por lo que percibo, es Ciudad Patrimonio de la Humanidad por la Unesco; y es que sus regidores han sabido conjugar su mantenimiento con las necesidades de una urbe del siglo XXI.

¡Dios mío! Ahora que lo pienso, debe de haber transcurrido en torno a un cuarto de siglo que no visito Alcalá de Henares, a tan solo treinta kilómetros de nuestro domicilio, un paseo, un suspiro; por ello, mi desconocimiento de la ciudad resulta palmario. En las inmediaciones de la puerta de Madrid adopto la metodología de ensayo y error y giro hacia la derecha, pero enseguida me doy cuenta de que me alejo de la almendra histórica y, en cuanto puedo, vuelvo sobre mis pasos; consulto a una pareja de guardias municipales, que me aluden a un solar-estacionamiento gratuito lindante con la «puerta», pero, a su altura, decido bordearla y continuar por la vía Complutense; circulo rodeando la muralla, hasta que el anuncio de un aparcamiento me lleva al subsuelo.

A la salida, me dejo guiar por una torre -¿cuántas torres podrán contarse en Alcalá?-, y pregunto a una vecina:

-¿Es esta la catedral?
-Sí, señor. Entre usted por esa puerta -y me la señala-, y accederá a la capilla de la Adoración.

Iglesia de los Jesuitas o parroquia de Santa María. / Manuel Ríos

La capilla es razonablemente amplia y se encuentra concurrida. La admiro y, con toda la discreción de que soy capaz, accedo al templo propiamente dicho y me pregunto si estoy en la catedral. No esperaba encontrarme con la basílica de San Pedro, pero... Deambulo por las naves laterales de la iglesia, luminosa, de tonos cálidos; observo balcones en lo alto que miran al crucero y a la nave central, tomo unas fotografías apoyando la cámara en el respaldo de un banco y caigo en la cuenta de que es media mañana y la luz entra a raudales por los pies del templo. ¡Qué raro! Seguro que el sacerdote me lo aclara. El clérigo cambia impresiones relajadamente con unas personas; me detengo a una discreta distancia del grupo y, cuando me parece, les interrumpo y pregunto:

-Ustedes disculpen: ¿cómo es que el ábside no está orientado al este?
-¡Anda! Yo, de estas cosas... -me responde el religioso, y continúa el otro varón:
-La iglesia fue levantada como templo del colegio de los Jesuitas y seguramente que sus promotores hicieron uso del solar sin poder tomar en cuenta la orientación clásica.

¿Templo de un colegio? Es evidente que no me encuentro en la catedral. Salgo, salgo a la calle Mayor y pregunto en el edifico contiguo, Colegio del Rey, sede del Instituto Cervantes. Efectivamente, acabo de visitar la iglesia de los Jesuitas, también conocida como parroquia de Santa María, ligada al milagro de las Santas Formas (simplificando: veintiséis formas consagradas, procedentes de la profanación de varias iglesias alcalaínas, son entregadas a un jesuita bajo secreto de confesión por un morisco arrepentido, formas que inexplicablemente no se corrompieron por espacio de varios siglos). Ya estoy orientado y visitaré la ciudad en sentido inverso a cómo lo había previsto.

Notas:
(1) Aludiré a lugares concretos del «Quijote» indicando I o II -primera o segunda parte de la obra- y el capítulo correspondiente.

Camino de Alcalá (I) | Camino de Alcalá (II) | Sigüenza (I) | Sigüenza (II) | Esquivias | Toledo (I) | Toledo (II) | Quintanar de la Orden | El Toboso (I) | El Toboso (II) | Campo de Criptana (I) | Campo de Criptana (II) | Alcázar de San Juan (I) | Alcázar de San Juan (II) | Argamasilla de Alba (I) | Argamasilla de Alba (II) | Ruidera. Lagunas. Cueva de Montesinos | Villahermosa - Villanueva de los Infantes | Miguelturra | Ciudad Real | Daimiel - Puerto Lápice - Consuegra (I) | Daimiel - Puerto Lápice - Consuegra (II) | De nuevo, Madrid (I) | De nuevo, Madrid (II)

© de texto e imágenes, Manuel Ríos.

Twitter: @boiro10 / Email: porlacastilladedonquijote [arroba] gmail.com