Ocio y Cultura
Plaza de Zocodover. Manuel Ríos

Confieso con humildad que este relato en torno a Toledo nace viciado. ¿Que por qué? Porque visité Toledo en otras ocasiones, con propósitos distintos, pero ello no es óbice para que mi mirada arrastre la carga de esas otras visitas, siempre positiva, pero prejuicio al fin. ¿Por dónde debería empezar? Lo sensato es que lo haga por el epitafio que encabeza estas líneas. ¿Llevo prisa? Me queda una buena dosis de trabajo para los próximos días, pero no me detendré un poco, como prescribe el señor de Orgaz, sino todo el tiempo que me demande el proyecto que me ocupa, que dedicárselo a la vieja Toletum significa enriquecerse espiritualmente. Toledo es la ciudad de las tres culturas (árabe, judía y cristiana), la imperial, la ciudad del Greco y del «Entierro del señor de Orgaz», la de la gótica catedral y su monumental campana, la del monasterio de San Juan de los Reyes, la de la mezquita del Cristo de la Luz, la de las sinagogas del Tránsito y de Santa María la Blanca, la de la basílica de Santa Leocadia... y Ciudad Patrimonio de la Humanidad para la UNESCO desde 1986. Centenares de volúmenes glosan sus raíces, su evolución, su devenir, su historia; hechos todos en los que, por razones obvias, no puedo detenerme. Permítaseme referirme a su relación con el «Quijote» y con Cervantes, y dejo a la curiosidad de cada cual patearla, sudarla, admirarla, quererla.

Inicio el periplo subiendo la empinada calle de Miguel de Cervantes, así llamada desde hace más de un siglo en recuerdo de que aquí estaba situada la posada Mesón del Sevillano, en que se ambienta «La ilustre fregona». ¿Cómo iba a comenzarlo en otro lugar? En lo alto, una estatua dedicada a nuestro autor, en actitud altiva creo percibir, y visitantes que van y vienen y que desean inmortalizar su pleitesía al escritor universal. Unos pasos más allá, al fondo, el arco de herradura, llamado Puerta del Arco de la Sangre; y sobre él, un oratorio que remonta su existencia a la época musulmana y que se encuentra cristianizado desde el siglo XII. ¿Qué tiene de especial? Que fue sede de la cofradía de la Preciosa Sangre de Cristo, curiosa cofradía cuyo fin era atender a las personas que iban a ser ajusticiadas.

Asciendo por los escalones y me pregunto si son más pinos de lo deseable, si me cansa subirlos, si me cansan los años o todo un poco. Desemboco en la universal plaza de Zocodover, coqueta, luminosa, transitada por toledanos y visitantes. ¿Cuántas veces habrá atravesado Cervantes este lugar? Porque Zocodover -¿tal vez otro guiño?- está en el «Quijote», en el capítulo XXII de la I parte, en el episodio de los galeotes. Don Quijote pregunta al tercero de ellos y hasta le ofrece veinte ducados para que pudiera satisfacer los diez por que fue condenado a remar en galeras, a lo que el reo, en un claro pullazo a la Justicia, responde que «... hubiera untado a ellos la péndola del escribano, y avivado el ingenio del procurador, de manera que hoy me viera en mitad de la plaza de Zocodover...». Resulta curioso observar las costumbres de aquellos tiempos: el alguacil que denunciase a un malhechor que, tras ser juzgado, fuese condenado a remar en las galeras reales -galeotes eran llamados esos malhechores- era gratificado con un premio de dos ducados -hoy lo llamaríamos productividad-, y en Toledo existía una cárcel en que eran encerrados a la espera de ser trasladados. ¡Plaza de Zocodover! En casa del caballero del Verde Gabán, establece nuestro autor que «... no pueden hablar tan bien los que se crían en las Tenerías(2) y en Zocodover como los que se pasean casi todo el día por el claustro de la Iglesia Mayor, y todos son toledanos» (II, XIX). Y es que Tenerías y Zocodover eran lugares frecuentados por gente apicarada, que Cervantes contrapone a la catedral, a la que acudía el toledano bien.

Con la catedral a tiro de honda. / Manuel Ríos

Hacia arriba se encuentra el Alcázar, pero avanzo en dirección a la basílica por calles estrechas y turísticas, con la torre al fondo. ¿Me crucé ya con alguna farmacia? ¿Qué bien habrán hecho los farmacéuticos de la ciudad a Cervantes? Porque Sancho pone en boca de un boticario toledano «... que donde interviniesen dueñas no podía suceder cosa buena» (II, XXXVI). Prosigo. En este entorno debía de vivir el padre de «la Tolosa», la moza «de partido» que ciñe la espada a Don Quijote en el momento de ser armado caballero, en la venta transmutada en castillo, y que según escribe Cervantes «... vivía a las tendillas de Sancho Bienaya». Frente a la puerta catedralicia de poniente, accedo a la oficina de información turística. Me dirijo a una señorita y comienzo el circunloquio. Queda libre su compañero y me invita a pasar con él; así que extiendo mi plano de la ciudad sobre el mostrador y repito:

-Verá: consulté en Google Maps la situación de la casa del Nuncio y no me ofrece respuesta.

Me mira sin prisa, como utilizando esa vieja técnica de los entrevistadores que se callan, esperando que el entrevistado entienda que su respuesta resulta insuficiente y que debe completarla, y la completo:

-Como usted conoce, Avellaneda, en el falso «Quijote», recluye al hidalgo loco en la casa del Nuncio, el manicomio toledano. Y en el capítulo LXXII de la II parte, Cervantes hace entrar en acción al caballero granadino Don Álvaro Tarfe; Don Quijote y Sancho le hacen ver que ellos son los verdaderos protagonistas de la historia, a lo que el desconcertado caballero responde no entender nada porque dejó en la casa del Nuncio al hidalgo para que lo curaran y ahora se encuentra con otro Don Quijote, aunque distinto al que él recluyó.

Mi interlocutor vuelve a mirarme sin ocultar su gesto de sorpresa, diría yo que de grata sorpresa, vuelve sus ojos a su plano de la ciudad, semejante al mío pero en A3 y muy atractivo, y se excusa. Pero, he aquí que entra a la oficina un caballero de mediana edad y los dos hilan la hebra unos instantes, lo que me desagrada porque me parece una falta de respeto. ¡Craso error!:

-Mi amigo va en su dirección y le dejará a la puerta de la casa del Nuncio.

Y dirigiéndose al amigo, me piropea y me ruboriza:

-Ten cuidado con él, que sabe mucho.

Todavía desconcertado, caminamos a la par. Nos presentamos y deduzco que mi cicerone es titular de una tienda de antigüedades. Es hombre de mundo, hábil, y porque no tengo nada que ocultar, le confieso mi pasión por la literatura odepórica, que realizo mi ruta del «Quijote», que acabo de publicar mi relato del Camino de Santiago y que estos son mis intereses. Por su parte, me habla de su negocio y me cuenta que la casa del Nuncio es hoy una casa de vecinos en la que vive un amigo: si se encontrase en ella, podría deleitarme disfrutando al menos del patio. A poco, alcanzamos una especie de callejón amplio y corto con una entrada señorial al fondo, pero nadie responde a la llamada de mi guía. Me llama la atención cómo aparecen trabajados con minuciosidad los estribos en que se apoya el arquitrabe de la puerta y su prolongación; también, las pinturas situadas en lo alto y protegidas.

Casa del Nuncio. / Manuel Ríos

¡La casa del Nuncio! Francisco Ortiz, nuncio apostólico de Sixto IV, funda en 1483 en Toledo el hospital de la Visitación de Nuestra Señora la Virgen María, hospicio y manicomio conocido como «hospital del Nuncio», «Nuncio» o «Nuncio Viejo»; también se conoció como «los alberguillos de Toledo», en referencia a los habitáculos en que eran encerrados los locos peligrosos. Y don Gregorio Marañón y otros curiosos estiman que el Greco se valdría de estos «locos de Dios» como modelos para pintar sus apóstoles, santos..., tarea a la que se prestarían ignorantes los dementes del Nuncio. ¡Cuánto honor! Es más, Marañón atribuye el típico alargamiento de las imágenes del artista a estos modelos toledanos, a los locos del Nuncio y también a los judíos. ¡Y pensar que Cervantes y el Greco no tuvieron relación!

-Y vuelta la mula al trigo, Manoliño. ¡Ten sentido de la historia! Porque, tal vez por la formación sesgada que recibiste, te empeñas en elevar al Olimpo a tu admirado Miguel antes de tiempo, pero intenta ser objetivo y realista: cuando Cervantes se traslada de Esquivias a Toledo honrando el viaje de las reliquias de santa Leocadia, ¿quién era Miguel? Vamos, dime quién era. Mejor, te lo digo yo: un ciudadano anónimo, un buscavidas que intenta destacar, darse a conocer, dar el salto, situarse, pero nada más. ¡El Greco y Cervantes! ¿Quieres otro argumento? Recuerda que el ser humano Miguel de Cervantes fue tasado por los corsarios berberiscos en quinientos ducados, mientras que el Greco percibió 1200 ducados solo por pintar «El entierro...».

Recorro estas viejas y estrechas calles de nombres curiosos: calle Chapinería, callejón del Codo, cuesta de la Sal, callejón del Nuncio Viejo -con una cerámica al lado que recuerda que «esta calle es de toledo», leyenda que indicaba que la calle es pública y no puede ser ocupada por vivienda alguna-, calle del Nuncio Viejo, travesía Caños de Oro, travesía del Judío, callejón del Clavo, calle de las Tendillas... y calle del Hombre de Palo. ¡Calle del Hombre de Palo! ¡Curioso nombre! Otra cerámica aclara que perteneció al barrio judío, conocido como Alcaná; según la leyenda, el Hombre de Palo era un autómata construido por Juanelo Turriano, que lo utilizaría para que le acercase la comida y para recoger limosnas.

-¡Alto ahí! ¿Un autómata hacia finales del siglo XVI? ¿Alguien tiene interés en que no se conozca tal?
-Tendré que incluir unas pinceladas en torno al señor Turriano.
-Por favor, te lo ruego.

Carlos I nace en 1500 en Gante y Juanelo viene al mundo en Cremona en 1501. Poco antes de los treinta años, el emperador llama a Turriano a Toledo y le nombra relojero de corte. En calidad de tal, construye un reloj astronómico que mostraba la posición de los astros minuto a minuto. ¡Qué daría yo por ser su aprendiz! Participa en la reforma del calendario gregoriano..., porque nuestro hombre es ingeniero, inventor..., ¡un genio!, un genio que, entre otras iniciativas, además del Hombre de Palo, diseña y construye una máquina capaz de subir el agua desde el Tajo al Alcázar, a unos cien metros de altura del río, con capacidad para elevar más de 16 000 litros de agua por día. Acompaña al emperador a Yuste, hasta su muerte, y, a la vuelta a Toledo, el «sistema» incumple los pactos contraídos y acaba muriendo en la indigencia.

Notas:
1. Expreso mi pública gratitud a Hilario por sus aportaciones a esta etapa de mi «ruta».
2. Modestos talleres de curtido, de los que hoy quedan vestigios junto al río.

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© de texto e imágenes, Manuel Ríos.

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