Ocio y Cultura
Misericordia, en el claustro. Manuel Ríos

Vuelvo literariamente al Alcaná medieval, el barrio judío; aquí, supuestamente, encontró Cervantes la historia de Don Quijote en unos cartapacios que compró por medio real (I, IX). Avanzo y observo restos romanos de la red de suministro de agua a las termas a través del suelo de cristal de una tienda de confecciones del entorno e hilo la hebra con la dependienta, a la que intuyo dueña.

-Se sorprenderá si le digo que este local fue utilizado como garaje hasta que abrimos la tienda.
-Le creo, por supuesto, pero no me entra en la cabeza.
-Y el dueño tenía la obligación de abrirlo una vez al mes para que pudiera ser visitado, admirado, disfrutado por los toledanos y por los turistas.
-¡Extrañas obligaciones! Por cierto, hablando de turistas, aprecio mucho movimiento en la calle.
-Por poner una fecha, le diré que Toledo dio un vuelco de diez años acá abriéndose a los visitantes, facilitándoles la estancia, promocionando la ciudad... No tiene más que ver a qué fechas estamos y no cabe una aguja. Y si se fija en los orientales, chinos y japoneses, asombra su disciplina y que gastan con alegría.
-Bien por el cambio de actitud y por el éxito consiguiente. ¡Qué dure!

Doy la vuelta, vuelvo hacia la catedral y avanzo hacia el interior del viejo Toletum por el laberinto de calles estrechas que suben y bajan, pavimentadas de guijarros, delimitadas por edificios en los que predomina el ladrillo llamado toledano y protegidos por rejas artísticas. No tengo que esforzarme para ver torres, campanas, iglesias, basílicas, sinagogas, conventos...; puedo intuir las palabras santas de los rezos, el aroma del incienso, la espiritualidad..., y si cierro los ojos siento el poder de la vieja capital y la influencia de la ciudad primada, porque Toledo es ¡Toledo!

Típica calle toledana. / Manuel Ríos

Se aproxima la hora en que tengo concertada la subida a la torre y me dirijo a la catedral. Luego, la recorreré. Siempre me llamó la atención su encajonamiento: no puedo evitar echar en falta el espacio que rodea a las de Burgos, León, Compostela, pero la realidad es la que es. Desde la puerta sur, atravieso transversalmente esta joya gótica, avanzo hacia la derecha y accedo al claustro. Lo recorro sin prisa. ¡Qué hermoso es! Observo paños murales cubiertos por pinturas inspiradas en motivos bíblicos, o eso creo interpretar, y que supongo que deben de encontrarse en proceso de restauración. A partir del plano que recibí, identifico la capilla de San Blas y, a su lado, la puerta de acceso. A poco, puntual, aparece el guía e iniciamos el ascenso al claustro superior, inmenso, que me recuerda al del benedictino monasterio de Samos y que, según nos cuenta nuestro cicerone, daba acceso a las viviendas de los canónigos conforme a la previsión de Cisneros; pero los canónigos toledanos de tiempos del insigne cardenal eran muy suyos y continuaron haciendo de su capa un sayo, con lo que estas estancias pasaron a ser utilizadas por las personas al servicio de la santa iglesia catedral primada. Cervantes se refiere en el «Quijote», al menos, a un canónigo de Toledo, al que pregunta si «... son versados y peritos [él y los acompañantes] en esto de la caballería andante», a lo que le responde que sabe «... más de libros de caballerías que de las Súmulas de Villapando». Villapando era un eminente teólogo de la universidad de Alcalá y las «Súmulas», su libro más conocido.

Vuelvo al claustro. La grandiosidad del entorno me lleva a pensar que me encuentro en una ciudad dentro de la ciudad, y me planteo: si fuese dado situar hipotéticamente las piedras que integran esta maravilla una a continuación de la otra -Dios no lo quiera, ni siquiera hipotéticamente-, ¿qué longitud alcanzarían? Un poco más adelante del claustro iniciamos la subida a la torre, cómoda en los primeros estadios y a través de una escalera estrecha seguidamente. Por fin, alcanzo el área en que se encuentra la campana.

Sintiéndome niño, me encuentro deslumbrado por este artilugio del siglo XVIII que supera las 21 toneladas de peso, ¡más de 21 000 kilos!, la mayor campana española, lo que me lleva a observar el entramado de vigas que la sustenta, y la subsiguiente pregunta: ¿cómo llegó a este lugar, más cerca del cielo que de la tierra?
Fueron los ingenieros de la Marina quienes diseñaron el plan que la elevaría hasta aquí con el esfuerzo sin límite de un numeroso grupo de marinos tras abrir el correspondiente boquete en la torre. Y tanta dedicación y tanto riesgo para que la campana rajara a la primera de cambio y permanezca aquí como testigo mudo de tanta entrega.

La mayor campana española. / Manuel Ríos

Desde esta atalaya privilegiada, miro en derredor y me pregunto dónde se encontrará la Huerta del Rey. En ella, lindando con el Tajo, existió un edificio conocido como «palacios de Galiana», nombre de una princesa árabe. Porque Sancho, encontrándose en la sima con el rucio y sintiéndose abandonado, deja aflorar una vez más su sentido de la realidad y alude a que si fuese su amo quien allí se encontrase, creería hallarse en los «palacios de Galiana».

Desando estas alturas lo mejor que soy capaz. Si tuviese..., ¿podría escribir humor o tal vez ánimo?...; si los tuviese, en la primera parte del descenso, en la zona estrecha, me giraría y fotografiaría la minúscula escalera de caracol porque desciendo.
Alcanzo el claustro de la planta baja. Lo recorro de nuevo, accedo a la catedral y me dispongo a disfrutar de esta joya del gótico. Y digo disfrutar porque para eso accedí, y no para glosar su historia ni redactar una guía.

Confirmo mi percepción de cuando entré para acceder a la torre: individual y colectivamente, debe de haber cientos de personas en el recinto que van de acá para allá, curiosas, interesadas, con su audioguía, la guía en papel, la cámara fotográfica o de vídeo..., lo que muestra el interés de los visitantes por conocerla de primera mano. Y es que tanto exterior como interiormente, la catedral de Toledo resulta, sencillamente, grandiosa, ciclópea, y la vista se me pierde cuando miro a lo alto. Como ciudadano anónimo que realiza la ruta castellana del «Quijote», si tuviera que destacar los aspectos que atraen mi atención, ¿qué escribiría? Lo primero que me salta a la vista es el tono luminoso interior, a mitad de camino entre la luz cegadora de otras catedrales góticas y la penumbra de las románicas; insisto, con ese tono intermedio que, a la vez, te permite paladear el monumento o recogerte a meditar y a rezar si es eso lo que buscas. Luego, el coro, monumental, con la Biblia traducida a piedra y su lectura al alcance del común analfabeto de aquellos siglos; y la sillería distribuida en dos niveles, con respaldos, apoyabrazos y misericordias cuidadosamente labrados; y el órgano y sus tubos cual trompetas al estilo de las que derribaron las murallas de Jericó, capaces de alcanzar a lo más profundo del alma.

Me fijo en el altar mayor y su retablo, espectacular, auténtica filigrana. Estoy persuadido de que todo visitante dotado de un mínimo de sensibilidad volverá a su casa extasiado, sobrecogido por tanta belleza tras conocerlo. La girola, amplísima, es una auténtica plaza pública por la que los visitantes van y vienen. Recorro la sala capitular, con los retratos de los príncipes toledanos y la finura del trabajo en madera, auténtica orfebrería. Paso al museo, completo, verdadero taller del Greco. Confío en que, además del vigilante, la institución disponga de medidas pasivas de seguridad. Luego, disfruto del patio del tesorero, con su claustro particular, admirable, envidiable. Por cierto, ahora que caigo: ¡no conozco un solo reloj de sol en Toledo!

-No es posible, Manoliño. ¡Aparecerán!

Antes de dar por cerrada esta nueva visita a Toledo, debo referirme a Henry David Inglis. Este escocés, para simplificar, es un admirado escritor de literatura de viajes. Dedica varios meses de 1830 a conocer España y el resultado será «Spain in 1830», su mejor libro al decir de los estudiosos y el primero que firma con su nombre. La obra gozó de un éxito envidiable e Inglis decide explotar el filón con ingenio y sentido de la oportunidad, y así, a partir de las notas tomadas en su viaje español, recrea «Andanzas tras los pasos de Don Quijote», título que inaugura la serie de libros de viajes que siguen la estela de caballero y escudero. «Andanzas» es una obra discutida, muy discutida, entre los estudiosos -dedica línea y media a una importante villa de la ruta, no se apea de la diligencia en otra, imagina la descripción de una tercera...-, y en el caso de Toledo se sabe que pasó aquí seis días. ¿Qué destacar de su relato en torno a esta ciudad? Piropea a la mujer: «... el embrujo de esos ojos negros, más brillantes y penetrantes que muchos aceros toledanos...». Con gran satisfacción, desayuna a diario una taza de chocolate que, además, incluye azúcar, vainilla, maíz, canela, clavo, pimentón y almizcle. Con el gazpacho, sin embargo, resulta menos efusivo porque se refiere a él como «... esa singular y refrescante mezcla de agua, aceite, vinagre y pan». Ayuda a preparar el «puchero» a la doncella de su posada y alude a los garbanzos como «... esos grandes guisantes tan indispensables en la cocina española». Destaca la catedral como la «reina de los templos góticos». Curioso y observador se pregunta «cómo se las ingenian los herreros de Toledo para hacer herraduras golpeando el hierro frío». ¿Así las hacían? Tal vez el conocido armero toledano del siglo XVI Julián Rey, al que implícitamente se refiere Cervantes (II, XVII), tenga la respuesta.

Por último, vuelvo página como inicié la visita a Toletum, con Cervantes a la vista. Tras la liberación trinitaria, Miguel malvive en Madrid víctima de las cadenas que atenazan al común del Siglo de Oro: la falta de medios, en contraste con las riquezas americanas que a través de Sevilla se perdían por el desagüe de las centroeuropeas guerras de religión. Pero nuestro hombre es un mutilado que entregó a España lo mejor de sí y está persuadido de que el rey compensará su sacrificio con la concesión de una merced. Toma los documentos que le acreditan y se dirige a Lisboa, y hasta consigue un encargo: resolver una misión en Orán en calidad de espía. No era esta su pretensión y hasta es posible que empiece a darse cuenta de que son muchos los varones titulares de historias paralelas a la suya y de que las mercedes se compran y se alquilan, pingüe fuente de ingresos para la hacienda real. Lo que no puede negarse a nuestro autor es empuje, capacidad para hacer frente a la adversidad, para emprender. Y se encuentra en Toledo. El rey festeja aquí la llegada de los restos de santa Leocadia y las victorias de la Contrarreforma, y es posible que Cervantes confíe en que la rueda gire a su favor. Tal vez las rentas de Esquivias sean menos mollares de lo que él esperaba, acaso el matrimonio esté haciendo aguas..., el caso es que Miguel, sin despedirse siquiera de Catalina, y por tanto con precipitación, toma el camino de Sevilla, suponemos que en procura de un horizonte más despejado, más favorable. De este modo, inicia la aventura andaluza, un duro paréntesis de quince años.

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© de texto e imágenes, Manuel Ríos.

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