Ocio y Cultura
Plaza de Miguel Echegaray o de los Carros. Manuel Ríos

Mi amigo Piotr conoció Toledo accidentalmente hace unos años: lo pateó curioso y se dejó empapar de la ciudad; meses después, me confesó que su ilusión sería vivir su jubilación en la ciudad imperial. Así es Toletum, un imán que te atrae, que te retiene, y con el que tienes que bregar para poder zafarte de su embrujo.

Viajo con Google Maps en el teléfono móvil y con un mapa autonómico del Instituto Geográfico Nacional a escala 1:400 000. Escribo en Google Maps Quintanar de la Orden y, solo para sentirme seguro, contrasto con el mapa en papel; acepto la primera de las opciones, N-400 y luego AP-36, y me pongo en marcha. A pesar de que tengo razonablemente claro el camino, circulo con prudencia. La tierra, con aspecto pedroso, tiene el color del ladrillo. A uno y otro lado de la vía, la inmensidad resulta infinita. Si pudiera cerrar los ojos «vería» a Don Quijote cabalgando por esta llanura, seguido por su fiel Sancho; pero, como no puedo, veo lo que veo, trechos de parcelas abandonadas, árboles frondosos desperdigados, tal vez alcornoques, tierras con la mies recogida, otras dedicadas al cultivo de la vid. ¡Dios mío, con las ramas y el fruto a ras de tierra! Pobres riñones de quien las labre. También, naves industriales. Desemboco en la autopista y coloco el automático. Retiro el tique y, cuando debo salir, pago en otra máquina:¡ni un solo operador! Vaya mundo que preparamos. Llevo en la radio a una afamada periodista, trabajadora de un muy importante grupo de comunicación que, aprovechando la coyuntura, da boleta de despido a docenas de trabajadores de cuando en cuando; curiosamente, dedica un espacio del programa a glosar la necesidad de reinventarnos. Dejando a un lado su pobreza profesional, en mi opinión, que no abrió micrófono a los compañeros arrojados a la ciénaga del desempleo y mis dudas respecto de a qué podría dedicarse si a ella le alcanzase el tsunami; dejando a un lado todo esto, digo, me acuerdo de mi abuela Juanita: hace más de medio siglo, cuando una persona no encajaba en la cuadrícula, decía de ella que debía pasar por la «fundición dos potes»; y añado yo que esta comunicadora, también. ¡Pobre de espíritu!

Y ya estoy en Quintanar de la Orden. Con los objetivos claros, pero con una cartelería mejorable, pregunto por cómo ir al centro: no en vano, Quintanar es una villa que supera los 11 600 habitantes, una población de edificios de porte, de varias plantas; lástima que las calles sean estrechas como lo son; supongo que el estacionamiento de pago contribuye a hacer de la villa un entorno menos incómodo para el peatón. Mi interpelado me dirigió tan bien que, casi sin darme cuenta, alcanzo una placita con un carro en lo alto de una columna, lo que me sugiere que me encuentro en la plaza de los Carros, pequeña, pero en la que, no obstante, encuentro hueco para estacionar. Husmeo el entorno y me pregunto si estaré errado porque una placa anuncia que me encuentro en la plaza Miguel Echegaray, y consulto en la terraza de la cafetería Echegaray a dos varones que intuyo padre e hijo:

-La plaza, en los papeles, se llama hoy de Miguel Echegaray, pero los vecinos seguimos conociéndola como toda la vida: plaza de los Carros.

Miguel Echegaray, hermano del político y premio Nobel José Echegaray, nació aquí por azar, con ocasión del viaje de sus padres de Madrid a Murcia. El caso es que Miguel, entre otros, es autor principal del género chico, pero, de modo incomprensible, su figura se encuentra oscurecida hoy, tal vez ensombrecida por la de su hermano. Aprovecho para preguntar:

-Imagino que la torre que acabo de vislumbrar se corresponde con la iglesia de Santiago...
-Exactamente, es la de la iglesia.

Saco chuleta y consulto. Me responde el hombre menos joven; y, en medio de nuestra conversación, interviene el joven:

-Y antes de que lo pregunte, de camino, también encontrará la casa de Piedra.
-¡Qué casualidad! Justo es por lo que iba a preguntarles.

Y añade el padre:

-Sí que le exprimió el jugo a la chuleta.

La chuleta es del tamaño de una tarjeta de visita y contiene media docena de ítems expresados de modo telegráfico.

-Detrás de la chuleta hay horas de preparación.

La plaza de los Carros, con ese carro en medio, en lo alto, quiere ser un homenaje al arriero, el trajinante que con sus bestias de carga, mulas mayoritariamente, recorrió los caminos comerciando con todo tipo de géneros con que se cruzaba. ¿Deberemos el bacalao al ajoarriero a estos negociantes?

Monumento a la reconciliación. / Manuel Ríos

Tocan a muerto las campanas de Quintanar cuando me dirijo a la iglesia, a pocos pasos de la plaza. El templo se encuentra abierto, a la espera del acompañamiento del entierro. La iglesia es grande, inmensa, de columnas robustas y techos altísimos, presidida por Santiago a caballo, nada extraño si tenemos en cuenta que la villa está ligada históricamente a la Orden de los Caballeros de Santiago, que la amurallaron. Atrae mi atención de modo particular el acabado de la torre, en balaustrada, y, exento, un sencillo monumento presidido por una cruz y exhibiendo esta leyenda universal y reconciliadora: «A todos los Quintanareños muertos en la Guerra Civil Española. El Ayuntamiento y el pueblo de Quintanar le rinden este homenaje. 3 diciembre de 1991».

Dejo la parroquial y, mientras pateo la parte histórica, recuerdo que esta villa es por derecho «Muy Leal» por posicionarse al lado de la «chica» Isabel en la Guerra Carlista. Y sin darme cuenta, me hallo frente a la ermita de Nuestra Señora de la Piedad, levantada sobre una vieja sinagoga en medio de la judería. ¿Ermita? Ignoro quién calificó este templo como ermita y por qué sigue llamándosele así, pero es enorme, y su torre, esbelta, estilizada y acabada en una veleta que si no es actual debió de costar esfuerzo y riesgo situarla coronando el conjunto.

Unos pasos más adelante alcanzo una construcción señorial conocida como casa de Piedra o casa de los Radas (o de los Rada), hoy museo municipal; si las piezas que atesora se corresponden con el empaque de la sede, ¡chapó!

Me muevo por calles estrechas, como ya escribí, de nombres sonoros: calle de las Aguas, calle de los Molinos, callejón del Sol... Una cerámica anuncia «antiguo barrio judío». Y también, una especie de capilla adosada a una fachada, integrada por un cuadro cerámico representando a «Nuestra Señora de la Soledad», dos faroles y un tejadillo protegiendo el conjunto. Según me aproximo a la salida de la villa, a la vista de naves industriales y negocios crece en mí la convicción de que Quintanar es industriosa, y seguro que la alcoholera es punta de lanza.

En esta zona se sitúan la ermita de santa Ana, de 1537, según leo bajo la campana y con la bermeja cruz de Santiago; el rollo, deteriorado por el discurrir de los años, pero conservando sendos ganchos de hierro que recuerdan una serpiente, en los que se exhibieron las cabezas de los reos ajusticiados, y un busto de Santiago peregrino, con esclavina al viento y barba, y la carretera a El Toboso.

Rollo. / Manuel Ríos

-Manoliño: Has conseguido mantener mi curiosidad por Quintanar, qué bonito te quedó lo de la esclavina al viento, pero no peregrinas a Compostela, sino tras los pasos de Don Quijote, y en verdad que todavía no lo mencionaste.
-Acepto tu crítica, real, pero... La verdad es que no me atrevo a confesar a ninguna de las personas con que hablo la razón de mi visita a la villa.

Sí, puede que ya sea tiempo de entrar en materia de verdad. Parece histórico que existió un procurador en la villa llamado Rodrigo Quijada, tal vez don Rodrigo de Quijada -Dios me libre de apearle el tratamiento-, que compró su hidalguía, se echó escudero, mantuvo un aspecto anacrónico y administró justicia de modo..., dejémoslo en particular; y este Quijada sería otro de los posibles antecedentes del universal caballero.

-Ya sabía yo que hay materia, Manoliño. ¡A ello!

En la ficción, caballero y escudero se cruzan con Andrés, el mozo del cap. IV de la primera parte, que, atado a una encina, es azotado por su amo (Juan Haldudo, el Rico), vecino de Quintanar, que narra a los presentes que el amo no solo no le pagó, sino que le azotó sin cuenta, debiendo ingresar en un hospital para ser curado, con el resultado de que «... me parece que no seré más hombre en toda mi vida», a lo que Don Quijote responde con las palabras del encabezamiento, «... no hay villano que guarde palabra que diere...». Mas, ojo, no nos precipitemos en la interpretación. Juan Haldudo azota a su zagal Andrés porque es tan descuidado que cada día le pierde una oveja del rebaño que le cuida; es aquí donde Don Quijote sentencia que «... cada uno es hijo de sus obras» (I, IV).

¿Qué actitud tendrán los quintanareños hacia Cervantes? ¿Le detestarán por si el lector, inconscientemente, los asocia con Juan Haldudo o le agradecerán que su villa sea conocida en todo el orbe gracias a su inmortal obra? El autor tal vez los compensa en el cap. LXXIV de la segunda parte haciendo que el bachiller Sansón Carrasco compre dos famosos perros, Barcino y Butrón, a un ganadero de Quintanar, destinados a ayudar al Caballero de la Triste Figura en su próxima y no iniciada aventura como pastor.

Retorno a la plaza de los Carros. ¿Se realizaría aquí históricamente el mercado? Edward Hawke Locker perteneció al servicio civil de la marina británica y en plena Guerra de la Independencia debe recorrer media España para entregar un mensaje a Wellington; hombre meticuloso, toma nota de lo que atrae su atención y pinta unas láminas excelsas. Publica por entregas este material y en 1824 lo edita en un libro, «Views in Spain», Vistas de España. Aquí, en Quintanar, se sorprende del vestido de los quintanareños los días de mercado, que describe así: «Los hombres, envueltos en sus cortas capas marrones, con caperuza, largas patillas y cinturones de cuero. Las mujeres mayores llevaban mantones de lana negra o blanca; las mujeres más jóvenes cubrían la cabeza con pañuelos de colores y vestían trajes con cenefas grises o azules. Todas llevaban medias rojas y zapatos altos con grandes hebillas plateadas».

Accedo a la cafetería Echegaray, que necesito hidratarme y deshidratarme. En la puerta de acceso al área de baños, un cartel recuerda que las instalaciones son para uso de los clientes. La persona que atiende, exquisita, me pinta esquemáticamente con cuatro trazos cómo dejar la villa en dirección a El Toboso.

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© de texto e imágenes, Manuel Ríos.

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