Ocio y Cultura
Cueva y molino de viento en Campo de Criptana. Manuel Ríos

¿Y si alguien me preguntase por cómo son los criptanenses? Pues, ¡vaya pregunta! De las personas con que hablo, diría que son normales, como las de las villas que llevo recorridas, como tú y como yo. Jaccaci, observador atento, escribe respecto de la concurrencia que en la posada duerme a pierna suelta tendida en el suelo: «Esta gente solo se despierta cuando debe volver a emprender el trabajo. A la hora exacta, de repente, se levanta, bebe un trago de agua y, enseguida, detrás de las bestias, bajo un sol de fuego, a arar la tierra o a segar las mieses». Y si retrocedo a los tiempos del «Quijote» escribiré como curiosidad que existía en esta villa una hermandad de hidalgos que se reunía dos veces al año y que parecen sumidos en el espíritu caballeresco medieval, tal vez hacedores del bien y perseguidores de malhechores. ¿Acaso esta curiosa hermandad puede haber sido antecedente de don Alonso Quijano, el ideal de justicia?

Como también le aconteció aquí a Azorín, pierdo la noción del tiempo. Vuelvo adonde aparqué el automóvil, lejos, azotado por el sol, deshidratado, y recorro la villa en automóvil, que el cansancio no me facilita hacerlo a pie. Las casas grandes, de piedra labrada, hierro forjado, con vidrieras... de que habla Jaccaci son hoy casas modernas. Me llama la atención de modo particular el Pósito Real, no solo como monumento, que también, sino por la labor que debió de realizar siglos atrás como institución reguladora del precio del trigo; por razones de origen, conocí los pósitos marineros, pero no sabía de la existencia de sus homónimos tierra adentro. Vuelvo a la N-420 para recorrer los pocos kilómetros que separan Campo de Criptana de Alcázar de San Juan. Sé de antemano que a la salida debo hacer un alto en el entorno de una rotonda para extasiarme con su monumento central, dedicado a Don Quijote y Sancho. Doy la vuelta al ruedo y decido avanzar porque no debo aparcar aquí por razones de seguridad. Continúo hasta la gasolinera, a mano izquierda, me doy otro paseo de unos cientos de metros por el borde de una urbanización que se quedó en proyecto y accedo al corazón de la rotonda porque sus protagonistas lo merecen. Me muevo dentro del círculo empedrado buscando los encuadres más llamativos y disparando la cámara. En medio del proceso, un automóvil toca el claxon con insistencia, seguro que para advertirme de que no me está permitido moverme por este lugar, pero la calidad de las imágenes que consigo me produce sordera. A la vista de Sancho, recuerdo que Azorín menciona la existencia de un grupo de varones que se autodenominaban Sanchos, Los Sanchos de Criptana, en solidaridad con el universal escudero. Pregunté al joven de la oficina de turismo por esta institución y desconocía que existiera: creía recordar que el término «Sanchos» se aplicaba a unas familias gitanas que tiempo ha vivían en el extrarradio.

Monumento a Don Quijote en Campo de Criptana. / Manuel Ríos

¡Sancho! ¡Mi querido Sancho Panza! Si este aprendiz de escribidor fuese criptanense, me declararía Sancho de Criptana; y, sin serlo, me proclamo igualmente. ¿Por qué? Porque estoy persuadido de que la figura del escudero por antonomasia ha sido maltratada por muchos exégetas del «Quijote». Si cierro los ojos y vuelvo la vista atrás, el primer golpe lo recibo en la escuela primaria; cuando estudiábamos la novela en clase, siempre se contraponía el idealismo del caballero al materialismo del escudero; y yo, en silencio, me sentía en desacuerdo. Pensaba entonces cuando niño -eran tiempos de estrecheces-, que Don Quijote es rico, sin obligaciones, y puede permitirse las locuras que quiera, mientras que Sancho es padre de familia, tiene responsabilidades y debe atenderlas lo mejor que le sea posible. Medio siglo después sustituyo «rico» por hidalgo en el caso del caballero -los hidalgos estaban exentos del pago de tributos- y mantengo intacto lo demás. La vida no es aventura de ínsulas al modo en que las conciben Don Quijote y Sancho, sino permanente encrucijada; dice Teresa a su marido: «... sin gobierno salistes del vientre de vuestra madre, sin gobierno habéis vivido hasta ahora y sin gobierno os iréis o os llevarán a la sepultura cuando Dios fuere servido» (II, V). ¿Cómo es que no apreciamos el respeto y el mimo con que Cervantes presenta a Sancho y sus aspiraciones?

Tras abandonar el cargo de gobernador, Sancho es tentado por Ricote para que participe en un turbio negocio que le reportaría doscientos escudos, a lo que responde: «... no soy nada codicioso...», y se reafirma añadiendo que ni aunque recibiera cuatrocientos al contado (II, LIV). Nuestro escudero sueña con «... pasar esta vida honrada y descansadamente» (I,X). ¿Alguien, no? Esa comodidad se la puede proporcionar el gobierno de una ínsula, disponer de la fórmula del bálsamo de Fierabrás..., y ruega a Dios que conceda la victoria a su señor, y cuando se alargan las semanas y no llegan la ínsula ni «despojo» alguno, cansado, se plantea poner fin a la aventura y volver a casa, a su obligación. Sancho, cual legendario Jano, reúne en su persona las dos caras de la moneda. Por un lado, es hombre realista y duda del sano juicio de Don Quijote y, como consecuencia, de sus promesas: «... no puedo sufrir ni llevar en paciencia algunas cosas que vuestra merced dice, y que por ellas vengo a imaginar que todo cuanto me dice de caballerías, y de alcanzar reinos e imperios, de dar ínsulas, y de hacer otras mercedes y grandezas, como es uso de caballeros andantes, que todo debe ser cosa de viento y mentira, y todo pastraña o patraña, o como lo llamáremos» (I, XXV). Y por el otro, quiere mantener la esperanza y hasta pide a Dios con naturalidad «... que le eche [a Don Quijote] a aquellas partes donde él más se sirva y adonde a mí más mercedes me haga» (I, XXVI).

Molino de viento en Campo de Criptana. / Manuel Ríos

Y por si Dios se durmiese, intuyendo que está perdiendo la inversión, trata de empujar a Don Quijote a la aventura: «... si mi señor tomase mi consejo, ya habíamos de estar en esas campañas, deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es uso y costumbre de los buenos andantes caballeros» (II, IV). Don Quijote necesita mantener viva la llama del deseo en Sancho para retenerlo a su lado y alarga la espera con excusas que Sancho rebate con sentido común. Por su parte, el escudero, cuando procede, sabe ser agrio: «Yo no estoy preñado de nadie [no me dejo llevar de las promesas de nadie], ni soy hombre que me dejaría empreñar del Rey que fuese; y aunque pobre, soy cristiano viejo, y no debo nada a nadie; y si ínsulas deseo, otros desean otras cosas peores; y cada uno es hijo de sus obras; y debajo de ser hombre, puedo venir a ser papa, cuanto más gobernador de una ínsula, y más pudiendo ganar tantas mi señor que le falte a quien dallas. Vuestra merced mire cómo habla, señor Barbero; que no es todo hacer barbas, y algo va de Pedro a Pedro. Dígolo porque todos nos conocemos, y a mí no se me ha de echar dado falso. Y en esto del encanto de mi amo, Dios sabe la verdad; y quédese aquí, porque es peor meneallo» (I, XLVII). Finalmente, cuando Don Quijote se ve en la obligación de dejar la caballería andante, el escudero pierde el horizonte: «... y así, vienen a volverse en humo mis esperanzas» (II, XLV).

Resulta sabrosa y aleccionadora la estancia del gobernador Panza en su fingida ínsula, así como los consejos de su mentor Don Quijote, la acción del doctor Pedro Recio y la dignidad del escudero al abandonar el cargo: «... dejadme volver a mi antigua libertad [...].Vuesas mercedes se queden con Dios y digan al Duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir que sin blanca entré en este gobierno, y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas» (II, LIII). La actitud de Sancho podría sintetizarse en esta aseveración suya: «Ni quito rey ni pongo rey, sino ayúdome a mí, que soy mi señor» (II, LX), que remeda al francés Beltrán en el regicidio de Pedro I.

En la despedida de Campo de Criptana por parte de este Sancho, vuelvo al verbo de Jaccaci: «Conocida esta tierra, leemos aun con más gusto el libro de Cervantes. ¡Cuánto hay en él de este país!; ¡cuánta verdad en la vida de los caracteres, en las descripciones, en el lenguaje!». Y también: «Yo dudo de que pueda hallar el extranjero en otro país tan corteses maneras y una generosidad tan espontánea como encuentra en estos labriegos españoles».

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© de texto e imágenes, Manuel Ríos.

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