Ocio y Cultura
Edificio sede del ayuntamiento. Manuel Ríos

Alcázar es ciudad, como vengo escribiendo. Ha establecido un sistema de pago por estacionamiento semejante al de Campo de Criptana, lo que me facilita aparcar en el centro. Su plaza principal, amplia y hermosa, se encuentra presidida en una de sus caras por un soberbio edificio sede del ayuntamiento, antiguo casino, y en la de enfrente, sendas representaciones de Don Quijote y Sancho, a caballo el hidalgo y en el rucio el escudero. A partir de este punto, me «pierdo» en busca de empaparme de la vida que aquí se respira. Me resulta curioso que cada calle muestra al lado de su nombre un cuadro formado por una docena de losetas cerámicas que recuerdan aspectos sobresalientes en torno al titular de la vía. Y no puedo evitar sorprenderme de que la vía dedicada al príncipe Juan José de Austria se llame «Calle Juan de Austria», sin la segunda parte del nombre y pudiendo crear confusión en el visitante y aun en el alcazareño no avisados respecto de la verdadera personalidad a quien está dedicada. Este lapsus me permite recoger apreciaciones de Cervantes en torno a la verdad y a la apariencia. Don Quijote reflexiona en torno a que Homero y Virgilio muestran a sus héroes «... no pintándolos ni describiéndolos como ellos fueron, sino como habían de ser, para quedar ejemplo a los venideros hombres de sus virtudes» (I, XXV). Y esta idea debe de pesar lo suyo en la persona de nuestro autor porque en la segunda parte de la novela pone estas palabras en boca de Sansón Carrasco: «... el poeta puede contar o cantar las cosas no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna» (II, III). Sancho alecciona a su mujer respecto de cómo ha vestir al hijo cuando se lo envíe a la ínsula o al gobierno con que sueña: «... y vístele de modo que disimule lo que es y parezca lo que ha de ser» (II, V). Don Quijote pide a Sancho la verdad: «... y quiero que sepas, Sancho, que si a los oídos de los príncipes llegase la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían [...]. Sírvate este advertimiento, Sancho, para que discreta y bien intencionadamente pongas en mis oídos la verdad de las cosas que supieres de lo que te he preguntado» (II, II). Y también, el narrador: «... la verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira, como el aceite sobre el agua» (II, X). Sancho, por su parte, no se queda atrás: «... cada uno mire cómo habla o cómo escribe de las personas y no ponga a troche moche lo primero que le viene al magín» (II, III). Cierro con una sentencia de Don Quijote: «Ni todos los que se llaman caballeros lo son de todo en todo; que unos son de oro, otros de alquimia, y todos parecen caballeros, pero no todos pueden estar al toque de la piedra de la verdad» (II, VI).

En mi deambular, en una placita menos céntrica, descubro un busto del hidalgo, tocado de bacía y lanza y mirando al cielo, donación de la Fundación Cervantina de México.

Busto del hidalgo. / Manuel Ríos

Mi experiencia como aldeano viajero me lleva a concluir que, en cada lugar, las dimensiones de las iglesias muestran la importancia histórica de la población, su trascendencia; desde esta perspectiva, todo observador percibirá que los templos de esta ciudad son inmensos, con lo que ello significa. El de San Francisco, monumental, fue anejo a un convento franciscano donde rigió una universidad dotada de siete cátedras.

Busco el monasterio de Santa Clara, en el que parece que nacieron las tortas, sencillo pero hermoso, cuartel en 1868 y hoy hotel.

Pero, Alcázar es mucho más, fue sede de corral de comedias antaño, es la iglesia de Santa Quiteria, museo del Hidalgo, museo de la Alfarería, molinos de viento..., y estación de ferrocarril. Mi admirado Jaccaci visitó también Alcázar; dice de su fonda que es «... la mayor de cuantas he visto...», mas el ilustre viajero no se anda con paños calientes, y a propósito de la hostería de la estación, escribe: «Pero líbrenos Dios de comer en su mesa, cubierta con manteles que recuerdan a otros viajeros; de probar los «steaks» ingleses hechos al modo español; beber el llamado Burdeos cosechado en Valdepeñas, y oír el imposible hispano-francés de los mozos. Esta fonda se empeñará en vano en tener aspecto cosmopolita; el ambiente provinciano que la rodea ahogará sus pueriles pretensiones».

En la linde con el centro geográfico de la ciudad, entro a una cafetería a refrescarme, vacía a esta hora; descargo la cámara y la mochila y aprecio con horror que la mochila se encuentra abierta; compruebo que todo lo guardado sigue en ella. Paso al baño y me encuentro con un cartel que invita a utilizar la cadena y la escobilla.

Monumental templo de San Francisco. / Manuel Ríos

Aludí al Siglo de Oro al comienzo de esta etapa. Estimo que ya es momento de que dedique unas líneas a glosar el contexto socio-histórico en que Cervantes desarrolla su vida. Simplifico al máximo. Coincide la vida de nuestro autor con los últimos años del reinado de Carlos I, con todo el reinado de Felipe II y con los comienzos del de Felipe III. Y, además de esta primera nota identificativa de la monarquía, ¿cómo es el momento en que vive Miguel?, ¿cómo es nuestro país en esos años? Por más que existieran Cortes castellanas, aragonesas..., capaces de procurar al monarca de turno alguna noche de insomnio, por tradición, aquellos reyes gobernaban de modo autoritario, como si gestionaran un inmenso cortijo. Carlos I, considerado intermediario entre Dios y los súbditos, se autoadjudicó el título de «Majestad», reservado a Dios hasta ese momento, para que fuese utilizado al dirigirse a él. Especialmente desde los Reyes Católicos a Felipe II, los reyes se sintieron guardianes de la fe y obraron como tales.

España ya había expulsado a árabes y judíos, había descubierto América, que estaba conquistando, y no para de luchar en la Europa central intentando frenar la expansión del protestantismo y alzando como prioritario el estandarte de la Contrarreforma, lo que implica unos gastos gravosos que traen consigo unas exigencias en impuestos imposibles de asumir, contra los que se manifiestan reiteradamente las Cortes de Castilla. América aporta ingentes riquezas en forma de metales nobles que se van por el sumidero de las guerras de religión y en defender las fronteras de un imperio en el que no se ponía el sol. Hasta el desastre de la Gran Armada, España provoca admiración en el exterior, pero también temor y rechazo como potencia militar. Mas, contra todo pronóstico, el país se despeña a la ruina económica y consiguientemente social. Y quien ostenta el poder absoluto y podía dar el golpe de timón, prefiere «sostenella y no enmendalla». En 1575, las deudas contraídas por el Estado con la banca de la época, sencillamente, resultan imposibles de pagar. Felipe II hereda de su padre un déficit exterior millonario y, a su muerte, no solo deja a su sucesor las arcas vacías, sino unas obligaciones que multiplican por cinco las heredadas. La expulsión de los moriscos en tiempos de Felipe III parece que no tuvo fundamentación religiosa, sino el deseo de «levantar» las haciendas a prósperos industriales y comerciantes.

La población española es el resultado de una amalgama de hispanos, judíos, árabes y germanos. Judíos y árabes fueron expulsados o cristianizados. El ingente número de conversiones producidas tras las expulsiones aludidas hizo pensar al «sistema» del momento que muchas eran ficticias. La consecuencia fue que para ocupar muchos cargos se exigiese certificado de limpieza de sangre. Alguna voz se opuso en la Iglesia al hecho de establecerse dos clases de cristianos, los viejos y los nuevos, iguales a los ojos de Dios, sin embargo. A título meramente anecdótico, recuerdo que fueron cristianos nuevos Teresa de Cepeda y Miguel de Cervantes. Y ya existe el Santo Oficio, la Santa Inquisición, que vive momentos de esplendor, con lo que conlleva de riesgo para los cristianos nuevos...

Hacia finales del XVI y comienzos del XVII, el cuadro de pobreza y de hambre que pinta Cervantes en el «Quijote» se ajusta a la realidad ciudadana del día a día, incluso entre la nobleza, y no faltan estudiosos que estimen que en 1605 llegaron a faltar recursos «para la mesa del rey». Defender la fe y el prestigio del monarca y su acción en el exterior exigen ingentes cantidades de dinero, conseguidas a base de tributos cada día más onerosos, ruinosos, que acabaron con industrias históricas como las de la lana, la seda, la agricultura, el comercio... Y es que cuando Miguel escribe el «Quijote», España se halla cansada, fatigada, exhausta, desilusionada, y hasta es posible que los españoles que tuvieran conocimiento de la existencia del caballero andante se identificaran con su idealismo y con el maltrato de que es objeto.

¿Y la justicia? Corrupta, en buena medida. ¿Y la medicina? La medicina era especulativa, teórica, y los médicos no tenían contacto con los enfermos: dejaban que los cirujanos-barberos y los sangradores ejecutaran los tratamientos que prescribían. Rodrigo Cervantes, padre de Miguel, pertenece a este segundo grupo. ¿Y la sociedad? La juventud dedicaba su vida al mundo de las armas, probaba a buscar fortuna en las Indias o se cobijaba bajo el paraguas de la Iglesia (se llegó a tildar de «plaga» a la «muchedumbre eclesiástica»). En la Mancha de hacia 1600, el 1% de la población son clérigos y el 4% hidalgos; el 95% restante... Y Cervantes fue un luchador, con sus sombras y a su manera, pero un luchador.

¿Y desde el punto de vista intelectual? Desde 1492, la España de Isabel y Fernando dispone de la primera «Gramática castellana», elaborada por Nebrija, que también participó en los trabajos que alumbrarían la Biblia políglota complutense, auspiciada por Cisneros, como ya escribí. Las universidades de Salamanca y Alcalá de Henares concentran y expanden el saber del momento. Núñez de Balboa descubre el Pacífico, Magallanes y Elcano dan la vuelta al mundo. Se gestan los imperios coloniales: Cortés conquista México; Pizarro, el Perú; Valdivia, Chile... La patata y el maíz americanos, cultivados en Europa, alivian el hambre y generan riqueza. Surge el Renacimiento, aparece la imprenta, auténtica revolución en la transmisión de las nuevas ideas, y cobran gran éxito los libros de caballerías y la novela picaresca; y, en otro orden, sobresalen la ascética y la mística. Destaco la presencia en aquel tiempo de figuras tan relevantes como Erasmo de Rotterdam, de tanta influencia, Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Juan de Austria, Fray Luis de León, el Greco, Góngora, Quevedo, Lope, Tomás de Victoria, Alonso Berruguete, Juan de Herrera... En suma, el primer tiempo de un Siglo de Oro en lo artístico que no tuvo correspondencia en lo social para el común.

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© de texto e imágenes, Manuel Ríos.

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