Ocio y Cultura
Milenario olivo de Daimiel. Manuel Ríos

Amable lector: gracias si has llegado hasta aquí; ya te confesé que, por edad, me hallo en una fase de la existencia en que, cuando me parece, pero seriamente, me pongo el mundo por montera, y ¡no sabes lo que me satisface! Si te soy franco, y quiero serlo, ignoro si Daimiel ha tenido relación con el «Quijote», pero, ¡quiero detenerme en Daimiel!

-Explícate de una vez, Manoliño, que ya está bien de adivinanzas.

Para un aldeano gallego como lo es este aprendiz de artesano de las letras, el roble es símbolo de fortaleza, como ya apreciaron los romanos al llamarlo «Quercus robur». Más de la mitad de mi vida se desarrolló, se desarrolla, en Castilla, la vieja e histórica Castilla, y en este tiempo aprendí entre otras realidades que el árbol sagrado de los castellanos es el olivo. Pues bien, quiero ver y disfrutar en Daimiel de un olivo excepcional.

Si los daimieleños no se ofenden, escribiría, y escribo, que esta ciudad me recuerda a Miguelturra, y me lo recuerda fundamentalmente por sus calles estrechas, sinuosas y saturadas de vehículos. Estaciono en zona de aparcamiento libre casi por azar y, guiado del instinto y del sentido común, alcanzo el área central en unos instantes. Me deleito ante la céntrica iglesia de San Pedro Apóstol.

A poco dados que seamos a reflexionar, caeremos en la cuenta de que, históricamente, todo agrupamiento humano incluye un templo, grande o chico, pero, al menos, uno; y la observación de su magnificencia nos da pautas excepcionales para hacernos una idea razonablemente cabal de la importancia y trascendencia de la comunidad congregada en torno a esa iglesia. Con la simple aplicación de esta vara de medir al templo que tengo delante, debo decir que Daimiel es y fue población de rango en la historia.

Observo mucho movimiento de personas de un lado a otro, intuyo que, fundamentalmente, en fase de ocio. Pregunto por la plaza, sin más apelativo, y se me dirige con precisión. La plaza de Daimiel es proporcionada en extensión a su población, pero, sobre todo, es hermosa, porticada y llena de vida, con abuelos, mamás, papás y criaturas disfrutando del ocio con seguridad. La recorro con fruición, con deleite, me planteo posibles encuadres fotográficos y dejo que los ojos se me vayan al olivo, no centenario, que no sería poco, sino milenario. ¡Más de mil años! ¡Un Matusalén en Daimiel!, ¡el Matusalén de Daimiel! ¡Dios mío! Que la ciencia contacte con él, que identifique su lenguaje y que conversen, que nos hable, que nos cuente qué ha sentido, qué ha conocido y qué ha vivido en el último milenio. Me aproximo a ver una placa informativa, a tocarlo, y me alejo para fotografíarlo. ¡Fotografiarlo! No sé si será posible.

-No me digas, Manoliño, que tu maravillosa cámara no puede con sus mil años de existencia.
-¡Vuelta la mula al trigo!

Tengo en plano a una niña de cinco o seis años y no me atrevo ni a tocar la cámara. Estando las cosas como están, no quiero ni pensar que su cuidadora o cuidador interprete intenciones aviesas en mi actitud y tenga aquí un disgusto serio. ¡A lo que hemos llegado!

Vuelvo en dirección al automóvil. Accedo a una cafetería céntrica y pido un botellín de agua, que me siento deshidratado. Tras un instante de duda, el caballero que atiende tras la barra me ofrece una botella de medio litro, de Hacendado: en familia. Le pregunto acerca de cómo acceder a la autovía y me dirige en el sentido de donde se encuentra estacionado el vehículo. Algo más adelante, sin saber el porqué, inquiero de nuevo con la misma cuita y mi interlocutor me dirige en sentido contrario: parece claro que todos los caminos conducen a la salida de la población. Poco después, me encuentro cómodamente instalado en el automóvil circulando por la autovía en dirección Puerto Lápice.

Por inercia, tal vez porque mi patria es mi infancia, como escribió Rilke, cuando escucho o leo el término puerto no puedo evitar que mi cabeza se vaya a la mar. Sin embargo, como es de común conocimiento, Puerto Lápice no es puerto de mar, sino de montaña, y está situado en el área oriental de la sierra de La Calderina, lugar de paso entre la Meseta y el sur peninsular, en el camino real a Toledo. Por ser histórico, lo es tanto que ya pasaba por aquí la calzada romana, y en tiempos de Cervantes contó con ventas y posadas que daban cobijo a los viajeros que iban y venían de norte a sur y de sur a norte, parada y fonda para el descanso de personas y el cambio de tiros.

El precursor Jiménez Serrano nombra a Puerto Lápice por su nombre latino, «Portus lapidum», y escribe: «... apenas se anda por aquellas tierras una vara sin oír trágicas historias de la última guerra [Carlista], robos, violaciones, sorpresas, acontecimientos, incendios, crueldades inauditas y batallas». Dios mío, ¡qué horror!

Accedo a la villa con mi habitual intención de estacionar correctamente el vehículo y recorrerla a pie. Haciendo gala de un exceso de exquisitez en cuanto al aparcamiento se refiere, avanzo hasta las inmediaciones de la iglesia. Estaciono, levanto los ojos al infinito cielo azul, miro alrededor y, sin saber el porqué, me siento en casa.

Así que, históricamente, este es lugar de paso. Vuelvo a levantar los ojos al cielo, giro a mi alrededor buscando una clave que me sitúe en un contexto así de específico y mi ignorancia y mi torpeza me lo impiden. No puedo evitar que vengan a mi presente Cesáreo y mi padre: ¿qué escuela de la vida los habrá formado para que se integraran en la naturaleza, para que formaran parte de ella como algo natural? Porque yo, situado en el atrio de la iglesia de Puerto Lápice, no sé si subo o si bajo, y esta apreciación nada tiene que ver con mi galleguidad de nacimiento. Y la iglesia, ¡abierta! Una vez más, los milagros existen. El templo es sencillo, luminoso, acogedor...: lo recorro con respeto y vuelvo a la calle. A pocos metros, una estatua en honor de Don Quijote y una venta. Y yo, aldeano que soy, me explayo en ella, vestida de blanco y azul añil; asomo la nariz y las patas, curioseo, veo una carta y sus precios y salgo corriendo. ¿Cocinará Sancho, servirá Don Quijote? Para los anales, esta sería la venta en que Don Quijote fue armado caballero.

-Querrás decir, Manoliño, la venta que Cervantes pudiera tener en su cabeza cuando escribió tal aventura, que te expresas como si el de la Triste Figura fuese real.

Un poco más adelante, en la misma acera, otra especie de venta. No sé por qué me molesto en acceder a su patio y al establecimiento del fondo. A pocos metros, me dicen que ese corral es también una venta, solo que cerrada, seguramente que esperando la ocasión de situarse en este universo quijotesco.
En la cabecera de la plaza, un agradable y acogedor rincón, con una noria y citas del «Quijote» en los bancos que la circundan.

Plaza de Puerto Lápice. / Manuel Ríos

Leo que la plaza de Puerto Lápice es manchega. ¿Existe algún patrón que establezca las características que ha de observar una plaza manchega? Diría de esta que es hermosa y que está integrada por soportales de madera distribuidos en dos alturas y pintados de rojo almagre. Subo a la planta superior en busca de encuadres fotográficos, pero su acceso se encuentra vedado; ¿por qué?

En el inicio de esas frustradas escaleras de acceso, conversan tres abuelos de pie. Me acerco y les pregunto por las troneras desde las que los porteños se defendieron frente a los franceses dos siglos atrás. Y es que, dominar este paso natural importaba y mucho al invasor, pero sus gentes derrocharon valor a raudales a fin de impedir que cayera en manos francesas. Se miran entre sí desconcertados y me miran con gesto de sorpresa: no quedan troneras ni nada que se les parezca. ¡Qué frustración de documentación! ¡Qué frustración! Y me remiten enfrente, donde el arco, que alberga lo que fue posada del Rincón, también histórica según me dicen. Accedo a su entorno, observo varias viviendas, tengo la sensación de invadir intimidades y salgo a la calle.

Puerto Lápice es villa agradable a la vista, pulcra, muy limpia, exquisitos sus vecinos, y su reloj público les avisa de que va a dar las horas anteponiendo unas notas del Ave María. Y reflexiono: por aquí subió y bajó Miguel, solo él sabe cuántas veces; y como él, reyes -Isabel la Católica, Carlos I, Felipe II...-y mendigos, arrieros y buhoneros, carreteros y traficantes, labradores y ganaderos, pícaros y gañanes, soldados, truhanes...

Recorro la población hasta el arrabal, desde el que diviso unos pequeños molinos, tal vez no tan pequeños en la realidad, pero puede que la distancia los empequeñezca. Vuelvo a la zona urbana y, de pronto, me siento transportado al ver un establecimiento con este rótulo: «Ferretería Mascaraque».

-¿Se te perdió algún tornillo, Manoliño?

Y accedo. Atiende una joven encantadora:

-Sí, sí, aquí es, y mi marido es nieto de Higinio, el posadero de su historia.

¡De mi historia! Quiere decir de la «Ruta» de Azorín, que se alojó en esta casa, tal vez en la casa que existiese hace un siglo largo en este solar. Charlamos animadamente un rato y me remite a la posada del Rincón, de la que es titular una mujer de la familia.

Posada del Rincón. / Manuel Ríos

Puerto Lápice censa 950 habitantes. Puede que me sobren dedos de una mano si tengo que referirme al número de establecimientos orientados a satisfacer las necesidades del turista curioso, fundamentalmente extranjero y en grupo, que desea conocer de primera mano hitos en la ruta del «Quijote» y volver a casa cargado de regalos «ad hoc». Pero, mi presupuesto no me permite comer aquí y vuelvo a la A-4. A poco, un área de servicio, en el kilómetro 129,6. En la cafetería, La Carpa, tomo el menú, sano, copioso, atendido exquisitamente, y todo por nueve euros. Ya es tarde, el comedor está completo, no percibo la presencia de posibles usuarios esperando mesa y me relajo revisando notas y preparando la próxima visita.

Camino «del Puerto Lápice», Sancho recuerda a su amo que es hora de comer. Don Quijote le responde que no siente necesidad y le sugiere que coma él. Cervantes describe así el momento:

Con esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y, sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo, muy de su espacio, y de cuando en cuando empinaba la bota con tanto gusto que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga (I, VIII).

Miguel alude a la comida directa o indirectamente en otros momentos de la obra. En el cap. X de la primera parte hace que diga Don Quijote: «... es honra de los caballeros andantes no comer en un mes...», y también que conoce yerbas salvajes que sirven de alimento, a todo lo cual apostilla Sancho: «... algún día será menester usar de ese conocimiento». En el capítulo siguiente, el caballero hace la gracia al escudero de que coma a su lado con los cabreros, a lo que el escudero razona:

... mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo.

Sansón Carrasco muestra dudas acerca de la honradez de Sancho, y este, al uso de los actuales políticos, utiliza el recurso de que es la hora de comer y le responde: «Yo, Señor Sansón, no estoy ahora para ponerme en cuentas ni cuentos...», pero, de vuelta del papeo, da la cara y justifica los cien escudos con sabiduría y elegancia:

... y si hay más que saber de mí, aquí estoy, que responderé al mesmo rey en persona, y nadie tiene para qué meterse en si truje o no truje, si gasté o no gasté [...]; y cada uno meta la mano en su pecho y no se ponga a juzgar lo blanco por negro y lo negro por blanco; que cada uno es como Dios le hizo, y aún peor muchas veces (II, IV).

Mas, Sancho es realista y a propósito de la estrechez de la comida las más de las veces, en contraposición a la abundancia vivida en castillos y en algunas casas: «... consideraba no ser posible ser siempre de día ni siempre de noche...» (II, LXVII).

Por asociación con la comida, cedo a la tentación de referirme al doctor Pedro Recio de Agüero, que cuida de la salud del gobernador Sancho Panza en su ínsula (II, XLVII). De pronto, Sancho, que tantas estrecheces sufrió, se encuentra en la cabecera de «... una real y limpísima mesa [cubierta de] mucha diversidad de platos de diversos manjares...». Y el galeno, que somete a rígida disciplina alimenticia al señor gobernador impidiéndole probar siquiera uno a uno platos tan apetitosos y copiosos, encoleriza a Sancho y hace que se exprese de este modo:

Pues, señor doctor Pedro Recio de Mal Agüero, natural de Tirteafuera, lugar que está a la derecha mano como vamos de Caracuel a Almodóvar del Campo, graduado en Osuna, quíteseme luego de delante; si no, voto al sol que tome un garrote y que a garrotazos, comenzando por él, no me ha de quedar médico en toda la ínsula, a lo menos, de aquellos que yo entienda que son ignorantes; que a los médicos sabios, prudentes y discretos los pondré sobre mi cabeza y los honraré como a personas divinas. Y vuelvo a decir que se me vaya Pedro Recio de aquí; si no, tomaré esta silla donde estoy sentado y se la estrellaré en la cabeza, y pídanmelo en residencia, que yo me descargaré con decir que hice servicio a Dios en matar a un mal médico, verdugo de la república. Y denme de comer, o si no, tómense su gobierno; que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.

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© de texto e imágenes, Manuel Ríos.

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