Ocio y Cultura
Molinos de viento en el cerro Calderico. Manuel Ríos

De nuevo en la autovía, un cartel anunciador trae Herencia a mi cabeza. En 1890, según cuenta Jaccaci, la posada estaba anunciada mediante una cruz de madera que colgaba del dintel de la puerta. En ella, como cada año, un rico propietario convida a sus trabajadores, unos treinta, con una comida en que se consumen «Unas cincuenta libras de carne, treinta de pan, unas docenas de pollos, y rociado todo con vino "ad libitum"»; sucedía el día de Santiago. Luego, va a la iglesia a celebrar la fiesta del patrono de España. Dos filas de soldados se situaban entre la puerta y el altar, y millares de velas, y flores de papel, y murmullos de rezos. Y en la calle, puestos de «fruta, pan, rosquillas y garbanzos tostados... y mercaderes poco escrupulosos con los forasteros».

Admiro profundamente a Jaccaci no solo por su obra, excelsa en mi percepción, sino también por abrir un paréntesis en su cómoda y envidiable vida neoyorquina para «vagar» por la entonces provincia de La Mancha en busca de los fantasmas de Don Quijote, de Sancho, de Cervantes..., y confío en que la experiencia le haya rendido satisfacción a raudales. Don Augusto ya se halla en la historia como maestro de viajeros, mas no quiero perder de vista el recorrido de otro ilustre correcaminos: Cervantes.

Ya escribí que, coincidiendo con la muerte de su hermano Rodrigo, en 1600, Miguel da por finalizada la azarosa aventura andaluza. En 1601, la Corte y la capitalidad, por tanto, se trasladan a Valladolid, donde permanecerán hasta 1606. Nuestro autor vive a caballo entre Toledo y Esquivias y, hacia finales de 1604, se traslada a Valladolid con toda la familia, como siempre en busca de una vida mejor. Alquilan casa. En el bajo, una taberna, y en el primer piso viven Cervantes, su mujer, sus hermanas, su hija natural y su sobrina. Parece que Catalina se enteraría aquí por sus cuñadas del verdadero padre de Isabel, o sea, Miguel. Pero, por desgracia, continúan los malos momentos. Se produce una reyerta frente a esa casa y fallece el agredido, tal vez a manos de un marido despechado con cuya mujer se entendería el asesinado. Y como se murmuraba de las Cervantas a propósito de las entradas y salidas de su casa de varones de día y de noche, la Justicia encuentra chivo expiatorio en la familia del autor. Y así, entran en presidio Miguel, su hija, Isabel, su hermana Andrea y su sobrina Constanza. ¡De nuevo, la cárcel!

Para esos momentos, el «Quijote» no solo debe de estar escrito, sino que hasta es probable que circulara manuscrito o en una primera edición hoy perdida. Tal vez sin saberlo, Cervantes pone la primera piedra del cambio que experimenta la novela a partir de su relato universal. Destaco de memoria aspectos que me llaman la atención. Nuestro autor describe a los personajes con una economía de medios admirable. El protagonista es un apasionado de los libros de caballerías, mas, ¿tantos se publicaban que debe vender parte de su hacienda para seguir comprándolos?; hoy, tal vez para prevenir semejante mal, preferimos ocupar el ocio o el no ocio en tareas de menos riesgo, como seguir los múltiples campeonatos o competiciones de fútbol o fisgar en las ¿públicas? intimidades, reales o ficticias de la «caspa». Y Don Quijote decide hacerse caballero andante para llevar la Justicia donde fuese menester, pero, ¡qué diferencia entre nuestro hombre y otro protagonista universal como es Dante! Dante viaja del infierno al paraíso bajo la protección de Beatriz mientras Don Quijote realiza el viaje al revés: del paraíso de la cordura de su locura al infierno de la cordura del mundo real, pero sin Beatriz y también sin Dulcinea. Don Quijote, más allá de la extravagancia, está solo y se muestra valiente, constante, generoso y tierno, pero también implacable; en realidad, un loco, porque nadie en su sano juicio, solo, viejo y sin auxilio puede creerse capaz de detener el mundo y liberarlo de la injusticia. Loco, pero loco augusto, el loco por antonomasia, soñador, cautivador de corazones, auténtico ciudadano del mundo. Y así, Don Quijote recorre leguas, vive hazañas y se hace leyenda; siguiendo a Unamuno, tal vez Dios dejó de soñarle. ¿Y qué decir del costumbrismo que Cervantes imprime a la obra, un costumbrismo que trasciende al tiempo? Ahí tenemos a Sancho basculando entre la credulidad y el egoísmo y el sentido de la realidad, y hasta quijotizándose: «... y el verdadero Don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el matador de las doncellas [Altisidora se moriría de amor por él], el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso es este señor que está presente, que es mi amo..» (II, LXXII), porque Sancho es también noble, a su manera, a ratos, víctima de su circunstancia, el personaje cumbre del realismo español según Dámaso Alonso. ¿Necesitará de Sanchos nuestra sociedad? No me atrevo a responder, pero sí estoy seguro de que nos faltan muchos Quijotes.

¿Y qué decir de los volúmenes y volúmenes (alguno de más de ochocientas páginas de Times tamaño 10 aproximadamente) generados a partir de la novela, otro «Quijote» o más? Y collejas, y pedradas, y zancadillas, cuando no hachazos y puñaladas traperas, directos al corazón. ¡Señor!

Continúo el viaje por este inmenso mar castellano con los ojos puestos en Consuegra. Consuegra es celtíbera y romana; desde finales del siglo XII, capital del Gran Priorato de San Juan de Jerusalén en Castilla y León, y «Muy leal» a Carlos I en la Guerra de las Comunidades. Otra guerra, la de la Independencia, trae consigo una importante destrucción del patrimonio de la ciudad. Y a finales del siglo XIX, nueva desgracia: una terrible riada provocada por el desbordamiento del río Amarguillo, que se salda con cuatrocientos muertos, desgracia que despierta la solidaridad en numerosos lugares del país, que se aprestan a enviar su ayuda y de la que la gratitud de los consaburenses deja constancia en el callejero de la ciudad, con calles dedicadas a Yébenes, Barcelona, Sevilla, Vigo, Azuqueca, Toledo, Tembleque, El Toboso, Alcázar de San Juan, Granada...

Y ya accedo a Consuegra...

-¿Y hasta aquí me has traído para referirme desgracias?
-Paciencia.

El caso es que esta villa se siente íntimamente ligada a Cervantes porque en ella se encontró una partida de nacimiento que se cree que corresponde a nuestro autor.

-¿Otra partida de nacimiento?
-¿Y por qué no?

Además, situados en el cerro Calderico, sus molinos serían aquellos que Don Quijote cree gigantes. De porte distinguido, elegantes, hermosos, atalayas sobre la llanura, convenientemente apostados cual vigías de Consuegra, centinelas en eterno girar, en eterno gemir, viven aquí. Nacieron de la necesidad de moler el grano y, dada la escasez de agua, la inventiva del hombre ideó aprovechar el viento en su lugar. Tal vez de origen persa, eran una curiosidad a mediados del XVI. Se recuperaron casi todos los que eran -leo que doce de trece-, y varios conservan la maquinaria originaria. Hoy no muelen profesionalmente, aunque podrían hacerlo, y lo hacen como demostración en fechas señaladas.

-Discúlpame, Manoliño, pero, ¿los gigantes de la quijotesca aventura no eran los molinos de Campo de Criptana?
-¿Sabe alguien, acaso, en qué molinos pensaba Miguel cuando la escribió?

Molino de viento en Consuegra. / Manuel Ríos

Hace un sol y un calor escandalosos y opto por alcanzar la altura del cerro en la esperanza de que corra un poco de brisa. La señalización de acceso, una vez más, resulta insuficiente, deficiente. Distinguida autoridad municipal: tome su vehículo, salga de la villa, dé la vuelta y dispóngase a visitarla, pero haciendo tabla rasa del conocimiento que posee de la población, como si fuese un visitante anónimo que la alcanza por vez primera, y determine no las señales imprescindibles, sino las necesarias, y pásese en su número a fin de que los aldeanos como el que suscribe podamos alcanzar los molinos de la manita de los indicadores. ¡Pobre conductor el del autobús que erró su camino y se vio en la necesidad de practicar una maniobra harto dificultosa y arriesgada! Que estamos en el siglo XXI.

Bien porque en el primero de los molinos se encuentre ubicada una de las oficinas de información turística. Leo que su maquinaria se encuentra plenamente operativa, y, además, es visitable previo pago. Como resulta esperable, la escalerita de subida y bajada es más que justa, y se me suscita una duda: ¿cómo subirían los sacos de grano a la segunda planta?, ¿y cómo bajarían la harina? En ese piso se encuentra el alma de la industria, una industria concebida hace medio milenio y ejecutada con la artesana y rudimentaria herramienta de aquel tiempo. No correré el riesgo de intentar describirla, que en la parte de molienda pura me recuerda un molino de agua en régimen de cooperativa en que mi abuela Juanita disponía de unas horas semanales de molienda y que a mí como niño me deslumbraba; solamente dejaré constancia de mi admiración porque todo el conjunto pueda girar hasta disponer las aspas a merced del viento. Instructiva la visita.

Reemprendo la marcha con el automóvil. Estaciono en el entorno del castillo, todavía cerrado a los visitantes, y recorro y fotografío los molinos, individualmente y en conjunto. ¡Tecnología punta hace quinientos años! Y hoy, si las circunstancias lo demandasen -Dios no lo quiera, insisto-, continuarían prestando servicio con toda naturalidad. Me llama la atención el desigual estado de conservación: ¿será pública o privada su titularidad?

Pero, por encima de todo, Consuegra es emprendedora, y así: crea la Fiesta de la Rosa del Azafrán, que se desarrolla el último fin de semana de octubre, a pesar de que el cultivo del mejor azafrán del mundo ha decaído por poco rentable, por lo que hoy solo quedan seis productores en la población; rehabilita el castillo -visitable- y los molinos y recrea la batalla medieval de Consuegra cada mes de agosto, en la que participan quinientos voluntarios.

Capilla en el castillo de Consuegra. / Manuel Ríos

Vuelvo sobre mis pasos y ya me hallo frente al castillo de Consuegra. Si tuviese valor y no me importase ser tachado de loco, lo abrazaría en la esperanza de que me transmitiese la historia que conoció de puertas adentro, las intrigas que en él se muñeron, especialmente en el medio siglo central del XVII, porque cuando te acercas a las fuentes, a las supuestas fuentes históricas... ¡Ay, las fuentes! Tomas dos diarios de una misma fecha y parece que informasen de asuntos diferentes; luego, ¿qué puede esperarse de la historia en muchos casos? Nuestro héroe, don Alonso Quijano, posee al respecto un criterio atinado, como casi siempre, al que me sumo:

... habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir (I, IX).
... y los historiadores que de mentiras se valen habían de ser quemados, como los que hacen moneda falsa [...]. La historia es cosa sagrada; porque ha de ser verdadera... (II, III).
... la pluma es lengua del alma... (II, XVII).
... letras sin virtud son perlas en el muladar (II, XVI).
... prevaricador del buen lenguaje, que Dios te confunda (II, XVII).

Por su parte, dice Cervantes:

... y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años (prólogo a la II parte).
... para componer historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento (II, III).

En Alcázar de San Juan ya me referí largamente a don Juan José de Austria y, por extensión, a Consuegra y a este su castillo. Por ello, no voy a repetir lo ya escrito: solo unas notas para situarte, amable lector. Recuerda que Felipe IV reconoce como hijo a su bastardo Juan José, le nombra gran prior de la Orden de San Juan, con una importante renta, y le fija residencia aquí, en Consuegra, en este castillo. De suerte que este será su hogar, en el que vivirá hasta ser llamado por el rey y al que volverá cíclicamente, unas veces «motu proprio» y otras a la fuerza; como cuando Mariana de Austria, tras la muerte de Felipe IV, lo confina en esta fortaleza porque lo percibe como una amenaza para el futuro de su hijo Carlos, pero no por mucho tiempo, porque estima la regente que Consuegra no se encuentra suficientemente lejos de Madrid y tratará de empujarlo a Flandes, donde espera que culmine su fracaso, lo que lo hundiría políticamente.

¡Qué no habrán vivido y conocido estos muros gruesos y macizos! Muros de mampostería que, a veces, alcanzan los cinco metros de grosor. Me hallo ante una fábrica robusta, de recias murallas asentadas sobre una cama de rocas aquí dispuestas por la naturaleza. La sucesión de recintos amurallados y las torres almenadas hacen de esta construcción una fortaleza inexpugnable. ¿Qué superficie ocupará el castillo? Formulo la pregunta porque, aparentemente, puede parecer discreto de dimensiones desde el exterior, pero, cuando entras a él, además de acceder a un mundo nuevo, parece que creciese como lo hace la masa por efecto de la levadura.

En el recorrido, observo escudos, uno de ellos el de armas de don Juan José, salas magníficamente recuperadas, lo que intuyo una mazmorra, la canalización del agua a los aljibes, curiosos bajorrelieves, la capilla... Y, desde lo alto del castillo, los molinos, cual gigantes, y Consuegra, a sus pies; la llanura, infinita, tostada, salpicada de parcelas pintadas de verde, auténticos oasis, y montañas poco elevadas en el horizonte; y el cielo azul moteado de nubes de algodón, alguna salpicada de gris. Me siento transportado a otro mundo, a otro tiempo. Lamento no realizar la visita de la mano de un especialista que me hiciese profundizar en cada detalle, más allá de lo que veo simplemente. Excelente la labor de recuperación que realizan los miembros de la Escuela Taller.

Por fin, a hurtadillas, me abrazo al castillo, pero nada me susurra.

Me siento cansado, recorro vías principales de la población en automóvil, vuelvo a la A-4 y enfilo dirección Madrid.

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© de texto e imágenes, Manuel Ríos.

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