Ocio y Cultura
Placa recordando que aquí se publicó la primera parte del «Quijote». Manuel Ríos

Dejo la plaza de Santa Ana por la calle del Prado hasta desembocar en otra plaza, la de las Cortes, con derecho a estatua de Cervantes cuidando del palacio de sus señorías. Aquí, continúo por la calle de San Agustín y subo por la calle de Cervantes hasta encontrar la casa-museo Lope de Vega. Leo que este edificio ha sido restaurado, al menos, en dos ocasiones; no obstante, conserva el aire de siglos atrás. Desconozco como sería la originaria, pero en su empaque se aprecia el poderío económico del insigne autor. En el dintel de la puerta, esta inscripción: «Parva propria, magna; Magna aliena, parva», que podría traducirse libremente por «Lo pequeño, si es propio, es grande; lo ajeno, por grande que sea, resulta pequeño». Deberé volver otro día para visitarla porque no reservé plaza y el grupo que inicia recorrido se halla al completo; por esta vez, me limito a curiosear la entrada y a asomarme al jardín. No puedo evitar recordar que en esta casa, amplia y hermosa, fallecieron, en vida del autor, Carlos Félix, hijo predilecto de Lope, y Marta de Nevares, uno de sus grandes amores, y es que nuestro prolífico y reconocido creador fue hombre de vida compleja, con una vejez especialmente tétrica, pero esa es otra historia.

Solo unos pasos más adelante, y situada en la acera de enfrente, se encuentra la llamada casa de Cervantes; en realidad, me encuentro ante un edificio de factura posterior al que ocupó Miguel. En el originario, una casa de vecinos, falleció nuestro autor. Vuelta la Corte a Madrid desde Valladolid, donde habíamos dejado al escritor, nuestro hombre y los suyos se instalan en esta villa, en el arrabal, en la zona de huertas y prados, donde el precio de los alquileres era menor. La precariedad económica en que se desenvolvían los llevó a mudarse en varias ocasiones en pocos años. ¡Qué contraste con Lope! Entre las ediciones de la primera y segunda parte del «Quijote», es más que probable que Cervantes y los suyos pasen hambre; pide adelantos a su librero y, en los aledaños del poder, parece que trapicheara con préstamos e hipotecas, además de lo que ingresa como autor, pero, en su caso, la gloria literaria no alivió sus penurias económicas. Como ya escribí, estoy persuadido de que falleció sin atisbar el lugar que el Parnaso reservaba a su «Quijote».

Miguel publica en 1605 la primera parte de su novela universal y continúa escribiendo y publicando, pero está viejo, cansado, enfermo, pobre... y piensa en la muerte. Costear el entierro, entonces como ahora, debía de resultar prohibitivo. Y he aquí que existía en aquellos tiempos la Venerable Orden Tercera de San Francisco, cuyos miembros, los «terceros», se obligaban a observar las normas franciscanas, que podrían sintetizarse en practicar vida de pobreza y penitencia, pero vivían en sus casas y con su familia; y, llegado el momento del fallecimiento, si el finado y la familia no disponían de posibles para afrontar el coste del sepelio, otros «terceros» se hacían cargo del gasto ocasionado. Andrea, su hermana, fue inhumada mediante este procedimiento, y su mujer, Catalina, y su otra hermana, Magdalena, ya eran «terceras»; por fin, en 1610 profesa Miguel para procurarse caridad y entierro. De haber sido menos miserable la vida de nuestro hombre, ¿habría escrito el «Quijote»?, ¿qué «Quijote»? Por cierto, que no se me escape, una placa en la fachada recuerda el paso de Cervantes por esta casa, o, para ser exacto, por la anterior a ella.

Placa recordatoria en la casa de Cervantes. / Manuel Ríos

Continúo el recorrido. Haciendo esquina con la llamada casa de Cervantes se encuentra la calle del León, en la que una placa municipal recuerda que aquí se encontraba el «mentidero de representantes», lugar en que coincidían y cambiaban impresiones, rumores, escándalos... las gentes del teatro. Y en la siguiente esquina, la calle de Lope de Vega. Avanzo por ella unos metros hasta alcanzar a mano izquierda la calle de Quevedo, y de frente, sin entrar a ella, una placa anuncia que «Aquí estuvo la casa propia» de Quevedo. ¡Ay, los nombres señeros del Siglo de Oro!, ¡cuán difíciles debieron de ser! Góngora y Quevedo, irreconciliables; Lope mantiene diferencias serias con Góngora y Calderón, además de con Cervantes. Y Quevedo compra la casa aquí situada solo para poder echar a la calle a Góngora, que vivía de alquiler y en precario.

En esta misma calle de Lope de Vega, frente a la de Quevedo, el convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso. Cervantes debió de guardar eterna gratitud a los frailes trinitarios por haberle liberado del cautiverio de Argel y ayudó a las monjitas de este convento en alguna cuestión burocrática. Cuando le pareció, pidió a la madre Marcela, superiora e hija de Lope, que llegado el momento le enterrasen en la iglesia del monasterio, honor -porque de un honor se trató- que le fue concedido. Y unos meses después de publicada la segunda parte del «Quijote», con 69 largos y duros años de existencia, el veintidós de abril de 1616, Miguel deja de penar y al día siguiente es enterrado amortajado con el hábito franciscano y con el rostro a la vista; su viuda encarga que sean oficiadas diez misas por su eterno descanso. Casi veinte años después, la comitiva mortuoria de Lope es desviada por aquí para que su hija -el convento es de clausura- vea pasar el ataúd de su progenitor.

Continúo mi periplo por el barrio de las Letras. ¡Qué hermosas son las piezas cerámicas que anuncian el nombre de las vías! Avanzo por la calle de Lope de Vega hasta finalizar la manzana y giro a mano derecha por la costanilla de las Trinitarias, sigo otra manzana por la calle de las Huertas, desemboco en la costanilla de los Desamparados y salgo a la calle de Atocha. En la confluencia de la derecha se encuentra la iglesia del Santísimo Cristo de la Fe y, al lado, funcionaba la imprenta en que vio la luz la edición príncipe de la primera parte del «Quijote». Leo con atención la inscripción que muestra la placa recordatoria del hecho y tomo fotografías, cuando caigo en la cuenta de que me observa un caballero.

-¿De dónde viene? -me pregunta.
-¿Que de dónde vengo?
-Sí, ¿de qué parte viene a visitar Madrid?

Debo de parecer turista. Mi preguntador es madrileño, vive en la costanilla que acabo de dejar, es un curioso de la historia y especialmente de la capital y no deja de sorprenderme.

-La placa que está viendo es de yeso.
-¿De yeso?
-¡Como lo oye! Entonces igual que ahora, no había un duro, la hicieron de yeso, la pintaron para que pareciera de bronce y ahí está.
-En esto de dar gato por liebre, somos únicos. Es el mismo caso de los leones del Congreso, que, hasta llegar a ser de bronce como hoy los conocemos, vivieron muchos años en su emplazamiento siendo también de yeso.

Placa recordando que aquí se publicó la segunda parte del «Quijote». / Manuel Ríos

¡Desde luego que no carecemos de imaginación! Nos despedimos y paso a visitar la iglesia, pequeña pero atractiva. A la entrada, unas fotografías muestran el estado de ruina, de auténtica devastación en que la dejó la Guerra Civil, y hoy felizmente recuperada.

Atravieso la calle de Atocha y, casi enfrente, accedo a la calle de San Eugenio; a su inicio, en la acera de la izquierda, una placa de mármol recuerda que en este solar estuvo situada la imprenta en que vio la luz la segunda parte del «Quijote».

Me preguntaba en la calle de Preciados si alguna de las personas con que me cruzaba podría ser un caballero andante, al menos, en potencia. Aun aceptando que los milagros existen... Don Lorenzo, el hijo del caballero del Verde Gabán, duda de que hayan existido o existan caballeros andantes tras escuchar de labios de Don Quijote en qué consiste la Ciencia de la Caballería Andante:

Es una ciencia que encierra en sí todas o las más ciencias del mundo, a causa que el que la profesa ha de ser jurisperito, y saber las leyes de la justicia distributiva y comutativa, para dar a cada uno lo que es suyo y lo que le conviene; ha de ser teólogo, para saber dar razón de la cristiana ley que profesa, clara y distintamente, adondequiera que le fuere pedido; ha de ser médico, y principalmente herbolario, para conocer en mitad de los despoblados y desiertos las yerbas que tienen virtud de sanar heridas, que no ha de andar el caballero andante a cada triquete [a cada paso] buscando quien se las cure; ha de ser astrólogo, para conocer por las estrellas cuántas horas han pasado de la noche y en qué parte y en qué clima del mundo se halla; ha de saber las matemáticas, porque a cada paso se le ofrecerá tener necesidad dellas; y dejando aparte que ha de estar adornado de todas las virtudes teologales y cardinales, decendiendo a otras menudencias, digo que ha de saber nadar como dicen que nadaba el peje Nicolás o Nicolao [ser fantástico que habitaba indistintamente en el agua y en la tierra, cruzando a menudo de Sicilia a Italia]; ha de saber herrar un caballo y aderezar la silla y el freno; y volviendo a lo de arriba, ha de guardar la fe a Dios y a su dama; ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos y, finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida defenderla. De todas estas grandes y mínimas partes se compone un buen caballero andante; porque vea vuesa merced, señor Don Lorenzo, si es ciencia mocosa lo que aprende el caballero que la estudia y la profesa, y si se puede igualar a las más estiradas que en los ginasios y escuelas se enseñan (II, XVIII).

Luego, caballero andante, verbigracia Don Quijote de la Mancha, no ha existido ni existirá nada más que uno porque Miguel de Cervantes rompió el molde.

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© de texto e imágenes, Manuel Ríos.

Twitter: @boiro10 / Email: porlacastilladedonquijote [arroba] gmail.com