Ocio y Cultura
Carlos Fortea.

El descubrimiento de un cadáver desata una investigación policial que acaba adentrándose en una intrigante trama sobre la amistad, el amor y el papel del arte en el mundo actual, así como los privilegios, el poder y la corrupción. Pronto, los interrogantes se multiplican y todos desembocan en una pregunta: ¿quién es la enigmática mujer que aparece retratada en la casa del hombre asesinado? Narrado en dos épocas —el comienzo de los noventa y el 2012, a modo de ascenso y caída—, El mal y el tiempo, nuevo libro del autor de Los jugadores, es una oscura novela policiaca que refleja veinte años de la sociedad española y en la que pesan más los silencios que las respuestas.

Carlos Fortea nació en Madrid en 1963. Además de escritor, es profesor de las universidades de Salamanca y Complutense de Madrid y traductor literario con una labor de más de cien títulos, entre los que se cuentan obras de Thomas Bernhard, Günter Grass, Stefan Zweig, Alfred Döblin, E.T.A. Hoffmann y Eduard von Keyserling. Es autor de las novelas juveniles Impresión bajo sospecha (Anaya, 2009), El diablo en Madrid (Anaya, 2012), El comendador de las sombras (Edebé, 2013) y A tumba abierta (Loqueleo Santillana, 2016). Los jugadores (Nocturna, 2015), finalista del Premio Espartaco de la Semana Negra de Gijón, es su primera novela para adultos, trayectoria que continúa en El mal y el tiempo (Nocturna, 2017).

En El mal y el tiempo vuelves a utilizar el envoltorio de una novela policiaca para que la narración avance. ¿Qué tiene para ti de especial este género?

Me gusta la expresión «el envoltorio» porque esa es mi intención, más que escribir una novela policiaca propiamente dicha. El género me parece el mejor de los vehículos para narrar, investigar y quizás explicar una sociedad como la nuestra, una sociedad de delincuentes impunes en la que la figura del investigador es a veces una especie de aspiración al reequilibrio, un soterrado deseo de justicia.

Al igual que en Los jugadores o en otras novelas juveniles tuyas, se utiliza el pasado como espejo para explicar el presente.

Es que el pasado siempre explica el presente. A veces porque en él están las raíces de lo que ocurre y a veces porque hemos olvidado que las cosas han ocurrido ya, que no hemos inventado la rueda. Hay mucha gente hoy día inventando la rueda porque no sabe nada del pasado. Más modestamente, el pasado de las personas también es la raíz de su presente. En lo que hicieron —y en lo que no hicieron— está la raíz de lo que harán.

El mal y el tiempo transcurre en los años 90 y en el 2012. Digamos que son fechas claves en la andadura reciente de nuestro país: en los 90 se empezó a gestar la crisis económica que estallaría en 2012. Supongo que la elección de este marco cronológico no es arbitraria.

No, no lo es..., aunque tampoco sea por completo consciente. Los personajes de la novela viven en un presente y en un pasado que es también mi presente y mi pasado. Los 90 son los años del fin definitivo de la ilusión transformadora y los primeros del gran pelotazo; 2012 es la playa llena de restos de naufragio a la que hemos terminado arribando. Algunos ya se aprestan a construir nuevos barcos hacia la nada; creo que sobre eso también reflexiona esta novela. Pero no es una historia sobre el pasado, es una historia sobre el presente. Menos de un tercio de la acción transcurre en los 90, el resto es el hoy.

Como tampoco es arbitrario el capítulo en el que los tres amigos viajan a Alemania durante la caída del Muro de Berlín en una metáfora del futuro al que se enfrentan.

La caída del Muro de Berlín fue para mucha gente el momento de máxima esperanza y el momento de máxima decepción. Cuando el mundo esperaba por fin el advenimiento de la libertad, se encontró con que venía acompañada del triunfo salvaje del capitalismo más bárbaro y más inhumano. Lo que para muchos de nosotros fue la llegada de la libertad, para otros fue la mera caída de un obstáculo a la codicia. Hubo mucha gentuza que le perdió el miedo a la explotación y al latrocinio, y los esperanzados nos convertimos en inocentes.

A través de esa caída del obstáculo a la codicia, de la pérdida de los ideales, vemos cómo Arturo y Mario, ya metidos en la política, se van corrompiendo. Podríamos decir que se trata de una novela sobre la corrupción, aunque el concepto sea muy amplio.

Sí y no. Esta no es una novela sobre la corrupción en el sentido que le damos de forma habitual. Hay personajes que tienen muy claro cuáles son sus valores y que antes de perderlos prefieren marcharse del escenario, y otros que están dispuestos a someterse a la adaptación continua, siempre abiertos a «nuevas amistades» con tal de flotar sobre la marea. Existen muchas maneras de venderse, no todas son por dinero. La peor corrupción es la moral, el momento en que alguien cruza la línea que separa un código respetable del todo vale. Y esto ocurre en política, en economía, en las relaciones personales.

Esta es una novela de personajes. ¿Crees que todos tienen el mismo peso?

No, creo que es indudable que el personaje de Silvia Corsano es, por así decir, el que reúne en su mano todos los hilos del tejido. Creo que ella es el centro del enigma de la novela y el personaje que le da sentido. Una joven de finales de la movida, artista, combativa, que se ve atrapada en una situación que no voy a adelantar aquí, pero que es el núcleo del relato. En torno a ella giran muchas cosas.

¿Y Landa, el policía? Sostiene por sí solo una de las tramas.

Tengo mucha simpatía por ese personaje, porque es un policía peculiar: un hombre que tiene como afición el arte, cuyas amistades están en unos círculos que quizá no sean los más previsibles. Es precisamente su sensibilidad artística la primera que hace que la investigación siga unos derroteros determinados, y de alguna manera aporta temas a la novela. Lo pasé muy bien conviviendo con él.

Dice Javier Marías que el mejor aprendizaje para un novelista es la traducción literaria. Tú tienes una amplísima carrera como traductor del alemán (Zweig, Keyserling, Roth, Mann, Döblin, Grass, etc.). ¿Estás de acuerdo con esta idea?

Sin duda. La traducción es la escuela de la exactitud y el taller en el que uno aprende a tensar el lenguaje. Y en el que recibe las mejores lecciones, no sólo de los grandes, sino de los pequeños: aprendes a saber con exactitud lo que querrías hacer y lo que de ninguna manera harías. A partir de ahí desarrollas tu estilo y estás solo..., que es como nunca está un traductor. Cuando traduces, te sientes respaldado. Cuando escribes, huérfano.