Ocio y Cultura
El Bombero Torero. TR

Como este 2 de septiembre de 2017 Francisco Rivera Ordóñez en la Goyesca de la pétrea plaza de Ronda de sus mayores y de los villalonescos toreros machos, el próximo día 15, en Almodóvar del Campo (Ciudad Real), se retira el clásico espectáculo («cómico-taurino-musical» le llamaban) del Bombero Torero y sus velazqueños enanitos.

Ya ni a los niños los dejan entrar a los toros, ni las grandes ferias terminan con el espectáculo del Bombero y sus enanitos, ni está para bollos el horno del toreo bufo, entre la protección a los menores y a los animales y la prohibicionista persecución legal a la Fiesta Nacional.

Toreo bufo al que tanto le debe el llamado serio, empezando por la chicuelina, que cuentan que Manuel Jiménez, su creador, se la vio no sé si a Rafael Dutrús «Llapisera» o a Carmelo Tusquellas, el que iba disfrazado de Charlot para hacer gracias a los chiquillos delante de un eral, y por eso a este espectáculo tan hispánicamente valleinclanesco se le llamó «charlotada».

Que me perdonen las figuras que encabezan el escalafón de la temporada, pero cuando veo las suertes del toreo que hoy tienen mayor éxito de solaneras y abren las puertas grandes de los pueblos, que si el péndulo, que si el par al violín, que si el «tres en uno», yo me acuerdo de lo mucho que la Tauromaquia le debe al toreo bufo, siempre sobrado de técnica.

En cuya «parte seria del espectáculo» empezaron a curtirse como toreros, por esos pueblos de polvareda, muchos que luego fueron grandes figuras, como Espartaco, que se hartó de hacer las Américas con los enanitos; o como Ortega Cano, Emilio Muñoz, Dámaso González o el propio Antoñete y, más recientemente, el homónimo hijo de mi querido compañero Ángel Gómez Escorial.

El último Bombero Torero me dicen que era nieto del fundador de la dinastía, de Pablo de Celis Cuevas (Santander,1900-Valencia, 1969) un tramoyista del Price al que se le ocurrió en 1948 disfrazarse de bombero y sacar a torear a los enanos nada crecidos del circo, con el famoso Eduardini a la cabeza.

Sólo mi leído y admirado Andrés Amorós, que sabe tanto de las Españas de los espectáculos populares, derramará quizá una lágrima literaria por el Bombero Torero.

Yo, ni eso. Yo hago el péndulo y le pego la chicuelina a la retirada del Bombero Torero, y digo que, al igual que el «siempre nos quedará París» de «Casablanca», aunque se vayan los descendientes de Celis siempre nos quedará la charlotada, la trágica charlotada separatista de Puigdemont y de la Generalidad de Cataluña (con eñe de la España a la que pertenece).

Con la particularidad de que este Bombero Torero del mocho de fregona en la cabeza es al mismo tiempo pirómano: su suerte más celebrada es apagar por medio del referéndum de la Señorita Pepis el fuego del separatismo al que él y sus predecesores le metieron mecha hace mucho tiempo.

Trágica, si no sangrienta, es la charlotada en sesión continua de Cataluña, que no le echa cuenta a las alarmas de la CIA porque, total, ¿qué sabe la CIA de la Rambla de las Flores? ¿«Parla catalá» acaso?

¿Se imaginan la que a esta hora le tendrían liada los del «pásalo» a un ministro del Interior del Gobierno central que hubiera desoído las alarmas de la CIA?

¿Dónde están ahora los que callan y no dicen que «los catalanes no se merecen un gobierno que les mienta»?

Pues están entretenidísimos con la charlotada del bombero pirómano del macho de fregona en la cabeza, que divierte al personal con el número de la desconexión y la transitoriedad, la elección de los jueces a dedo entre los adictos a su régimen, la negativa a pagar la deuda con Madrid y otros números de la cabra que serían, eso, de risa, si no encerraran nada menos que la tragedia de la Unidad de España.

En la que, por no salir del toreo bufo ni que falte nada en mi metáfora de la charlotada, hasta hay quien hace muchos años que está haciendo el Don Tancredo. Y no quiero citar nombres. No hace falta.