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En cuatro años, el número de visitantes extranjeros que llegan a España se ha disparado de 57 millones a 75 millones.

Sopbre el papel, las playas, la gastronomía y el buen tiempo son factores que nos convierten en el destino soñado para medio mundo.

Sin embargo, términos como "masificación", "turismofobia", "alquiler ilegal" y "empleo precario" se asocian cada vez más con el sector, máxime tras la proliferación de plataformas digitales de alquiler, alojamiento y transporte.

Como explica Jaime Llinares Taboada este 16 de julio de 2017 en 'El Economista', ningún análisis sobre el momento que vive esta industria, locomotora de la recuperación económica y de la creación de empleo, puede obviar el siguiente dato: en cuatro años, el número de visitantes extranjeros que entran en nuestras fronteras se ha disparado de 57 millones a 75 millones.

 En 2016, el crecimiento anual fue del 10 por ciento. Además, en cinco de las seis principales autonomías de destino, el incremento fue superior a la media de España. Es decir, los nuevos turistas se concentran en los destinos tradicionales.

Esta auténtica explosión tiene dos explicaciones principales. La primera viene del lado de una demanda inflada por un contexto de inseguridad causada por situaciones que tienen que ver con el terrorismo en destinos competidores como Turquía, Túnez o Egipto, pero también en ciudades europeas como Londres, Bruselas, París o Niza.

La otra viene del lado de la oferta de alojamiento, que se ha multiplicado en los últimos años por la aparición súbita de plataformas digitales para el alquiler de viviendas. Según datos cocinados por el lobby hotelero Exceltur, en 2016 el número de plazas ofertadas en este tipo de portales online en las 22 principales ciudades turísticas ya superaba a las disponibles en alojamientos hoteleros tradicionales.

Estas plataformas se enmarcan en lo que se conoce como economía colaborativa. Según la escuela de negocios IEBS, este tipo de actividades surgen "gracias a la capacidad que tienen las tecnologías para organizar a los consumidores en su propio beneficio".

Una de las plataformas más punteras en España define así su forma de negocio: "El modelo de Airbnb es único; da el poder a las personas normales, apoya a las comunidades locales y está sujeto a impuestos locales". Este discurso es calificado de "buenista" por el vicepresidente de Exceltur, José Luis Zoreda, que pide que no se las considere "tablones de anuncios", sino "intermediarios que cobran y pagan" y que "deben tener responsabilidades".

Una señora con 700 pisos

Zoreda asegura que las plataformas, que tienen la ventaja de que no obligan a declarar el arrendamiento a Hacienda, alojan a "grupos de gestores profesionales y fondos de inversión que compraron grandes bloques de apartamentos tras el estallido de la burbuja inmobiliaria". "Hemos llegado a detectar a una señora con 700 pisos", afirma.

El colectivo Terraferida, una organización balear que aboga por limitar el turismo y preservar la esencia del archipiélago, hace una denuncia similar. Según sus datos, en Baleares, el 61 por ciento de los comercializadores de Airbnb alquila más de un alojamiento y el 30 por ciento, más de cinco. Sin embargo, la plataforma asegura que solo el 4 por ciento de los propietarios tiene más de media decena de anuncios.

"Tourists go home"

"Turistas, váyanse a casa". Esta frase era impensable hasta hace poco. El turismo siempre ha sido visto como algo positivo por la sociedad española, pero la avalancha de visitantes ha roto ese consenso en zonas masificadas y mayormente urbanas, donde turistas y residentes se ven obligados a convivir.

Además de con la masificación de espacios y servicios públicos, la turismofobia está relacionada con la gentrificación, es decir, la expulsión de residentes locales causada por el aumento de los precios del alquiler de viviendas en zonas de moda. Ante esta acusación, Airbnb se defiende y dice que siempre están dispuestos a colaborar con los gobiernos locales para "ayudar a garantizar que el home sharing crece de manera responsable y sostenible". "En Barcelona hemos implantado la medida Un anfitrión, un hogar. Airbnb ha eliminado más de 1.000 anuncios que podrían afectar a la disponibilidad de vivienda a largo plazo", explican.

Sin embargo, la contestación social ya ha aparecido en Islas Baleares y Barcelona, y podría hacerlo en ciudades como Madrid, Valencia, Sevilla o Málaga. "En diez años se ha doblado el número de turistas que recibimos, pero los salarios no suben. Para nosotros, cuanto más no es mejor", resume Jaume Adrover, portavoz de Terraferida.

Los partidos de izquierda son los más sensibles a este fenómeno. En Barcelona, Ada Colau impuso una moratoria que impedía licitar nuevos alojamientos turísticos en las zonas más masificadas de la ciudad, algo que ha paralizado proyectos de construcción de grandes hoteles, ante el enfado del sector.

Exceltur pide que se diferencie el origen del problema para que no "se estigmatice toda la cadena de valor", y relaciona de forma directa la turismofobia con el alquiler turístico. En un informe reciente publican que, de media, el gasto diario en destino de los visitantes que se alojan en hoteles es un 71 por ciento superior que el de los usuarios del alquiler turístico. Zoreda argumenta que, si el aumento en el número de visitantes estuviese dominado por un perfil de turista que crea empleo y causa un beneficio económico a la sociedad local, "los residentes serían más comprensivos con la saturación".

"Nosotros no hablamos de prohibir, sino de regular. Con toda la demanda que hay, las hoteleras ni siquiera notan esta competencia desleal. Quien sí lo nota es la sociedad local. La turismofobia es algo virulento y pernicioso para el sector. Si el turista se siente rechazado, el efecto boca a boca en el país de origen va a ser incómodo para España", advierte el vicepresidente de Exceltur.