Hans Küng Teólogo e historiador de las religiones

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"Fanáticos los hay en todas las religiones"

RD, Domingo, 25 de junio 2006

El teólogo Hans Küng (Sursee, Suiza, 1928), uno de los grandes pensadores contemporáneos, presenta esta semana en España la tercera parte de su biografía sobre las religiones abrahámicas. Se titula El islam. Historia, presente, futuro. Con este volumen de 850 páginas, editado por Trotta, el pensador suizo, colega y amigo durante años del papa Ratzinger en la universidad alemana de Tubinga, concluye su imponente proyecto sobre La situación religiosa de nuestra época. Lo entrevista Juan G. Bedoya en El Pais.

Pese a haber convivido con el islam durante nueve siglos, España no escapa a los prejuicios y falsedades que ahogan hoy la incultura occidental, hasta prevalecer en el imaginario popular la terrible idea de que la religión del profeta Mahoma -1.200 millones de seguidores en todos los continentes, ¡y con tendencia al alza!- es el enemigo del momento. Choque de civilizaciones, guerra de religiones... Hans Küng, uno de los grandes pensadores contemporáneos, esgrime tres conceptos para espantar esos fantasmas, tan interesada y fructíferamente esgrimidos por el imperio dominante.

Primero, el conocimiento: "Sería equivocado desacreditar el islam calificándolo de religión de espada y fuego, y no ver su sustancia religiosa, una gran religión ética". Segundo, la comparación: "En el islam, religión de paz, hay fanáticos, pero también los hay en el judaísmo y en el cristianismo, por todas partes...". Hans Küng reitera sus famosas tres frases programáticas, que abrieron también la biografía de las otras dos religiones abrahámicas: "No habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones. No habrá paz entre las religiones sin diálogo entre las religiones. No habrá diálogo entre las religiones si no se investigan los fundamentos de las religiones".

Pregunta. Concluye usted la historia de 14 siglos de islamismo, y antes hizo la historia de 30 siglos de judaísmo y de 20 siglos de cristianismo. ¿Se atreve a dar consejos a estas tres religiones?

Respuesta. Mi trilogía muestra que las tres han atravesado por cambios trascendentales, que han desarrollado distintos paradigmas o constelaciones. El verdadero problema estriba hoy en su relación conflictiva con su paradigma medieval, que sigue existiendo paralelamente al de la modernidad. Esto es origen de grandes tensiones. El consejo que les daría es que, en la actual transición hacia una época posterior a la modernidad -en la que la religión puede volver a desempeñar un papel constructivo-, cada una debe concentrarse en lo que es su sustancia, que ha de conservarse a toda costa, discriminando de esa sustancia lo que pertenece al paradigma histórico.

P. Imagino en usted a Natan, el famoso personaje de Lessing. Como él, ¿tampoco usted sabría con cuál de los tres anillos quedarse?

R. Soy un admirador de Lessing. Su última gran obra, Natán el sabio, nos presenta al final una visión de paz: la utopía político-religiosa de un futuro mejor, reflejada simbólicamente en el desenlace de la pieza, en la fiesta del hermanamiento de los hombres que profesan distinta fe. Tenemos ya entonces la visión, que vuelve a inspirarnos hoy, de una paz entre las religiones como presupuesto de la paz en la humanidad en general. Pero la solución de los tres anillos, que representa una parábola dentro de la obra, merece hoy ser pensada de nuevo. Por eso distingo siempre entre la perspectiva externa y la perspectiva interna de las religiones. Si estoy sentado a la misma mesa con judíos y musulmanes, tengo que partir de que cada una de las tres religiones es para los hombres una religión verdadera. Esto tengo que aceptarlo también como cristiano.

P. Pero usted es cristiano, católico. Cuando uno escoge, está valorando, calificando, excluyendo.

R. Si se adopta la perspectiva interna, está claro que cada uno de los representantes de estas religiones tiene, al igual que yo, su propia convicción de fe, una convicción que bajo ningún concepto querría sacrificar simplemente por mor de la paz. Para mí, como cristiano, Jesucristo significa "el camino, la verdad y la vida". Pero al mismo tiempo reconozco que "el camino, la verdad y la vida" son, para el judío, la Torá, y para el musulmán, el Corán. De esta manera es posible una convivencia basada en el mutuo respeto.

P. El islam está hoy demonizado. ¿Es todavía un problema de ignorancia (prolongación de la famosa edad de la ignorancia), como en tiempos del de Aquino o Voltaire, o son celos y recelos de poder entre religiones y civilizaciones?

R. El islam y el cristianismo, ciertamente, tienen una larga historia de conflictos que muestro en mi libro de forma muy concreta. Los cristianos piensan casi siempre sólo en las guerras de conquista emprendidas por los musulmanes, que los llevaron hasta España y a las puertas de Viena. Los musulmanes, por su parte, piensan sobre todo en las cruzadas y en el colonialismo y el imperialismo de Occidente, que sometió en la práctica todo el ámbito musulmán, desde el Atlántico hasta Indonesia, a su control político, económico y militar. Por este motivo, la desconfianza y el recelo están muy extendidos en ambos lados. Pero pueden superarse por medio de la ilustración y, sobre todo, de una política mejor.

P. Antes, los poderosos cometían actos injustos y pillajes (ahora Guantánamo o Irak) porque había un fantasma que amenazaba el mundo, el comunismo. ¿El fantasma que recorre el mundo es ahora el islamismo?

R. Existían de hecho relaciones bastante buenas entre los países occidentales y los países islámicos. Pero se han visto progresivamente envenenadas, por un lado, por el problema del Estado palestino, aplazado desde hace décadas, y por otro, por las nuevas guerras ofensivas, sobre todo de Estados Unidos en Afganistán y en Irak. Mi libro debe contribuir a dibujar una imagen realista del islam, situada entre su imagen hostil y su imagen ideal, ambas unilaterales. Esto exige de ambas partes la autocrítica, y el esfuerzo por entender las religiones desde su interior. La imagen hostil del islam es sin duda propagada por los neoconservadores americanos. Mucho antes del 11 de septiembre ya forjaban planes para controlar mediante una guerra las fuentes de petróleo en Irak, para establecer la hegemonía de EE UU en Oriente Próximo y, con ella, la seguridad de Israel a costa de los palestinos. Lentamente, la mayoría de los americanos se da cuenta de que, a causa de esta política, su credibilidad ha descendido hasta un mínimo, incluso entre sus aliados, y muy especialmente en el caso de España. Mi ideal es el Estados Unidos posterior a la II Guerra Mundial, que reunió millones para reconstruir Europa y ayudarse también a sí mismo.

P. Su proclamación de que no habrá paz entre las naciones sin diálogo entre las religiones es más vigente que nunca. Otro punto se refiere al conocimiento. ¿No viven las religiones cada día más aisladas, más ensimismadas?

R. Hay en algunas regiones conflictos que han separado a religiones que convivían sin problemas; piense, por ejemplo, en Sarajevo. Pero hoy ya no es posible para ninguna religión permanecer aislada. Las posibilidades de desplazamiento, la emigración y sobre todo, claro está, los medios de transporte que alcanzan a todo el planeta posibilitan que personas de distintas religiones puedan encontrarse en casi cualquier parte. Tanto más necesario se hace entonces que este encuentro esté basado en un sólido y adecuado conocimiento mutuo, y que los medios de comunicación informen con objetividad sobre las religiones y no de manera tendenciosa, como por desgracia sucede a menudo en los medios occidentales, en especial por lo que respecta al islam (y antes en relación con los judíos).

P. La guerra de Irak y la ética mundial. El descarado dominio de la mentira, tal como dibujó Orwell. ¿Cabía imaginar que el siglo XXI empezase de tan desastrosa manera?

R. No. La política de la segunda Administración de Bush es un caso de recaída en el antiguo paradigma de las relaciones internacionales, que trajo a los pueblos europeos en la era moderna tanto padecimiento y, finalmente, dos guerras mundiales. Después de la II Guerra Mundial fue precisamente Estados Unidos el que contribuyó a la instauración de un nuevo paradigma de las relaciones internacionales en Europa y en todo el ámbito de la OCDE: la fundación de Naciones Unidas, la Declaración de los Derechos Humanos, los Acuerdos de Bretton Woods para ordenar la economía mundial, el plan Marshall, y tantas otras iniciativas que abrieron el camino. Para nosotros, europeos, ha sido especialmente importante el desarrollo de la Unión Europea, que, a pesar de todas sus debilidades, representa para el resto del mundo un modelo de cómo Estados que en el pasado eran enemigos acérrimos pueden cooperar en el presente.

P. Se critica mucho la situación de la mujer en el islam. Pero la Iglesia católica no se comporta de manera muy distinta, el caso de san Agustín, por ejemplo. ¿Acaso tienen las religiones esa falla en su origen?

R. Todas las religiones, y las culturas en general, tienen que vérselas con el duradero patriarcalismo de su historia. Tampoco en España hace falta ser necesariamente un católico creyente para ejercer de macho. En cuanto católicos, tenemos desde luego pocos motivos para criticar unilateralmente al islam. Pues precisamente la Iglesia católica tiene problemas con el papel de la mujer, y en concreto con la anticoncepción, con las extremas posiciones que adopta en la cuestión del aborto y con la exclusión de la mujer de los cargos eclesiales más altos. Naturalmente que el islam tiene mayores problemas, en la medida en que ni ha pasado por el cambio de paradigma de una Reforma religiosa, ni ha podido cumplir por entero el segundo cambio de paradigma producido en Europa por la Ilustración y la modernidad. Muchos países islámicos se encuentran en el estado de los países católicos antes del concilio Vaticano II.

P. Dos fundadores: Cristo y Mahoma. ¿Se parecen en algo?

R. Esta pregunta no se deja contestar en pocas palabras. Hay diferencias que son evidentes: Jesús fue un predicador itinerante que anunciaba la no violencia y el amor al enemigo; no estuvo expuesto a ninguna responsabilidad política, a diferencia de Mahoma. Éste, por el contrario, tuvo que ser a un tiempo hombre de Estado y general; no retrocedía ante el enfrentamiento armado. Cualquier comparación que no tenga esto en cuenta peca fácilmente de injusta. Más importante es apreciar los logros religiosos de Mahoma. Pues no sólo unificó la Arabia de las tribus y de los clanes, sino que elevó a los árabes a un nivel religioso comparable al de los grandes reinos vecinos. Es indiscutible que a través del Corán el Profeta prestó a innumerables seres humanos de su siglo y de los siglos posteriores una infinita inspiración, infinitos coraje y fuerza para un nuevo inicio religioso. Pero probablemente la diferencia más acusada sea la de la muerte de uno y otro: el Profeta muere como hombre de Estado y general exitoso en brazos de la preferida de sus mujeres; Jesús de Nazaret, abandonado por Dios y los hombres en la cruz. Esto último es tan grave que los musulmanes apenas pueden dar crédito. Es en la cruz donde la fe cristiana reconoce -a la luz naturalmente de la resurrección- lo más profundo del mensaje cristiano.

P. Terminada esta trilogía sobre las religiones abrahámicas, ¿para cuándo la esperada segunda parte de sus memorias?

R. Cada minuto que tengo libre se lo dedico al segundo volumen de mis memorias y, de hecho, ya lo tengo concebido en su conjunto. Debería hacer menos viajes, como éste de ahora a Madrid y Santander. Pero pongo todo mi empeño en que el libro pueda llegar a ser presentado en otoño de 2007, en la Feria del Libro de Francfort.

P. El papa Ratzinger se preguntó en su reciente viaje a Polonia dónde estaba Dios cuando el Holocausto, cuando Auschwitz. ¿Qué le pareció esa actitud?

R. En mi libro El judaísmo dediqué un extenso capítulo al complejo aspecto teológico de la cuestión del Holocausto. No era fácil, para un Papa alemán que en su juventud vivió la experiencia de la dictadura nacionalsocialista, esta decisión de ir a Auschwitz. Algunos esperaban que con esa ocasión el Papa hiciese un dramático reconocimiento de las culpas de la Iglesia católica y, sobre todo, que hablase del ostensible fracaso de Pío XII en tiempos del nazismo. Pero también podría defenderse la idea de que, precisamente en este lugar del horror, más que las grandes declaraciones, lo ajustado era el rezo silencioso, pronunciar pocas palabras y conversar con algunos de los supervivientes. Aprecio en este Papa el hecho de que no aproveche cualquier ocasión para presentarse de forma espectacular.



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