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El que rompe, paga

La Vanguardia, Martes, 4 de enero 2005

Al parecer, Pottery Barn tiene una norma que dice: "Si usted rompe un objeto, lo paga". En abril del 2004, Leigh Oshirak, director de relaciones públicas de la firma, dijo al periódico The St. Petersburg Times: "En las raras instancias en que algo se rompe en el negocio, se lo considera una pérdida". Aun así, las inexistentes normas de un negocio que vende toda clase de objetos para el hogar continúa teniendo más influencia en EE.UU. que la convención de Ginebra y las leyes de guerra del ejército.

Tal como señaló Bob Woodward, periodista de The Washington Post,en su libro Plan of attack (Simon and Schuster, 2004), el secretario de Estado Colin Powell invocó la norma Pottery Barn antes de la invasión, en tanto el candidato presidencial demócrata John Kerry prometió su acato a esa regla durante el primer debate con George W. Bush. Y la ficticia norma es todavía el instrumento favorito con el cual se golpea a cualquiera que sugiere retirar las tropas de Iraq. Por cierto, la guerra es un desastre, muchos arguyen. Pero no podemos cesar ahora. El que rompe, paga.

Comencemos con la peregrina idea de que EE.UU. está ayudando a proporcionar seguridad. Lo que ocurre es exactamente lo contrario: la presencia de soldados estadounidenses está provocando violencia de manera cotidiana. Mientras los soldados norteamericanos permanezcan en Iraq, todo el aparato de seguridad del país, tanto las fuerzas de ocupación como los soldados y policías iraquíes, tendrán que dedicarse exclusivamente a rechazar ataques de la resistencia. Y eso dejará un vacío de seguridad cuando se trate de proteger a los ciudadanos iraquíes. Si los soldados norteamericanos se van de Iraq, los iraquíes podrían enfrentar una situación de inseguridad, pero al menos estarán en condiciones de dedicar sus recursos locales a recuperar el control de sus ciudades y urbanizaciones.

Cuando el periodista Kristof escribe en The New York Times que las tropas norteamericanas deben permanecer en Iraq para salvar a cientos de miles de niños del hambre, es difícil imaginar qué pasa por su cabeza. El hambre en Iraq es el directo resultado de la decisión de Estados Unidos de imponer una brutal terapia de choque en un país que ya había sido debilitado por trece años de sanciones.

El primer acto de L. Paul Bremer, ex administrador de la ahora desaparecida Autoridad Provisional de la Coalición, fue despedir a cerca de 500.000 iraquíes, y su principal logro -por el cual recibió en fecha reciente la medalla presidencial a la libertad- fue supervisar un proceso de reconstrucción que robó empleos a los iraquíes de manera sistemática y se los entregó a firmas extranjeras, elevando la tasa de desempleo a cerca del 50%.

Y los peores shocks están aún por venir. El 21 de noviembre, el grupo de 19 países industrializados conocido como el Club de París finalmente reveló su plan para reducir la impagable deuda externa de Iraq en casi 39.000 millones de dólares. En lugar de cancelarla de inmediato, el Club de París diseñó un plan trienal para eliminar un 80% de la deuda. Pero eso depende de que los futuros gobiernos de Iraq acaten el programa del Fondo Monetario Internacional. Según los primeros borradores del plan, el programa incluye "reestructurar las empresas estatales". Eso significa privatizar, un plan que, según ha pronosticado el Ministerio de Industria de Iraq, obligará a echar a otros 145.000 trabajadores.

En nombre de unas reformas de mercado,el FMI también desea eliminar el programa que proporciona a cada familia iraquí una canasta de alimentos, la única barrera para impedir la hambruna de millones de ciudadanos. Existe también una presión adicional para eliminar las raciones de alimentos provenientes de la Organización Mundial de Comercio, que, a solicitud de Washington, está analizando la aceptación de Iraq como miembro. Siempre y cuando acepte ciertas reformas.

Que quede bien claro: EE.UU., tras haber roto Iraq, no está en el proceso de arreglarlo. Lo que hace es continuar rompiendo el país por otros medios, usando no sólo cazas F-16 y tanques Bradley, sino también las armas de la OMC y el FMI, así como unas elecciones diseñadas para transferir a los iraquíes el menor poder posible.

Pero si permanecer en Iraq no es la solución, tampoco lo es retirar las tropas y gastar el dinero en escuelas y en hospitales de EE.UU. Sí, las tropas deben abandonar Iraq, pero ésa es sólo una tabla de una moralizadora plataforma pacifista. ¿Qué ocurre con las escuelas y hospitales en Iraq, que debían reconstruirse y en general no se ha hecho? Con mucha frecuencia los sectores pacifistas se han negado a comentar lo que EE.UU. adeuda a Iraq. En escasas ocasiones se menciona la palabra compensación, o la más cargada de significado reparación.

Las fuerzas pacifistas tampoco han ofrecido un respaldo concreto a las demandas políticas que provienen de Iraq. Por ejemplo, cuando la Asamblea Nacional de Iraq criticó el acuerdo del Club de París por obligar al pueblo iraquí a pagar las odiosas deudas de Saddam y robarles su soberanía económica, el movimiento pacifista estuvo virtualmente silencioso, excepto el acosado Jubileo de Iraq. Y aunque los soldados iraquíes no están protegiendo a los iraquíes de la hambruna, las raciones de alimentos lo están haciendo. Por lo tanto, ¿por qué proteger ese programa tan necesario no se convierte en una de nuestras demandas centrales?

El fracaso en desarrollar una plataforma creíble más allá del saquen a los soldados podría ser una de las razones de que el movimiento pacifista permanezca estancado, aun cuando la oposición a la guerra se profundice. Pues los gobernantes de Pottery Barn tienen una justificación: romper un país tiene que traer consecuencias a quienes causaron la destrucción.

Poseer el país no debe ser una de esas reglas, pero sí pagar las reparaciones.

N. KLEIN es la autora de ´No Logo´.



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