Bitácora

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La crasa inverosimilitud de Hitler

Justo Serna, Domingo, 8 de mayo 2005
Jorge Luis Borges escribió mucho y escribió bien, incluso sobre Hitler se pronunció. También en eso tomó las decisiones adecuadas y supo hacer de su literatura una base de experimentación formal y moral. En una de las recopilaciones que se hicieron años después de morir, la que lleva por título Borges en “Sur” (1931-1980), podemos apreciar al escritor en estado puro: arbitrario, lúcido, erudito, formal, irónico y culto, sobre todo, culto; dotado de memoria y empeñado en la combinación de lo diferente a partir del recuerdo y de los parecidos de familia. De él podríamos decir lo que Borges le atribuía a Alfonso Reyes: su modo de leer arbitrario y fértil.

“No sé si recorrió tantos volúmenes como Saintsbury o Menéndez y Pelayo, pero no será inútil recordar una diferencia que escapa al cómputo de páginas o de líneas. El campo visual de los referidos maestros no excede, en cada caso particular, el área del sujeto que trata; la memoria de Alfonso Reyes, en cambio, era virtualmente infinita y le permitía el descubrimiento de secretas y remotas afinidades, como si todo lo escuchado o leído estuviera presente, en una suerte de mágica eternidad”. En las páginas de Borges en “Sur” se aprecia esa forma de leer que el argentino destacaba en el mexicano, pues se ve que es la propia, la que hizo suya el autor de Ficciones para ensanchar los géneros, para imaginar con audacia y para hacer relato de cualquier objeto.

El mejor ensayo, en efecto, es aquel que se basa en numerosas y heteróclitas lecturas, en lecturas en principio distintas e incluso incongruentes. El mejor ensayista es aquel que, después de ese acopio, posee y pone en práctica su portentosa memoria para así apreciar coherencias entre sus materiales, para hallar parentescos de significado allí donde parecía no haberlos. Esa memoria lectora encuentra dichas filiaciones y con ello surgen explicaciones nuevas acerca del mundo, formulaciones que ya no son ni pueden ser rutinarias, perezosas, aseveraciones que nacen de una cultura vasta y contradictoria que sirve para enjuiciar de manera insólita aspectos que han pasado inadvertidos.

En 1941, examinando la Guerra en marcha, Jorge Luis Borges señalaba de ésta una vertiente significativa. “La noción de un atroz complot de Alemania para conquista y oprimir todos los países del atlas, es (me apresuro a confesarlo) de una irreparable banalidad. Parece una invención de Maurice Leblanc, de Mr. Phillips Oppenheim o de Baldur von Schirach. Es notoriamente anacrónica: tiene el inconfundible sabor de 1914. Adolece de penuria imaginativa, de gigantismo, de crasa inverosimilitud. La circunstancia de que en esa fábula desdichada los alemanes cuentan con la complicidad lateral de los oblicuos japoneses y de los dóciles y pérfidos italianos la hace aún más ridícula... Desgraciadamente, la realidad carece de escrúpulos literarios. Se permite todas las libertades, incluso la de coincidir con Maurice Leblanc (...). No importa que seamos lectores de Russell, de Proust o de Henry James: estamos en el mundo rudimental del esclavo Esopo y del cacofónico Marinetti. Destino paradójico el nuestro. Le vrai peut quelque fois n’être pas vraisemblable; lo inverosímil, lo verdadero, lo indiscutible, es que los directores del Tercer Reich procuran el imperio universal, la conquista del orbe”.

En dicho juicio, Borges deplora y condena el nazismo, por supuesto, pero más interesante aún es el énfasis que pone en la crasa inverosimilitud de Hitler, la real, la espantosa trama que un dictador urde y que sería intolerable en una ficción seria. En una ficción, el complot de Hitler para adueñarse del mundo y para eliminar pueblos enteros no sería tolerable por su escasa probabilidad. Desconfiaríamos de aquel literato que ideara una narración con esos ingredientes, que se atreviera a elevar al poder a un casta vesánica dispuesta a hundirse en una orgía de catástrofe, deseosa de acabar sus días entre piras humeantes. Rechazaríamos un relato con personajes embebidos de arrogante poder, de arrebato criminal, de abrasada imaginación, de engreimiento pervertido. No le aceptaríamos esos payasos atroces intoxicados por una degeneración tan espiritual. La realidad, sin embargo, parece consentirse estas desdichas inverosimilitudes, añadía un Borges admirador de la tradición alemana.

“Yo abomino, precisamente, de Hitler porque no comparte mi fe en el pueblo alemán”, había dicho el argentino en 1939. “Porque juzga que para desquitarse de 1918, no hay otra pedagogía que la barbarie, ni mejor estímulo que los campos de concentración (...). Es posible que una derrota alemana sea la ruina de Alemania”, insistía en 1939. “Es indiscutible que su victoria sería la ruina y el envilecimiento del orbe”, dictaminaba. “Espero”, apostillaba en octubre de 1939, “que los años nos traerán la venturosa aniquilación de Adolf Hitler, hijo atroz de Versalles”, su más crasa inverosimilitud.


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