Alfredo Pérez Rubalcaba.
PS
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Tiran de demagogia con la lírica de la paz (con ETA) y la lírica de la igualdad (el niño repeinado y su chacha irredenta). Mas corren malos tiempos para la lírica. ETA ha dejado de apuntarnos a la nuca, pero no ha soltado el dedo del gatillo.
Eso sí, ha conseguido que todo el mundo se relaje, que se deje de hablar de atentados y bombas, y que enfermos con síndrome de Estocolmo como los columnistas de El País o los Madinas de la vida lleguen a albergar dudas sobre la existencia de ETA (¿hubo alguna vez 800 asesinatos?). Una táctica tan vieja como el diablo cuyo chollo es la invisibilidad: que nadie crea en él, así puede trabajar sin testigos.
Tampoco la fe en la escuela pública y la dialéctica amo-esclavo resulta demasiado convincente, desde el momento en que los propios socialistas mandan a sus hijos -¿repeinados?- a colegios alemanes y colleges british. Son conscientes de que el camino más corto para el fracaso escolar es el aula pública. ¡Si lo sabrán ellos!
Pero nadie les va a librar del hundimiento el 20-N: ETA no compensa la EPA.
Una paz que no va a servir para recuperar el puesto de trabajo y llegar a fin de mes. Y los vídeos de la lucha de clases ya no cuelan, aunque los filmara el mismísimo Spielberg.
La dialéctica ricos-pobres, la pugna liberales-socialdemócratas yace sepultada en los escombros de la Historia, no desde que cayó el Muro, sino -como apunta Horacio Vázquez-Rial- desde que se levantó, en 1961, cuando la izquierda real trataba de retener dentro de él a quienes huían del Gulag.
Puede que los ricos lo tengan chungo para llegar al reino de los cielos. Pero que no se hagan demasiadas ilusiones: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que el PSOE entre en el próximo Gobierno.