Pablo Iglesias, Tania Sánchez, Kichi, Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón.

laSexta

CARTA AL DIRECTOR

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La carga de los bolcheviques

¿Para cuándo un nuevo 2 de mayo en nuestra Patria, que conjure para siempre los 15-M y las Diadas de radikales e independentistas?

Laureano Benítez Grande-Caballero, 03 de noviembre de 2015 a las 09:04

Es un hecho demostrado que nuestras creencias deforman la percepción de la realidad, hasta el punto de que la vemos no como es, sino como nos interesa para demostrar la veracidad de nuestros principios.

Esta perturbación mental nos afecta a todos, pero sobre todo a grupos fuertemente ideologizados, como los radicales antisistema y los nacionalistas. La enfermedad mental de estos últimos se llama victimismo, y la que infecta a los radikales es la obsesión por ver fascismo en todo aquello que contraría sus intereses políticos.

Y la víctima preferida de sus «delirium tremens» es la Historia.

El pasado 18 de agosto, Íñigo «Potter» Errejón estuvo en el Museo del Prado y, por supuesto, hizo una lectura revolucionaria de algunos cuadros escogidos, como si sus autores también hubieran sido radikales antisistema.

Su víctima predilecta fue -comon o podía ser menos- el cuadro «La carga de los mamelucos», que Harry Errejón comentaba grotescamente diciendo que la obra de Goya «es un momento apasionante y emblemático, porque es un instante fundacional de la patria: con su rebelión provocarán un cambio político y social en la evolución de este país.

El protagonismo popular terminará por consumarse en la primera Constitución democrática no impuesta por los franceses, la de 1812. A veces, la Historia se precipita más rápida en tres semanas, que en tres décadas».
O sea, sabes, el cuadro no ilustra el levantamiento del 2-M, sino el movimiento antisistema del 15-M. Olé.

Eso se llama arrimar el ascua a su sardina. O sea, sabes, el cuadro de Goya, para «Potter» Errejón, podría ser también una plasmación del asalto al Palacio de Invierno por los bolcheviques, aunque no sucediera en mayo, y aunque el fondo del cuadro goyesco sea el Palacio Real.

Con un poco más de imaginación, Harry Íñigo podría haber visto ahí incluso la sublevación de Espartaco, la insurrección del acorazado «Potemkin», u otro mayo famoso, el francés del 68.

Sin embargo, no vayamos a creer que esta ridícula interpretación del 2-M de 1808 es original, porque su copyright hay que atribuírselo al mismísimo Pablo Iglesias, quien, durante su discurso en la Puerta del Sol el pasado 31 de enero, dijo que el 2-M «los de siempre, los de abajo, los humildes» se alzaron contra los invasores «frente a unos gobernantes que solo defendían sus privilegios» (sic).

Desconocemos si esta interpretación en clave roja del 2-M se debe a un supino desconocimiento de la historia de España, a una pervertida interpretación buscando fines partidistas, o a una mezcla de las dos cosas.

Pues todo hijo de vecino sabe que el pueblo madrileño se alzó contra los invasores franceses para defender a muerte la famosa trilogía de «Dios, Patria, y Rey», definidora del Antiguo Régimen, rechazando ferozmente con su acción subversiva la otra trilogía, la afrancesada de «Libertad, Igualdad, Fraternidad», que es la que le gusta a Pablo Iglesias y sus secuaces.

Y da verdadera grima y vergüenza ajena que Errejón Potter interprete que el objetivo del levantamiento era conseguir una constitución democrática, pues lo que defendían los madrileños levantiscos era justo lo contrario: el absolutismo del «Deseado», Fernando VII.
Tampoco la insurrección fue, como dijo el podemita, un «acto fundacional de la Patria», que estaba fundada y bien fundada sobre la trilogía ya mencionada. Lo que fracasó fue el intento de refundarla sobre los postulados de la Revolución Francesa.

Y como yo también tengo mi derecho a ver en el cuadro de Goya lo que me interesa, a interpretarlo con arreglo a mis creencias, principios e ideas, confieso que yo no veo en él a los mamelucos, ni a los mamertos, sino a una chusma invasora no francesa que nos ha llegado de las selvas venezolanas, de las gélidas planicies rusas, y de los altos de Montserrat, que pretende machacar a los madrileños -y, por extensión, a todos los españoles- dando machetazos con sus hoces y mandobles con su martillos, embutidos en sus vaqueros desteñidos, en sus camisas a cuadros, con sus barbuncias y sus greñas despendoladas, acompañada por una caterva formada por tropas de asalto con barretinas y uniformes estelados, que precisamente no reparten butifarras a los madrileños rebeldes.

La escena conformaría el cuadro -todavía sin pintar- que podría llamarse «La carga de los bolcheviques», en el cual los españoles -representados por los madrileños- se alzan valientemente contra radikales y separatistas en todas las Puertas del Sol de nuestra Patria, transmutados en héroes como Daoíz, Velarde, y Manuela Malasaña.

Esta interpretación armoniza más con la visión más autorizada, la del mismo Goya: «Siento ardientes deseos de perpetuar por medio del pincel las más notables y heroicas acciones o escenas de nuestra gloriosa insurrección contra el tirano de Europa».

Así, pues, ¿para cuándo un nuevo 2-M nuestro, que destroce para siempre su 15-M? ¿Para cuando «La carga de los españoles»? Recordemos aquellas palabras de Bill Musselman: «La derrota es peor que la muerte, porque hay que seguir viviendo con ella».



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