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Democracia y opinión pública

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La ley de la calle

Además de los argumentos jurídicos y las disposiciones legales emanadas de la Constitución, el principal medio para acabar con la amenaza independentista es la lucha de los catalanes contrarios a ella

Laureano Benítez Grande-Caballero, 14 de noviembre de 2015 a las 09:03

Para hacer frente a la amenaza secesionista de Cataluña, el Gobierno ha apelado a los principios constitucionales, cuyo cumplimiento ha encomendado al TC.

Mas esta defensa jurídica de la unidad de España no es el único medio para garantizar el respeto a la Constitución, ya que en democracia existe una ley que está por encima de las demás: la ley de la calle.

Si la democracia es teóricamente el gobierno del pueblo, la voluntad de éste se manifiesta a través de lo que generalmente se conoce como «opinión pública», que no solo se expresa en las encuestas sociológicas que se hacen sobre los temas más variados, o en la voluntad popular manifestada en las redes sociales u otros medios de comunicación, sino que también se revela a través de la lucha callejera, con el fin de exponer sus reivindicaciones a los poderes políticos.

Algaradas, manifestaciones, acampadas, escraches, desobediencias, concentraciones, huelgas... éstas son las barricadas que más temen los gobiernos.

Esta ley de la calle es el instrumento de lucha más importante que los catalanes contrarios a la resolución independentista pueden oponer a la «ley de la selva» de los separatistas.

Sin duda, éstos son más agresivos, hacen más ruido, se dejan ver más, y presumen de ser los más fuertes, pero la fuerza en la ley de la calle reside en el número, y el 52% de los catalanes dijeron «no» al secesionismo, porcentaje que hay que ampliar si consideramos que los que se abstuvieron tampoco estaban a favor del separatismo, pues éste tiene un componente de militancia incompatible con la abstención.

Pues bien, ¿dónde está ese 52% de catalanes españolistas? ¿Qué han hecho para detener el marasmo independentista que les quiere imponer totalitariamente una minoría de iluminados, a través de un «putsch» que más que un golpe de Estado parece una tomadura de pelo, una estafa cósmica -pues, además de que las elecciones se hicieron con arreglo a una ley electoral que penalizaba a Barcelona, la provincia menos independentista, ni aun así consiguieron mayor porcentaje de votos-? Previamente a las elecciones, solo unas cuantas empresas -Planeta, Freixenet, la Caixa y pocas más- expresaron su rechazo a la independencia; y pocos personajes catalanes de relevancia se atrevieron a manifestar su oposición al desafío soberanista. La calle permanecía silenciosa, mientras la marea secesionista se apropiaba de las Diadas, hacía del Camp Nou un mar de esteladas, silbaba estruendosamente el himno español, controlaba los medios de comunicación untándolos con dinero público, lavaba el cerebro en los centros de enseñanza con manipulaciones y falseamientos de la Historia de España, imponía la inmersión lingüística, y creaba una Cataluña fascista donde amedrentaban a los catalanes contrarios a la secesión.

La calle no decía nada, y tampoco los Gobiernos que se apoyaron en los nacionalistas catalanes para gobernar. En suma, no solo controlaban la selva, sino que también se hicieron los dueños de la calle.

¿Dónde están los catalanes del 52%? Hace unos días, la Asociación «Somatemps» presentó un manifiesto en el cual se hacía un llamamiento a la desobediencia civil si el Parlament seguía adelante con su resolución rupturista, marcando así el camino a la ley de la calle:

«En caso de aprobarse dicha resolución, proclamamos el derecho legítimo a la desobediencia civil frente al futuro gobierno autonómico y, consecuentemente, llamamos a la movilización social y a organizar acciones legales y pacíficas contra un gobierno y parlamento autonómico que automáticamente habrán perdido toda legitimidad ante más de la mitad de catalanes».

Si ellos desobedecen los dictados constitucionales, el mismo derecho tienen los catalanes a los que se quiere imponer una catastrófica secesión. Quien a la Ley mata, por la Ley muere, dice otra ley, la del Talión.

Recientemente, Josep Bou, presidente de «Empresaris de Catalunya» pidió al Gobierno que frenara la amenaza secesionista para evitar una «tragedia económica».

¿Dónde estaban estos empresarios antes de las elecciones?

Parece ser que confiaban ingenuamente en que todo fuese una estratagema nacionalista para arrancar mejores condiciones fiscales al Estado, y que de ahí no pasaría la amenaza. Pues «llora como mujer lo que no supiste defender como hombre».
Imagínense una Diada de los catalanes contrarios a la independencia, agitando millares de senyeras, haciendo una inacabable cadena humana que atravesara todo el territorio catalán...

Imagínense un majestuoso escrache a Mas y compañía, una estruendosa cacerolada en la plaza de san Jaime, una acampada sine die en esta misma plaza, una masiva desobediencia civil a las disposiciones ilegales del Parlament, multitudinarias manifestaciones gritando un NO rotundo al totalitarismo independentista... Ante estas expresiones concluyentes del poder de la calle, ¿cuánto duraría el circo secesionista?

¿Cuánto tardarían los principales responsables del sarao en acabar en la cárcel? ¿Cuánto se tardaría en convocar nuevas elecciones, pero ya sin plebiscito incorporado?

Francis Ford Coppola realizó en 1983 una película titulada precisamente «La ley de la calle», aunque su título original es «Rumble fish» -cuya traducción aproximada sería «peces retumbantes», o «peces estruendosos»-. Su argumento gira en torno al intento de reconstrucción de una banda callejera que intenta llevar a cabo un joven con el fin de imitar a su hermano mayor, daltónico y medio sordo, conocido como «el chico de la moto».

En este mismo año, Coppola también realizó otra película sobre tipos marginales, bajo el título de «The outsiders». Este término se aplica a personas que están al margen o fuera de las tendencias más comunes, de las normas sociales generalmente aceptadas, por lo cual se mantienen aparte de la sociedad.

Estos personajes inadaptados están simbolizados en el film por unos peces-mascota, pertenecientes a la especie «Betta splendens», cuya principal particularidad es su tremenda agresividad contra los peces de su misma especie, lo que hace imposible tener a dos machos en la misma pecera, por lo cual son utilizados en algunos países asiáticos en espectáculos parecidos a las peleas de gallos, y de ahí su nombre común de «luchador de Siam». Su agresividad llega hasta el punto de que son capaces de luchar contra sí mismos al verse reflejados en un cristal.

Si traducimos la película «catalanamente», adivinen quién es el «chico de la moto», y quiénes son los feroces peces luchadores y «retumbantes» que atacan a los de su mismo pueblo. Adivinen quiénes son los «outsiders» que forman las bandas callejeras.

Y adivinen qué le pasará a la pecera donde viven estos sanguinarios peces. Ya lo dijo el mismo Kennedy: «En el pasado, aquellos que locamente buscaron el poder cabalgando a lomos de un tigre acabaron dentro de él». Y lo mismo le pasará a quien intente cabalgar a lomos de la ley de una calle, de una calle en lucha.



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