Pedro Antonio Curto

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El virus del cansancio

Pedro Antonio Curto, 22 de septiembre de 2016 a las 13:01

Pedro Antonio Curto

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Un titular reciente de un suplemento mostraba que vivimos en eso que el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han ha denominado La sociedad del cansancio. El titular decía: "Confirmado: tras las vacaciones el cuerpo necesita descansar." El periodo vacacional asumido como un desengancharse de la vida laboral, dejar al animal laborans en casa y alejarse a cualquier lugar, en muchos casos como pretexto para romper con la rutina del horario marcado y el despertador. El recargar las pilas, como se dice habitualmente, ha terminado por convertirse en una rutina más, otra pieza del engranaje, que desemboca en esa habitación cerrada llamada cansancio. Un cansancio que no es entregarse al descanso tras un esfuerzo físico o mental, sino otra cosa: un cansancio del alma, una insuficiencia vital, porque no existe otra perspectiva que regresar al rendimiento máximo, a cumplir objetivos, a la superación de no se sabe exactamente el qué, y luego vuelta a empezar, como Sísifo arrastrando la piedra por la montaña. En el sistema de rendimiento en el cual vivimos, nos hemos convertido en corredores dando vuelta a una pista, sin otra meta que seguir dando vueltas. Poco importa que para ello necesitemos estar dopados, quizás ya somos la sociedad dopada. Y esto alcanza a todos los ordenes de la vida, el rendimiento convertido en expectativas que cumplir, expectativas a las que nos sometemos sin rebelarnos o plantearnos porque debemos realizarlas; así se han invadido espacios de liberación como el ocio o las vacaciones.

George Bataille define el Principio de obligación y el Principio de placer, como los dos polos que rigen nuestras vidas y que en su justa medida, sirven para ordenarlas. Pero en la actualidad, el tardomodernismo lleva a que ambas fluyan por un mismo cauce. No se trata de que ocio y trabajo sean lo mismo, sino que suelen estar imbuidos por un parecido sistema de control: el máximo rendimiento, ocupar el mayor espacio posible, desplazar al que se encuentra a nuestro lado. Sólo tenemos que mirar a esas playas atestadas de gente, donde hay que madrugar, casi cuando sale el sol, para poder poner una sombrilla en primera línea. Igual que en el entorno laboral y urbano, la lucha por el espacio, es una de sus normas. Hay que administrar los tiempos, estar en alerta, en tensión; el animal laborans lo sigue siendo en la arena de la playa. En esos espacios que debían ser de relax, de liberación, hay que seguir con el cuchillo entre los dientes. Lo cual produce un cansancio no físico, no es el desgaste del cuerpo, sino un malestar que se instala y nos asfixia, para el que no encontramos salida. La depresión y otros trastornos mentales, son los síntomas de ese cansancio.

Trabajar cansa, decía Cesare Pavese en un poema que describía el descanso de una pareja tras su actividad, tumbados sobre la hierba. Ahora, estar de vacaciones, también puede cansar. Porque el periodo vacacional se ha poblado por una particular necesidad de rendimiento, aprovechamiento del tiempo, marcados no tanto por el deseo propio, como lo demandado por la sociedad de los escaparates. Unos escaparates que miramos y en los cuales debemos estar para ser mirados. Una continúa exposición, casi obligación de rendimiento social, que llega a producir un síndrome de hastío. "También lo extraño se reduce a una forma de consumo. Lo extraño se sustituye por lo exótico y el turista lo recorre. El turista o consumidor, ya no es más que un sujeto inmunológico", señala Byung-Chul Han en su ensayo La sociedad del cansancio. Porque ese cansancio se ha cronificado, convertido ya en un virus transversal, que atiene tanto a diversos sectores sociales, como a los diferentes espacios de nuestras vidas: el laboral, el ocio, el vacacional, el familiar y hasta el amoroso. Sobre este último veía un programa de citas a ciegas en televisión y lo más curioso es que los pretendientes, ya fueran hombres o mujeres, homosexuales o heterosexuales, exponían una serie de obligaciones, de lo que debía ser el otro, también del comportamiento propio, que se convertía en una especie de encuentro de alto rendimiento. El dejarse ir, el descubrimiento, la exploración que ha marcado la búsqueda amorosa, se convertía en esas cenas, en una necesidad de rendimiento. "El cansancio de la sociedad del rendimiento es un cansancio a solas, que aísla y divide", señala Byung-Chul Han. Es ese que el escritor Peter Handke, en su Ensayo sobre el cansancio, señala como el cansancio que separa. El autor austriaco nos describe la experiencia de su propio cansancio, compartido, comunitario, el que se producía después de los trabajos agrícolas, los cansancios positivos, frente a otros, el mecanizado, el más urbano, ese no-físico, que afecta más al alma, que al cuerpo. Así dice: "Es un hecho, sin embargo, que de los cansancios de los trabajadores manuales tengo imágenes conmovedoras, que se pueden contar; en cambio de los cansancios de los que cuidan las máquinas automáticas no tengo (aún)ninguna." Porque ese cansancio, del que uno se va reponiendo tras un esfuerzo, ha sido devorado por ese otro cansancio, para el que no existe recuperación posible: el rendimiento sucede a más rendimiento, el animal laborans ocupa la totalidad. La sociedad del cansancio desemboca en la sociedad del malestar. Un malestar indefinido y abstracto, del que no podemos liberarnos, al igual que no nos recuperamos del cansancio social con el descanso. Y todo ello cargado por un exceso de positividad, de permanente y artificiosa felicidad, de sonrisa impuesta.

Me viene a la mente una imagen cinematográfica, inspirada en diversas películas, que puede dibujar ese cansancio. Una habitación cerrada, un ventilador dando vueltas en el techo, un hombre tumbado en la cama, sudando. Está solo, en la mesita una botella de licor, única compañía a la que recurre. Por la ventana entran luces de neón, parpadeantes, de una ciudad hostil. Todo está invadido por una sensación de calor que casi se puede palpar. Atmósfera de encierro, hastío. Cansancio sin fin, agotamiento, malestar, fundido en negro. El animal laborans en su celda tardomoderna: el rendimiento sin fin como plenitud.



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