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El rupturismo revanchista de Podemos fracasará si el PSOE es capaz de dotarse de un liderazgo sensato

Ignacio Camacho / ABC, 19 de octubre de 2016 a las 10:01

TODAVÍA no hay Gobierno, ni siquiera certidumbre de lo que vaya a haber, y ya ha invocado Pablo Iglesias el mantra de la huelga general prometiendo una sacudida social sin concesiones.

Fracasado el asalto a las instituciones, el líder de Podemos anhela volver a la calle para cuestionarlas. Sabe que en el Parlamento se va a aburrir, perdido ya el efecto sorpresa, y pretende sitiarlo aunque sea con él dentro.

Está arrepentido del disfraz socialdemócrata que Errejón alquiló para las campañas electorales; quiere «morder», regresar a la estrategia del miedo, agitar los rescoldos del 15-M en barricadas contra el sistema.

Su discurso en la Plaza del Dos de Mayo no fue precisamente un éxito de público, pero Iglesias hace tiempo que se dirige a la televisión, su gran herramienta de propaganda. Usó un lenguaje incendiario, de un leninismo exaltado, entre Largo Caballero y Allende.

Una retórica de combate que deja atrás el populismo posmoderno para adentrarse en la vieja arenga revolucionaria de la izquierda predemocrática. Un retroceso a los orígenes radicales de un partido incubado, al calor del malestar de la crisis, en el laboratorio bolivariano.

Este viraje hacia la primaria identidad extremista de Podemos anticipa su planteamiento ante la inminente legislatura. Quiere disputarle al PSOE la primogenitura de la oposición cavando trincheras.

Retornar al discurso de la casta, a la capitalización del descontento. A la demagogia simplista de los tribunos de la plebe. A la alianza con todas las tribus acampadas en las afueras del constitucionalismo.

En teoría se trata de un cerco a la socialdemocracia para encerrarla, a partir de su probable consentimiento a la investidura de Rajoy, en el fuerte asediado del bipartidismo dinástico.

Así lo perciben también numerosos dirigentes socialistas que llevan dos años paralizados por un complejo atávico de mala conciencia. Los que se han dejado enredar en el frentismo de Pedro Sánchez sin entender que lo estaban convirtiendo en candidato de otro partido. Los que aún no se dan cuenta de que el rupturismo agresivo de Iglesias no los está acorralando sino ofreciéndoles una oportunidad impensada... siempre que sean lo bastante sagaces para aprovecharla.

Porque esa beligerancia revanchista nunca va a aglutinar una mayoría. No si el PSOE es capaz de dotarse a sí mismo de un liderazgo sensato que ofrezca a las clases medias incómodas con el marianismo una alternativa de poder en tono moderado.

Un reformismo europeísta e integrador, bussiness friendly, que no siembre inquietud en la España mesocrática que sueña con reconstruirse de la crisis sin aventuras desestabilizadoras de colectivismo atávico.

Un proyecto que los socialistas nunca debieron abandonar ni permitir que se lo apropiaran, de forma tan oportunista que ya lo han repudiado, unos telepredicadores de ideología trasnochada y verbo inflamado.



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