Opinión
Alfonso Rojo, director de Periodista Digital S.L. PD

Me acuerdo de Julio Fuentes. Han transcurrido 15 años, desde aquel aciago día de noviembre de 2001 en que unos fanáticos islámicos lo mataron en el tortuoso desfiladero que lleva de Jalalabad a Kabul y a menudo, cuando me hundo en esas soledades en las que los hombres hablan consigo mismos o con Dios, me viene a la memoria su rostro.

Era un chaval a quien yo quería. Le encantaba el periodismo y fue de los que se abrió paso como reportero, sorteando todo tipo de obstáculos, rechazos e incomprensiones.

A diferencia de otros, que no han tenido para esta profesión ni una centésima de su peso, no se montan cada año rimbombantes homenajes en su honor. Y me duele.

Este 2016 no se han acordado de el ni los sicofantes de su propia redacción que lo ponían a parir y lo menospreciaban, pero se pegaron codazos para agarrar el féretro y salir en las fotos, cuando los restos llegaron a Madrid.

Es el nuestro un país desmemoriado y desagradecido.

La mañana que lo balearon, yo estaba en Kabul, donde tres días después trajeron su cadáver. Aguardaba frente al hospital, sentado en una acera, y al ver aquel cuerpo joven hecho trizas, se me rompieron las paredes del corazón. Lloré como sólo lo he hecho cuando murió mi madre.

Julio era como sus reportajes: apasionado, vital, emotivo y taciturno. El periodismo no fue para él un medio de vida, sino una forma de vivir.

Veía el planeta como un inmenso campo de batalla en el que el bien y el mal libran una pelea sin cuartel.

Carecía de sentido del humor y estaba sordo como una tapia, lo que le hacía resultar distante y distraído, pero tenía olfato para las historias y éxito con las mujeres.

Triunfaba en corto, en el ligue y el enamoramiento volcánico, pero no le solía ir bien en las relaciones más largas. Le gustaba demasiado la vida en el frente, para atender la 'retaguadia doméstica' como aconsejan los cánones.

Nadie mejor que quien se acerca rutinariamente a los infortunados, y Julito lo hizo durante dos décadas, sabe que la pobreza sólo resulta pintoresca desde el interior de un coche climatizado y que los balazos, la explosión de las granadas, las minas y las bombas sólo se pueden soportar en la pantalla del cine.

También sabía, mejor que nadie porque era un gran profesional, que la Divina Providencia no opera en las zonas de conflicto y que a un reportero de guerra no lo asesinan: lo matan trabajando.

ALFONSO ROJO