Opinión
Ignacio Camacho. PD

ESTA legislatura durará lo que dé de sí el bipartidismo imperfecto. Por más que Ciudadanos haya mostrado por dos veces su responsabilidad de Estado, su peso es insuficiente para garantizar una estabilidad que sólo puede surgir del acuerdo de los dos grandes partidos dinásticos.

Rajoy desconfía de su aliado de investidura, al que considera un veleidoso narcisista, y lleva un año convencido de que en un Parlamento fragmentado no hay más salida que el entendimiento con su histórico adversario.

La gran coalición es impensable e incluso inconveniente mientras el PSOE sienta en la nuca el aliento de Podemos, pero en la política europea es uso común asentar el progreso de las naciones sobre ciertos consensos transversales básicos.

La socialdemocracia también necesita un respiro para reconstruirse y atravesar la convalecencia de su conflicto cismático.

Derrocado el liderazgo obstruccionista de Pedro Sánchez, hay una oportunidad de acercamiento mutuo cuya principal dificultad estriba en evitar que parezca un romance. Encontrar para la confluencia de intereses un relato que no dé alas al populismo rampante.

El Gobierno ha empezado a ofrecer cesiones que los socialistas puedan vender a los suyos como avances.

Subida del salario mínimo y del techo de gasto, mayor presión recaudatoria y rebaja del objetivo autonómico de déficit para dar oxígeno financiero a los barones y en especial a Susana Díaz. Incluso un modelo territorial basado en el diseño de la factoría Rubalcaba.

La negociación social busca unos nuevos pactos de La Moncloa que podrían cuajar aunque la izquierda y los sindicatos tengan que exhibir antes un poco de músculo en la calle. El gran objetivo son los presupuestos, que darían más de un año de margen, el tiempo que el PSOE necesita para reagruparse.

Luego volvería la confrontación, ya con Díaz al frente -lo tiene decidido-, y el toma y daca propio de las perspectivas electorales.

El encaje es difícil, pero la alternativa son las urnas en junio, con el socialismo abierto en canal. Esa es la gran baza marianista, aunque el presidente sabe que no puede abusar sin cargarse el menguado crédito de su rival, acosado por el estigma de la casta.

Es tiempo de política fina. Por ahora a ambos les favorece la inanidad de una oposición radical entretenida en escucharse a sí misma. En esa patética autocomplacencia de la política-espectáculo, que se divierte hablando de condones en la Cámara, hay una ocasión para demostrar la eficacia del sistema, su capacidad para ofrecer medidas tangibles y concretas frente al rupturismo hueco de la extrema izquierda.

Hechos frente a gestos, responsabilidad frente a la inmadurez, soluciones frente a la demagogia. La legislatura será bipartidista o no será. Y si no es, lo será la siguiente, pero con un protagonista distinto y más inquietante al otro lado de la raya divisoria.