Opinión
Carlos Herrera. COPE

EN tanto llega a Santiago lo que queda de Fidel Castro, pueblo a pueblo, a través de la autopista más inutilizada del mundo, uno tiene tiempo de asombrarse acerca del relato triunfante de sus partidarios o de sus mediopensionistas.

Comienzo por pedirles perdón por abundar en un tema tan sobado a lo largo de la semana, pero es que Fidel se me murió el viernes por la noche poco después de publicado mi artículo semanal y era algo que llevaba años sopesando, curioso, por saber el color final del paisaje. Efectivamente, ha sido el que tantos años me he temido.

La gran mayoría de cronistas del acontecer han caído en el más común de los lugares, tal y como me maliciaba: el de las luces y las sombras. Es decir, para un observador ignorante de las circunstancias vitales del finado, lo que queda después de muerto un tipo como Castro es que hizo cosas buenas y malas. Claro, como todos. Como Franco.

También el vencedor de la Guerra Civil tuvo luces y sombras, fusiló como un poseso, pero hizo pantanos y les dio seguridad social a los trabajadores. ¿Compensa una cosa la otra?: en España no, a tenor del relato instalado, pero en Cuba sí.

¿Y por qué? Por una sencilla razón: Castro era comunista, o eso decía, y la hegemonía cultural de la izquierda más extrema ha hecho que la superioridad moral de sus postulados valide a cualquier malhechor.

Véase con el Che Guevara, un psicópata que asesinó a diestro y siniestro antes y después de arruinar la economía cubana: durante años su rostro ha decorado las camisetas de un par de generaciones y su nombre aún tiene eco de icono libertador, cuando sólo fue un pistolero incapaz de poner orden siquiera en su propia vida.

Castro sólo pasa como héroe total para los más cafeteros del comunismo devastador y de los frikis de la izquierda absurda, pero después se extiende un vastísimo territorio en el que abundan los sembradores de las medias tintas, los que antes de hablar de un dictador hablan de un revolucionario, los que antes de tildarlo de tirano lo califican de idealista.

Todo ello, incluso, en poltronas mediáticas de la derecha; quizá por aquella verdad según la cual la derechona antigua española sentía cierta complicidad con un tipo tan antiyanqui como ellos, redolidos aún por la pérdidas de las colonias en el 98.

Las palabras que ilustran el paseo procesional de Castro de La Habana a Santiago no dejan de ser pequeños pregones de pasión, pronunciados incluso por aquellos a los que condenó a la frustración o a la nada.

Dichos en Cuba, puede entenderse como un mecanismo de defensa; pero dichos en España por individuos que, en teoría, no pasan ni una en defensa de libertades esenciales, resulta estupefaciente.

No sabemos lo que hay en la cabeza de muchos de los que le fueron a llorar a la urna volátil y falsa -nada en el comunismo es cierto, ni siquiera las cenizas-, ya que el fingimiento es la gran forma de resolver en un sistema como el cubano, pero sí sabemos lo que hay en el discurso educadísimo de muchos medios e interlocutores españoles: relativismo y cobardía morales.

Relativismo y cobardía para decir que Castro fue un sátrapa, un asesino y un pésimo gobernante, que arruinó y disolvió a uno de los países más prósperos de América, que desterró al veinte por ciento de sus nacionales y que instaló en su territorio los dos extremos en los que el comunismo ha demostrado ser infalible: la miseria y el terror.

En un par de días, sus restos estarán bajo tierra. Comprobaremos si la papeleta que les queda a los cubanos saben solventarla como se espera de individuos tan solventes. Entretanto veremos cómo se puede recomponer el relato perdido.