Opinión
David Gistau. PD

NO sé si les suena, pero la primera decisión del Gobierno de Rajoy es una subida de impuestos contradictoria con las promesas electorales.

Luego dirán que esto lacera su naturaleza liberal, que no ignoran que el dinero donde mejor está es «en el bolsillo de los ciudadanos» y que en cuanto puedan permitírselo volverán a bajarlos, lo cual ocurrirá entre ocho y once minutos antes de las próximas elecciones.

Pero, mientras tanto, lo que hacen es diluir de nuevo el empellón en una maraña tecnocrática de eufemismos que a mí siempre me recuerda el chiste aquel del médico que pide quedarse a solas en la consulta con una paciente porque tiene que practicarle «un coito»: en el pasillo, el marido se dice muy aliviado de saber lo que es un coito, porque, por los ruidos, lo que sucede ahí dentro podría haber parecido un polvo.

La diferencia, respecto de la anterior que iba al IRPF, es que esta subida es más indirecta y sinuosa, menos debida a un contexto de terapia de choque, y concierne a conceptos como el combustible, el tabaco y la bebida.

Eso permite a Montoro colocar el eufemismo de que es una subida «neutra»: menos mal que usted y yo sabemos qué significa neutra, porque podría haber parecido que esto nos iba a costar dinero.

En esta ocasión, no se trata de incautarle directamente la sustancia vital a la clase media alegando un estado de crisis agónica del cual el PP sólo se enteró al llegar a La Moncloa pese haber basado toda su campaña contra Zapatero en la descripción apocalíptica del déficit y la economía.

Esta vez se trata de usar como coartada la salud pública para gravar a los golfos que fuman y beben y a lo mejor hasta queman gasolina adrede haciendo trompos con el Jaguar ese por culpa del cual dice Rufián que no quedan pañales para los niños pobres.

Con objeto de justificar subidas de impuestos, esta socialdemocracia nuestra, ya estuviera escorada a la izquierda o a la derecha en función de qué partido gobernara, ha promovido el rencor social contra estamentos particulares.

Lo más socorrido en estos casos fue siempre azuzar a la sociedad contra los ricos, «los que más tienen». Con eso nunca me sentí especialmente concernido.

Sostres se enfada mucho porque considera que la cuenta en Suiza es un complemento de vestuario, pero yo jamás creí que fueran a tirarme abajo la puerta los mismos policías que anduvieron el año pasado sembrando el pánico por el barrio de Salamanca.

Otra cosa sería que ahora, para justificar estos «indirectos», de repente se fomentara una atmósfera social de inquina contra los bebedores. Ah, eso sí que no vamos a permitirlo.

En realidad, a mí ya me pilla retirado. Pero tengo varios amigos que viven de ser rapsodas de la resaca y que por tanto consideran una inversión el dinero que dedican a beber.

Ya no les saldrán las cuentas si la carga impositiva sobre el alcohol hace menos rentable el artículo que cobran emborrachándose primero para mantenerse en el tono malditista. Esto es como gravarle el opio a Baudelaire.