Opinión
Laureano Benítez Grande-Caballero. PD

Hillary de Vil, o Cruella Clinton. Como ustedes prefieran, porque tanto da monta tanto. Acompañada de sus inseparables Horacio y Gaspar -o sea, su marido Bill y su palafrenero Obama-, esta señora tiene como una de sus principales muescas de su hoja de servicios promocionar y defender el genocidio de los dálmatas, que son muchos más de aquellos famosos 101 perritos de la película de Disney.

Desde que se autorizó el aborto sin restricciones en Estados Unidos en 1973, se calcula que se han practicado 56 millones de abortos, una cifra superior a todas las víctimas de la Segunda Guerra Mundial. No es de extrañar esta cifra, si se tiene en cuenta que se produce un aborto cada 30 segundos, lo que equivale a 3300 abortos al día. Solamente en el año 1990 hubo 1,6 millones de abortos.

Cruella Clinton es la musa de este feroz movimiento abortista, su lideresa, que forma parte esencial de su programa globalista, que sigue escrupulosamente los dictados del Nuevo Orden Mundial, cuyos hierofantes son los principales promotores de la masacre de nonatos, verdadera matanza de inocentes que apunta a reducir drásticamente la población mundial que quieren someter despóticamente a sus dictados tecnocráticos, pues, cuanto más escasa sea, más fácilmente será de controlar y manipular, a la vez que succionan sus recursos.

La mayor multinacional del aborto a nivel mundial es la célebre «Plannet Parenthood», dirigida por Cecile Richards, organización fundada nada menos que en 1916, y que maneja unos activos de 236 millones de dólares, la mayoría de los cuales proviene de los fondos gubernamentales que le aporta el Estado a través de los impuestos de los estadounidenses, a razón de 1,4 millones de dólares al día. Con estos medios, «Plannet Parenthood» realizó casi 1 millón de abortos en Estados Unidos entre 2011 y 2013.

Por si esto fuera poco, de los 3,5 millones de «servicios e información de control de la natalidad» declarados por la multinacional abortista en su período de 2003-2014, 1,4 millones consistían en kits de «anticoncepción de emergencia». Es decir, medicación abortiva para eliminar embriones humanos.

Desde hace tiempo, «Plannet Parenthood» se está viendo envuelta en denuncias sobre el mercadeo de órganos provenientes de fetos abortados, práctica que denunció en un video la doctora Déborah Nucatola, quien manifestaba que «nos hemos vuelto muy buenos en sacar corazón, pulmón, hígado... porque sabemos eso, no voy a aplastar más encima, y voy a ver si puedo tenerlo todo intacto».

Nucatola declara asimismo que «Plannet Parenthood» quiere aprovechar todos los órganos posibles porque -según se manifiesta en la transcripción del video- «Va a ser desperdiciado de otra forma. Eso es lo que es, un desperdicio. Es un completo y total desperdicio». Llega a decir que hay personas que incluso «quieren músculo», refiriéndose a quienes desean también las extremidades inferiores.

Ante estas polémicas manifestaciones, Richards asegura que lo que hace su organización es «ayudar a las mujeres a donar tejido fetal para la investigación médica».

Otro escándalo asociado a «Plannet Parenthood» son las acusaciones de que sus prácticas abortivas encubren violaciones y casos de esclavitud sexual.

«Plannet Parenthood» donó 30 millones de dólares a la campaña de Cruella Clinton, tenaz impulsora de la matanza de inocentes y dálmatas -aparte de promotora visceral de las leyes de identidad de género, otra de las obras de ingeniería social del NOM-. Sin embargo, esta crueldad de la Clinton no ha sido aireada en absoluto por los medios de comunicación durante la campaña electoral, que se ha cebado especialmente en demonizar a Trump, quien ha manifestado en repetidas ocasiones que es pro-vida, que pretende acabar con el aborto sin restricciones en todo el territorio federal, intentando arrancar del Tribunal Supremo un dictamen que confine la decisión sobre el aborto a cada Estado. De momento, de los nueve miembros que tiene el Supremo americano, sólo cinco están a favor, y a algunos de ellos habrá que renovarlos próximamente.

Esta defensa de los nonatos también he pasado inadvertida para los medios de comunicación, dominados totalmente por el NOM, que ve en el magnate un peligro para sus obras de ingeniería social, entre ellas el aborto. Sin embargo, se le ha acusado de machismo por haber pronunciado unas cuantas bravuconadas; de racista, por pretender controlar la inmigración ilegal; de homófobo, por oponerse a las leyes de identidad de género.

Se ve que los criterios morales andan a la baja en el mundo que propone la mafia globalista, que impone a las masas «borregomatrix» la idea de que es mucho más peligroso decir cuatro chorradas machistas que eliminar por millones a seres humanos no nacidos, las criaturas más indefensas del planeta, haciendo perfectamente ético el derecho a matar.

Hay siempre una cosa que me ha chirriado de las «performances» feministas: protestan -y con razón-contra la violencia de género-, mientras defienden el aborto libre, que alcanza su culmen más grotesco en el mantra de las Femen: «el aborto es sagrado».

50 millones de abortos se practican anualmente en el mundo, y ni uno solo de ellos merece una vela para la progresía que conspira por el NOM, ni siquiera un segundo de silencio. Son las víctimas de la pobreza moral, de la miseria ética que fundamenta la ingeniería social de la conspiración globalista, que también creó, a escala más castiza, a Pablo de Vil, defensor de sátrapas, entusiasta defensor del aborto libre y gratuito.