Opinión
Pedro Calvo Hernando. PD

Si yo fuese el PP, no me fiaría nada del ex presidente Aznar ni de la repetida tesis de que éste descarta la formación de otro partido, por supuesto bastante más a la derecha del que ahora sostiene al Gobierno. Lo cierto es que José María Aznar ha tardado muchísimo tiempo en hacer pública una declaración suavemente denegatoria, la de Valencia el otro día, con lo fácil que le hubiera sido hacerlo, y con mucha mayor firmeza, desde el instante en que comenzaron las especulaciones. La impresión es que lo de Valencia era para salir del paso, por la poca convicción que mostraba. No puede afirmarse que se lanzará a una aventura que costaría muy cara a la derecha española, que quedaría partida en dos. Es dudoso que Aznar quiera evitar una decisión que resultaría catastrófica para el conjunto del conservadurismo español. Pero nada nos garantiza que eso esté del todo fuera de sus intenciones, a la vista del capítulo de agravios que el ex atesora in crescendo desde hace ya varios años. Hay que preguntarse qué es lo que perseguiría, si no es dar ese golpe definitivo, al sostener y hacer crecer esa tremenda tensión entre las dos almas del Partido Popular.

Más bien me inclinaría a pensar que una decisión positiva es lo que está atesorando en su cabecita, más allá del evidente regusto que le apasiona y que le embriaga por retornar al pleno protagonismo que durante tantos años ejerció en exclusiva sobre la derecha española. Ahora mucho se habla, no sé si en exceso, sobre la situación caótica del PSOE. Pero si yo fuese el PP, no me consolaría pensando que tal situación es más grave que la propia, aunque por el momento en realidad lo sea. Porque en cuestión de horas podrían cambiarse las tornas si de pronto Aznar anunciase que va a protagonizar la fundación de un partido distinto, y por lo tanto adversario o enemigo, del que se domicilia en la calle de Génova. Está por ver, claro, cuál sería la distribución cuantitativa de las fuerzas conservadoras entre las dos partes de ese universo, pero de momento podría afirmarse que la catástrofe había comenzado. Y tendríamos que valorar enseguida también las reacciones de los partidos de la actual oposición, para hacernos una idea global de la trascendencia del suceso. Con todo, por ahora solo tenemos lo de Valencia.