Opinión
Laureano Benítez Grande-Caballero. PD

...Y Sevilla, mi ciudad natal, capital religiosa de España, la reserva espiritual de nuestra Patria, ciudad de apoteosis imaginera, donde el azahar de sus naranjos se amalgama con el incienso de cofradías y hermandades.

Hace unos días, tuve ocasión de impartir una conferencia de temática religiosa en una de sus más señeras joyas barrocas, la capilla de San José, ubicada en el mismo corazón de la ciudad, uno de los primeros edificios declarados Monumento Nacional, ya que su catalogación como tal se produjo en 1912.

Pero, aparte de la impactante escenografía barroca, lo que llama poderosamente la atención es el estado de sus bóvedas, donde puede verse todavía la huella de la funesta destrucción que produjo en la capilla el devastador asalto perpetrado por exaltadas turbas izquierdistas en mayo de 1931, durante la revolución «quemaconventos» que, originada en Madrid el 10 mayo, se extendió a otras ciudades de España, especialmente del sur y del levante. Durante la destrucción, desaparecieron cuatro de Zurbarán y esculturas de Martínez Montañés. Cuando el techo cayó, pasto de las llamas, se salvó de puro milagro la joya barroca del altar mayor.

Después de 85 años, el hollín causado por el fuego sigue presente allí, como siniestra demostración de la furia anticlerical que tantos episodios violentos ha protagonizado en nuestra historia. La Asociación para la Restauración de la Capilla (ARECA) cifra en 1,5 millones de euros el presupuesto para la rehabilitación integral de la capilla, para lo cual, como podía esperarse, la Junta de Andalucía no tiene presupuesto. Solamente el Ayuntamiento se ha comprometido a la rehabilitación de las pinturas murales.

La capilla de San José no fue la única que ardió, ya que la destrucción también afectó, entre otros edificios religiosos, a la iglesia del Buen Suceso y al Colegio Jesuita de Villasís.

Y la historia sigue, porque los descendientes de aquellos luciferinos del 31 pintaron en su puerta en marzo de 2015 la palabra «kapillitas».

Ahora que se habla tanto de la cal viva, de desenterrar a los muertos del 36, de quitar de los callejeros los nombres de personajes de derechas -aunque sean figuras señeras de nuestra historia y nuestra cultura-... Ahora que la «memoria histórica» se ha convertido en la excusa para quitar cruces de los caídos y exhumar cadáveres con el esperpéntico fin de que el rojerío podrá sentirse ganador de la guerra que perdieron, convendría hacer un llamamiento a los católicos para que también nosotros recuperemos nuestra memoria histórica, y pidamos responsabilidades e indemnizaciones por tantos progroms, tantas profanaciones, tantas vejaciones, tantos apocalipsis de los que hemos sido víctimas bajo la feroz guadaña de la que el rojerío ha llamado «revoluciones», las cuales, en mi opinión, se hicieron solamente con la intención de que los pretendidos revolucionarios fueran el brazo armado del Señor de las Moscas, hordas luciferinas cuyo objetivo final es entronizarle definitivamente en nuestra sociedad.

En la época moderna, todo comenzó con el trienio liberal de 1820-1823, durante el cual se produjeron frecuentes ataques a conventos e iglesias, prohibiéndose además la salida procesional de las cofradías. Así era «La Pepa». Más tarde llegaría la desamortización, que no incendió nada, porque su objetivo era confiscar las propiedades de la Iglesia.

En el monasterio de San Isidoro del Campo, ubicado en Santiponce, localidad a 7 km de la capital sevillana, tuve ocasión de comprobar los destrozos que originó el anticlericalismo violento de otra revolución, calificada nada más y nada menos que como «la Gloriosa», que tuvo lugar en 1868. La Junta Revolucionaria sevillana promovió el derribo de edificios religiosos. Por poner un ejemplo, a las hordas satánicas le dio por borrar los ojos de las pinturas de santos que decoraban el Claustro de los Evangelistas. Menuda «gloria» para una revolución: la creación de satánicos cuervos «sacaojos».

Mis asuntos me llevaron también a la iglesia de San Román, donde me informaron de la completa destrucción que sufrió el edificio en la fatídica noche del 18 julio 1936, otro episodio nefasto del apocalipsis sevillano, noche en la que se produjeron incendios devastadores en muchos templos de la ciudad, como San Marcos, Ómnium Sanctórum, San Gil, Santa Marina, San Juan de la Palma, las Salesas, San José, Monte-Sión, Omnium Sanctorum, Nuestra Señora de la O....

En esta última parroquia trianera -donde me bauticé-, un grupo de satánicos consiguieron entrar en el templo utilizando las llaves que le habían arrebatado al párroco después de una brutal agresión. Durante el asalto, sacaron las imágenes de la Virgen de la O y de Nuestro Padre Jesús Nazareno a la calle Castilla, y allí les sacaron los ojos -otra vez los cuervos, qué manía-y fueron salvajemente mutiladas. A esto le llaman revolución. O sea, Gloriosa Pepa, la de los cuervos sacaojos.

En la parroquia de San Bernardo, las hordas quemaron el exterior del templo, y sacaron a la calle las imágenes del Santísimo Cristo de la Salud, María Santísima del Refugio, San Juan y la Magdalena, que fueron quemadas. El horror provocado por estos iconoclastas luciferinos afectó de manera especial al Crucificado de la Salud, que fue arrancado de la cruz y después seccionado en pedazos para que pudiera salir por la puerta de la iglesia.
Más artística fue la destrucción de la parroquia de San Roque, que fue totalmente destruida mientras un trío musical amenizaba la velada.

La destrucción se cebó también en las cofradías sevillanas, y alcanzó su paroxismo en las violencias contra el clero regular y secular, y contra las religiosas, que sufrieron numerosos fusilamientos, humillaciones y violaciones. Otra noche «gloriosa», noche de vidrieras rotas, cuchillos largos, y siniestra pirotecnia. ¡Gloria a la Pepa!

Así que Rita «la quemaora», vestálica Femen de hogueras y bolas chinas, «madrenuestra» de las brujas que no se pudieron quemar, tiene donde elegir a la hora de buscar «nit del focs», «cremás» y rojos autos de fe revolucionarios donde quemar católicos y conferencias episcopales. Espero que no le dé por asaltar a pecho descubierto la capilla de San José, que bastante ha sufrido ya.

Corría el año de 1208 cuando el abad de San Benito de Monte Subasio entregó a San Francisco una pequeña iglesia que estaba en malas condiciones, abandonada en un bosque de robles. El Santo la llamó «la Porciúncula» -«pequeño pedazo de tierra»-, la restauró con sus propias manos, y la convirtió en la casa madre de la orden franciscana, después de oír en ese lugar, el 24 febrero de aquel año, una llamada de Jesús para que, al igual que restauraba aquel pequeño edificio, renovara su Iglesia, haciéndola recobrar la pobreza evangélica que había perdido.
Capilla de san José: ojalá seas para España una nueva «Porciúncula», y parta de tu sufrimiento un movimiento para que los católicos recuperemos nuestra memoria historia y nuestro valor, para que exijamos la restauración de nuestros patrimonios, de nuestras «porciúnculas».