Opinión
Ignacio Camacho. PD

EN torno a los procesos de negociación con terroristas siempre hay un bussiness, una suerte de industria de la mediación. Observadores, correveidiles, verificadores, intermediarios.

Gente a sueldo de fundaciones y de organismos internacionales que trabaja con mayor o menor buena fe en pacificar conflictos pero que con su trajín tercerista otorga al terrorismo un cierto halo digno al situarlo en pie de igualdad con los Estados.

Todo ese protocolo de armisticios, capitulaciones escalonadas y desarme por entregas solemniza con un lenguaje bélico los crímenes y establece de forma subliminal una equidistancia entre bandos.

A ese ceremonial de tan buena prensa en el extranjero se agarra ETA para tratar de dignificar su derrota con etiquetas de falsa honorabilidad. A la habitual pléyade de alcahuetes se ha sumado bienintencionadamente el PNV en busca de un punto final que le permita pasar página.

La banda pretende contrapartidas penitenciarias con las que ofrecer algo a lo que le queda de entorno, pero nadie serio va a tragar el simulacro de desguace de unas armas viejas -ninguna utilizada en atentados para que no puedan servir de prueba incriminatoria-- y explosivos semicaducados por mucho mediador que intente darle apariencia respetable. El pliego de condiciones de rendición sigue intacto y no caben componendas ni cutres escenografías ceremoniales. Si ETA quiere acabar, que acabe.

Eso significa algo más incluso que anunciar su disolución. Significa aclarar la autoría aún ignorada de más 300 asesinatos para ofrecer a sus víctimas una mínima reparación moral. Significa entregar, además de todo el armamento, el patrimonio que conserve fruto de la extorsión, y significa pedir perdón y expresar arrepentimiento para que no quede entre sus seguidores una sombra de empate a la hora de construir la narrativa memorial de un verdadero holocausto.

Y luego nada. La clemencia es potestativa, y dependerá de la claridad con que quede establecido el relato. Los terroristas no obtuvieron nada por matar y por dejar de hacerlo tampoco han de lograr nada a cambio. Por eso es imprescindible que la opinión pública mantenga la guardia alta ante cualquier tentación transigente o acomodaticia de dar el drama por amortizado.

Porque el proyecto etarra no puede aspirar a subsistir transformado en un movimiento político que le dé legitimidad a su legado. Porque lo que nos queda del sufrimiento es la experiencia de unas víctimas condenadas a vivir siempre bajo su desgarro. Porque la resistencia de los largos años de plomo y de angustia carecería de sentido sin vencedores y derrotados. Y porque el delirio de sangre no tiene otro destino histórico que la evidencia de su fracaso.

Siempre será mejor que los terroristas se desarmen a que no lo hagan. Pero su pretensión honorable no puede contar con la menor anuencia. Sólo merecen un contemplativo desdén democrático.