Opinión
Alfonso Rojo, director de Periodista Digital S.L. PD

Me temo, tal como van las cosas, que dentro de diez años nuestros chavales apenas sabrán que fue ese espanto llamado ETA y seguirán escuchando lo mal que se portó la ‘derecha' durante la Guerra de 1936.

No tendrán ni idea, porque ya se encargarán los medios y los educadores de ello, de quienes eran Múgica, Llull, Jiménez-Becerril o Diego Salvá, joven guardia civil masacrado en 2009, y conocerán al detalle lo buenos, compasivos, dialogantes y democráticos que fueron Santiago Carrillo, Enrique Líster o ‘La Pasionaria'.

Cito a estos últimos, porque ya tienen parques, calles y plazas con sus nombres, honor que sin duda será extendido en breve -al menos en el País Vasco y Navarra- a los matarifes que vayan saliendo de la cárcel.

Y todo será aplaudido por Pablo Iglesias, Alberto Garzón, el ex Jemad Rodríguez, los botarates sectarios de varios ayuntamientos y esa caterva de políticos, periodistas, artistas y buenistas del ‘proceso de paz, que siempre están por ‘pasar página', con la condición de que sea una de las últimas del libro.

Esta es la España absurda que hemos construido. Y yo me niego, porque es indigno olvidar. Cuando los carniceros del independentismo vasco provocaron la matanza de Hipercor, las de las casas cuartel de Zaragoza y Vic, y la de la plaza de la República Dominicana de Madrid o acabaron con la vida de niños como Fabio Moreno, Silvia Martínez, Miriam Barrera, su hermana Esther, o Ana Cristina Porras, no salió del alma aquel furioso ‘no tienen perdón de Dios'.

Pues seamos consecuentes: si Dios no puede perdonar a los que mataron a esos críos poniendo bombas en las casas cuartel de la Guardia Civil, quiénes somos los hombres para perdonarlos.

No hay que engañarse. El anuncio de la entrega de armas no es un gesto de buena voluntad, es la consecuencia de un fracaso.

El Gobierno, además de reiterar la postura que mantiene desde el anuncio del cese de los atentados e insistir en que ETA sólo puede hacer dos cosas -‘desarmarse y disolverse'- debe volcar sus esfuerzos en dejar patente que la peripecia sangrienta de los etarras va a concluir en rendición incondicional. Y ahí hay un papel educador, orientador, clarificador, que la televisión pública, la de todos, no asume nunca por su neutral incomparecencia.

Sería una afrenta para las víctimas, sus familiares y los españoles de bien, aceptar la mercancía averiada de la ‘reinserción'. El perdón del pecado exige cumplir la penitencia. Y que nadie olvide que de los 829 asesinatos de ETA, hay más de 300 todavía no aclarados.

ALFONSO ROJO