Opinión
Ignacio Camacho. PD

LA gran ventaja de Podemos sobre los demás partidos españoles es su hegemonía propagandística.

Como no se tiene que ocupar de los problemas de la nación, ni siquiera en los municipios donde gobierna, su inteligencia colectiva, que la tiene, dedica gran parte de su esfuerzo a la eficaz creación de consignas, marcos mentales, mantras políticos o lo que Pablo Iglesias llama con cierta pedantería «significantes».

El último es la trama, concepto con el que sustituye al ya muy manoseado de casta y con el que en síntesis alude a lo que en la Transición se llamaba «poderes fácticos», sólo que en un grado más conspiranoico: una logia de políticos, empresarios, editores, obispos y jueces dedicados a fastidiar a la gente para mantener sus privilegios estamentales. Un fantasma corporativo al que acusar nada menos que del secuestro de la democracia.

Para darle corporeidad a este espantajo, Iglesias ha convocado una manifestación. Una especie de ouija callejera en la que la izquierda radical exorcizará a ese espectro como los franquistas hacían con la masonería en la Plaza de Oriente.

La cuestión consiste en inventar un enemigo, una de las técnicas esenciales del populismo: fabricar culpables para construir dianas. El auge de la posverdad, es decir, del bulo posmoderno, proporciona el clima necesario para expandir teorías conspirativas en el páramo intelectual de las redes sociales, donde goza de éxito seguro cualquier paparrucha que explique la realidad mediante intrigas, confabulaciones y misterios.

Los poderes en la sombra, entrando y saliendo por siniestras puertas giratorias, son al respecto el recurso más elemental y cómodo para sugerir la idea de un contubernio. Élites y camarillas que toman decisiones a espaldas del pueblo: si el próximo fin de semana jugase el Madrid, la protesta de Podemos podría tener lugar ante el palco de Bernabéu.

Sin embargo la invención de este nuevo fetiche tiene más importancia que la de un simple muñeco de vudú político. Su divulgación recurrente obedece al propósito de deslegitimación democrática que está en la base de todo populismo.

Al atribuir a un grupo oligárquico el control de las instituciones, Podemos vuelve al pensamiento del 15-M para explicar el funcionamiento del Estado como un negocio de apropiación indebida.

Frente a esa trama de intereses sindicados estaría el «bloque histórico» -o sea, ellos, los neocomunistas y satélites-, listo para rescatar la democracia y devolvérsela a los ciudadanos mediante el célebre «proceso constituyente».

La ruptura. El eje de los de arriba contra los de abajo, ellos contra nosotros, como soporte mental de un movimiento revolucionario. El punto más débil de tan rudimentaria estrategia es que se han pasado en el cálculo: al incluir a todos los demás partidos en la alianza conspirativa están metiendo a tres cuartas del país en el bando de los malos.