Opinión
Guy Sorman. PD
¿Qué empleos, salvo los de los funcionarios, no son precarios? Todos lo son en mayor o menor medida, pero todos se vuelven más frágiles porque la innovación técnica no deja de sustituir lo antiguo por lo nuevo

EL vaticinio político y económico es un género difícil. Recordemos que, tras la crisis inmobiliaria de 2008, España parecía el «enfermo de Europa».

Se preveía una salida del euro, una quiebra del Estado y, por qué no, una revolución social cuyos precursores habrían sido los indignados de Madrid. Era casi Numancia. Pues bueno, nada de esto ha sucedido, sino todo lo contrario.

Los indignados han vuelto a sus casas. El partido Podemos, que se había adueñado de ese discurso apocalíptico, está hecho añicos y, mal que bien, el centro-derecha dirige el país. Sin excesos y sin quijotismos, en un país en el que, a escala europea, va bastante bien.

El criterio que se usa normalmente es el del desempleo, un indicador imperfecto, pero cuya tendencia, más la tendencia del valor absoluto, es significativa. Entendiendo que el trabajo bajo cuerda es una constante cultural, especialmente en el sur del país, la tasa de desempleo, que llegó a ser del 27 por ciento en 2013, ha disminuido hasta el 19 por ciento, la mejor evolución del índice en Europa.

En 2016 había 400.000 desempleados menos, lo que haría soñar a los franceses si se interesasen un poco más por la España real, aparte de por sus vacaciones en la Costa Brava.

Este buen resultado no se ha conseguido mediante manipulaciones estadísticas, ni mediante la creación de empleos ficticios en la Administración pública, que son especialidades de la izquierda; estos empleos son concretos, en empresas privadas, y son consecuencia directa del crecimiento, un crecimiento tan real, del orden del 3 por ciento anual, que es el doble de la media europea.

En resumidas cuentas, los empresarios españoles fomentan el crecimiento que crea empleo, un círculo virtuoso y duradero. Ya conocemos las objeciones: estos empleos no son empleos de verdad, sino contratos cortos, de trabajo, claro, pero precario. También se objeta que los salarios medios tienden a la baja y que no aumentan tan rápido como los precios.

Estas objeciones parecen correctas, pero en realidad reflejan el desconocimiento habitual de la economía moderna. De hecho ¿qué empleos, salvo los de los funcionarios, no son precarios? Hoy en día, todos lo son en mayor o menor medida, pero todos se vuelven más frágiles porque la innovación técnica no deja de sustituir lo antiguo por lo nuevo.

Toda la economía es, paradójicamente, «precaria», porque progresa, lo que obliga a inventar lo más rápido posible un nuevo modelo de solidaridad social, que valga para todo el mundo como, por ejemplo, la renta mínima universal. En este punto, todos los gobiernos europeos van un paso por detrás.

Por otra parte, nos dicen que los salarios medios españoles disminuyen; sin duda eran demasiado elevados (no desde el punto de vista de los asalariados, evidentemente) teniendo en cuenta la escasa eficiencia de la economía, lo que impedía que las empresas tuviesen capacidad para invertir. Así es: la ciencia económica es cruel, no es moral en sí misma, sino eficaz para que, a la larga, todos vivamos mejor.

Quiero añadir que este concepto del salario real no refleja en absoluto el incremento del poder adquisitivo por las bajadas de los precios y el aumento de la calidad de lo que consumimos. Hoy en día, un televisor cuesta menos que ayer, es de mejor calidad y los programas son más variados. Nuestro poder adquisitivo y nuestra libertad para elegir han aumentado, y eso no lo refleja el sueldo. Y ocurre lo mismo con la sanidad, los viajes, el ocio, etcétera.

¿En qué medida se debe este progreso al Gobierno? En las democracias liberales, los gobiernos se jactan del crecimiento y son destituidos cuando el paro aumenta. En ambos casos, es excesivo o inmerecido, porque la acción pública solo tiene una función marginal en una economía de mercado.

Sin duda, un Gobierno puede agravar una crisis incrementando el gasto público o frenando la competencia. ¿Pero puede sacar a una economía de una crisis como la de 2008?

La modesta reforma del mercado laboral de Mariano Rajoy, concretamente facilitando los despidos económicos en los sectores público y privado, ha contribuido ciertamente a la creación de empleo; ahora, los empresarios dudan menos a la hora de contratar. Pero, básicamente, el éxito de España se debe a la sustitución inacabada, pero que va por buen camino, de una economía un poco ficticia por una economía real.

En definitiva, hasta 2007, cuando estalló la burbuja inmobiliaria, la especulación inmobiliaria y las subvenciones europeas estimularon el crecimiento y el empleo. Ahora, como ambas han desaparecido, las empresas de verdad, las que ofrecen productos y servicios de verdad, incluso en el mercado mundial, son las que forman la nueva economía española.

Este dinamismo, que es auténtico, debería calmar los impulsos revolucionarios e independentistas, propios de la vieja España y no de la nueva.