Opinión
Luis Ventoso. PD

FRANCIA, corrupción rozagante. Lagarde, la bronceada gurú del FMI, fue hallada culpable, pero no se le impuso pena para no dañar la imagen del país. Fillon compite por la presidencia con rostro de hormigón, pese a haber dado a su mujer un empleo ficticio y millonario a costa del erario público. Sarkozy también está enfangado en tribunales.

En Alemania dos presidentes de la República y un ministro relevante se vieron forzados a dimitir. Italia respira chamullo. La Rusia de Putin es abiertamente una cleptocracia. En el Reino Unido vuelve a ser ministro Liam Fox, cesado por Cameron por favorecer a un lobista amiguete.

En todas partes cuecen habas, cierto. Pero también es verdad que pocos partidos de Gobierno de la Europa seria han dado un espectáculo como el del PP: un tesorero millonario en Suiza, Granados en la cárcel por trincar con desparpajo mientras daba lecciones morales como tertuliano, el ex vicepresidente Rato en caída libre; Matas, coleccionista de penas; la telaraña Gürtel, los líos valencianos...

Y ahora la justicia apunta a Ignacio González. No ha sido la sorpresa del siglo. Difícil circular por los comedores madrileños sin escuchar alguna vez la coletilla de «Ignacio puede ser una bomba de relojería».

En la redada también ha quedado señalado un diario de conocida mala deontología, pero que seducía a altas figuras del Gobierno con lisonjas interesadas y favores televisivos.

La corrupción del PP abrió hueco para el nacimiento de un partido unipersonal y de ideas clónicas a las suyas, Ciudadanos (que por cierto tiene pendiente contarnos quién aportó el dinero para crear una formación nacional de un día a otro). Cansados de ponerse colorados, muchos votantes conservadores se fueron con Rivera y otros se quedaron en casa.

La reacción del PP ante sus pícaros fue lenta, a regañadientes. Rajoy, que es una buena persona, ha aprobado leyes contra la corrupción y ha ido limpiando la casa, pero a su estilo, moroso y como quien no quiere la cosa.

Todavía hoy le cuesta horrores reconocer las vergüenzas del pasado y pedir disculpas con convicción y humildad. Peor es lo de Aznar, bajo cuyos pies fermentó la carcoma. Siempre presto a dar consejos a la nación, falta su más mínima disculpa personal ante lo sucedido, cuando es evidente que falló en la vigilancia.

Para romper con un pasado como el que persigue al PP hacía falta algo muy sencillo: borrón y cuenta nueva. Lo hizo, pero a medias. Es cierto que ha ido expulsando a los corruptos -¡qué menos!-, y ha incorporado nuevos dirigentes y cambiado su praxis interna.

Pero la faena quedó incompleta al no abrir paso a un nuevo liderazgo. Todo el mundo sabe (e imagino que Rajoy también), que lo más saludable para el PP habría sido elegir en el pasado congreso a un nuevo líder, Feijoo, y abrir otra etapa, acudiendo a las elecciones con una generación más alejada de los bochornos del aznarismo.

No se hizo y hoy un partido que es medular para España, porque es el único que defiende en serio su unidad y no hace el imbécil con las cuentas, se levanta cada mañana esperando con aprensión las noticias de tribunales y dando así bazas a un telecomunismo sectario y populachero, que destrozaría el país.