Opinión
Jaime González. PD

Qué terrible paradoja: se ha tenido que morir Carme Chacón para que la política nos muestre su lado más humano, aunque ni la muerte haya logrado acercar posturas entre los tres candidatos a liderar el PSOE.

Chacón ha obrado el milagro de juntar a Susana Díaz, Pedro Sánchez y Patxi López, pero no ha conseguido que estrecharan sus manos. No es verdad que la política sea un lodazal y es seguro que tiene un rostro bueno, aunque a veces se empeñe en mostrarnos su parte más oscura.

La muerte de Chacón ha servido, al menos, para purificar el ambiente. Ha sido el Ganges donde esparcimos flores y llevamos a cabo el hermoso ritual de la ablución. Los tres candidatos a la Secretaría General del PSOE acudieron ayer al homenaje que se le rindió en Barcelona, pero no cruzaron palabras ni abrazos.

¿Tanto costaba? Estuvieron cerca, pero tan distantes que la pregunta resulta obligada: ¿Cómo es posible que no fueran capaces de encontrar un mínimo punto de encuentro en el dolor?

La política se empeña cada día en dar argumentos a quienes no ven en ella otra cosa que corrupción, ambición, venganza, codicia o vanidad, pecados capitales de un oficio tan reacio a mostrarnos su lado más humano que se diría que solo la muerte de capaz de descubrir el velo tras el que se esconden sus virtudes.

Y, sin embargo, de tanto en tanto, se obra un pequeño milagro: muere Carme Chacón y la política se nos muestra como un oficio tan noble como tantos, con gente que se conmueve ante el dolor por la pérdida de un amigo o un compañero. Y durante un rato, aceptamos que la política tiene más luces que sombras. Hasta que salta un nuevo escándalo de corrupción.

O una muestra de ambición. O una señal de venganza. O una prueba de codicia. O un ejemplo inequívoco de vanidad. Son los pecados capitales de una profesión que solo consigue mostrarse recta y cercana cuando la fatalidad nos descubre que también tiene un lado bueno.

Entonces, como ayer en Barcelona, esparcimos flores en el Ganges y llevamos a cabo el hermoso ritual de la ablución. Aunque no hubiera apretón de manos y el homenaje no resultara completo.