Opinión
Laureano Benítez Grande-Caballero. PD

Sin duda alguna, la característica más importante de la posmodernidad es la globalización, que pretende hacer de nuestro mundo una aldea global férreamente controlada por los sátrapas de la plutocracia mundial, en estrecha hibridación con sectas iniciáticas de todo pelaje y condición.

Esta mundialización opera a través de una siniestra manipulación de las conciencias, la cual usa como herramienta estratégica la creación de «correcciones», término bajo el que hay que entender la sujeción de todo pensamiento a unas pautas ideológicas marcadas por los conspiradores del NOM.

Aunque a estas «correcciones» se les da el nombre genérico de «pensamiento políticamente correcto», este tiene numerosas ramificaciones, que afectan drásticamente a todos los ámbitos de la vida humana. Por ejemplo, tenemos un pensamiento religiosamente correcto, que igual dice que todas las religiones son iguales, que el islam es una religión de paz; un pensamiento sexualmente correcto, cuyo principal postulado es que todas las formas de sexualidad son iguales; un pensamiento culturalmente correcto, basado en la afirmación de que no existe un nacionalismo cultural, ya que lo único real es la diversidad multicultural... incluso podríamos hablar de un pensamiento futbolísticamente correcto, que consiste en decir que el Barcelona es el único equipo que sabe jugar al fútbol, mientras que al Real Madrid los árbitros les regalan las victorias.

Estas «correcciones» nos invaden como si se tratara de icebergs que se descolgaran de los gélidos dominios del NOM para hundir «Titanics» a `placer, uno de los cuales es España, la joya de la corona. Y digo que semejan icebergs porque estos «pensamientos correctos» manipulan las conciencias a través de unos mecanismos que tienen una parte visible, que se desarrolla a plena luz del día, bajo los focos mediáticos incluso, al igual que un icebergs tiene una parte emergida plenamente visible; mas esta ingeniería de las conciencias opera principalmente a través de unas maniobras de carácter subliminal, que difunden sus consignas de «lavado de cerebro» utilizando mecanismos subrepticios que pasan completamente desapercibidos para la mayoría de sus víctimas. Estamos ante la parte oculta del iceberg, la parte sumergida.

Por ejemplo, uno de los «pensamientos correctos» por antonomasia del globalismo es el multiculturalismo, el cual está ampliamente difundido por los medios de comunicación. La eficacia de esta manipulación radica en su insistencia, en su continuidad, en el machaconeo mediático implacable sobre las excelencias de la diversidad cultural. Ésta es la parte visible del iceberg.

Sin embargo, ése no es el verdadero peligro, ya que, al estar expuesto con meridiana claridad, una parte de la opinión pública puede verlo venir, y crear anticuerpos contra él. La verdadera manipulación se efectúa a través de la parte sumergida del multiculturalismo, de su contraparte subliminal, que penetra en las conciencias sin chirriar, sin que nadie advierta su ominoso virus.

La parte oculta del multiculturalismo se realiza a través de lo que podríamos llamar como «pensamiento publicitariamente correcto». ¿Se han fijado ustedes en que muchas de las principales marcas de moda utilizan para su publicidad modelos que no son de raza blanca? Es realmente impactante observar que, en un país cuya inmensa mayoría pertenece a la raza caucásica, los escaparates y los carteles publicitarios están saturados de modelos muy alejados de nuestra etnia: negros -perdón, quise decir «afros»-, asiáticos, magrebíes, e incluso sudamericanos.

Epatante fenómeno éste, porque ¿se imaginan ustedes que van de turismo a cualquier país africano y se encuentran por las calles carteles publicitarios protagonizados por blancos? En un país como España, donde la escasa población «afro» no destaca precisamente por su poder adquisitivo, ¿por qué esta extraña insistencia de las casas de moda en utilizarla como recurso publicitario? No es que seamos un país racista, desde luego, pero estamos todavía muy lejos de considerar el cuerpo de los «afros» como modelo de belleza. Y, por mucho que nos esforcemos, amplias capas de la población española tienden a discriminar a las personas de raza afro.

Sin embargo, la sorpresa ante este misterio se resuelve enseguida si tenemos en cuenta que esta moda publicitaria no es sino la parte invisible del iceberg del multiculturalismo, fenómeno absolutamente indispensable para el establecimiento del gobierno mundial, ya que diluye las identidades nacionales en una amorfa amalgama, en un baúl de sastre donde nadie acaba sabiendo quién es, ni qué valores tiene, ni a dónde va, ni de dónde viene.

No creo que sea pecar de paranoico afirmar que el pensamiento publicitariamente correcto es parte del entramado ideológico de la ideología multiculturalista que quiere imponernos el NOM, que nos machaca subliminalmente por tierra, mar y aire con la propaganda de la diversidad cultural... desde las bancadas del Congreso, hasta las poltronas mediáticas; desde los libros de texto hasta los escaparates comerciales.

El objetivo de toda esta propaganda políticamente correcta es, como sucede con todas las ideologías manipuladoras, crear mitos. En este caso, el mito del multiculturalismo. Porque, como dijo George Orwell, «los mitos que son creídos tienden a convertirse en verdaderos» y, «todas las mentiras provienen invariablemente de gente que no está peleando». Y pensando.