Opinión
David Gistau. AC
Los medios de comunicación incluidos, hay que admitirlo, que desde la primera hora se sintieron personalmente aludidos para tomar posición en una batalla en la que no serían sólo cronistas

EL discurso inaugural de Trump contuvo una declaración de guerra explícita a «El Pantano» que iba a encargarse de secar. Entendido éste -a estas alturas ya es un cliché- como la casta política de Washington, sus «think-tank», sus «lobbies», sus medios de comunicación, sus conspiraciones y sus intrigas, en definitiva, sus parásitos consagrados como tales por el discurso de un personaje exógeno que estableció su propia versión de una soberanía popular que debía ser restaurada.

Aquel día, esa expresión de hostilidad a Washington fue festejada en el Mall por miles de americanos ajenos al elitismo cosmopolita, procedentes de las carreteras en las que habían pasado días para llegar -algunos, como muchos moteros que vendían chapas y camisetas, sin dinero para pagarse el viaje de regreso-, y que tenían con su capital una relación paradójica.

Por una parte, admiraban los monumentos fundacionales y se fotografiaban ante ellos. Por otra, recelaban del entorno, lo consideraban maligno y culpable y percibían el desprecio que inspiraban en una gran urbe demócrata en la que es difícil ver un porche sin una consigna progresista pegada en la puerta.

Para los peregrinos de Trump, era como si Washington hubiera profanado el significado de monumentos como el de Lincoln, delante del cual permaneció congregada una muchedumbre en la que abundaban los sombreros Stetson y los parches de veteranos de guerra.

De una forma algo distorsionada, y desde luego menos pastoral, Trump encauzaba la misma visión de Washington como capital podrida por la ambición de la política profesional y la misma necesidad de purificarla que Frank Capra cuando introdujo en el cotarro la candidez de su Mr. Smith.

Ignoro en qué medida Trump era consciente de ello cuando arengó el Mall contra Washington.

Pero el Pantano escuchó la declaración de guerra y la aceptó. En los días posteriores a la inauguración, empezando por el mismo domingo en que salió a la calle una muchedumbre racial y sociológicamente diversa del Mall trumpiano, fue posible apreciar que el sistema inmunológico de Washington detectaba el cuerpo intruso y se activaba contra él.

Los medios de comunicación incluidos, hay que admitirlo, que desde la primera hora se sintieron personalmente aludidos para tomar posición en una batalla en la que no serían sólo cronistas.

Como habría dicho un antiguo, los acontecimientos se han precipitado. Las filtraciones de James Comey y sus aparentes propósitos de venganza, la hipótesis rusa, el nombramiento de un investigador especial... Todo forma parte de esa batalla de Trump versus El Pantano que el propio Trump se propuso librar, supongo que sabiendo que no sería fácil.

Por eso no entiendo su victimismo cuando alega sufrir una caza de brujas. Porque esta guerra no sólo la quiso, no sólo la proclamó como una herramienta purgante, sino que es precisamente la que lo legitima antes quienes lo corearon aquel día de enero en el Mall. Un Trump integrado en Washington es lo que nadie de ahí quería ver.