Opinión
Jon Juaristi. PD

DESDE su mismo origen, la obsesión de ETA fue destruir al PNV, quedarse con sus restos y hacerse con el monopolio del nacionalismo vasco. Ha sucedido o está a punto de suceder todo lo contrario.

El cambio de los estereotipos prestigiosos en el medio abertzale es sólo un síntoma, pero muy significativo: al Gudari (léase al Terrorista) lo ha desbancado el Chef.

O sea, el Txef. Si alguien ha prosperado en el País Vasco durante los años de plomo ha sido el gremio del fogón, el de los artistas de la equidistancia. No es de extrañar que los chavales euscaldunes se pirren por entrar en las escuelas de hostelería.

El martes abandonó la cárcel de Nanclares Idoia López Riaño, hija de inmigrantes salmantinos.

Lo terrible de esta mujer, que ingresó en ETA a comienzos de los años ochenta, cuando andaba por los veinte, es que entonces el terrorismo nacionalista significaba a la vez una salida profesional para lo más bruto de cada casa y una vía rápida de integración de los maquetos en el «pueblo vasco», o sea, en la entelequia racista diseñada por Sabino Arana.

Idoia se dejó atrapar en el delirio, con espantosas consecuencias para sus víctimas y los familiares de estas. Si hubiera nacido treinta años después, no habría matado a nadie. O sí, pero con la sola ayuda del colesterol.

El estereotipo representado por López Riaño se ha desacreditado por completo. Ahora, las chicas vascas quieren ser como Edurne, la donostiarra de Master Chef, pero más temprano y sacando el título.

Y esto al PNV le viene de miedo. Dentro de poco se le ocurrirá al lendakari o a cualquiera de sus consejeros alguna fórmula para la reinserción social de los etarras como pinches de cocina, que en los pesqueros de Bermeo se llamaban chos, aquellos cocinillas como el que retrató el pintor bilbaíno Adolfo Guiard limpiando una merluza (el cho, no Guiard).

La metáfora gastronómica sirve también para lo que ya está haciendo el PNV con los restos de la izquierda abertzale: merendárselos como pintxos. Da pena ver cómo la comparsa de Otegui sigue impostando un lenguaje de resistencia heroica frente al pasteleo del partido de Urkullu con el de Rajoy.

Esta misma semana, Anasagasti pedía a unos tipos de Bildu que fueran coherentes. Si los de Bildu exigen al PNV que negocie con el Gobierno central asuntos como el acercamiento o la excarcelación de los presos de ETA, venía a decir Anasagasti, que le dejen negociar en paz el concierto económico, los presupuestos y lo que le dé la gana. No le faltaba razón.

Que el PNV se haya alzado con el santo y la limosna en el caso de ETA, no quiere decir, sin embargo, que al PSOE le vaya igual de bien ante el desafío de Podemos, que pretende hacer con el partido de Pablo Iglesias Posse lo que ETA quería hacer con el de Sabino Arana Goiri. Todo apunta a que Pablo Iglesias Turrión se saldrá con la suya, gracias a la radicalización suicida de la militancia socialista.

A lo mejor vuelven los buenos tiempos de la Restauración alfonsina, los de Cánovas y Sagasta, con una izquierda extraparlamentaria, republicana y federal, y cantonalistas como los de Alcoy o Cartagena campando en la orla de un sistema de alternancias pactadas entre Rajoy y Rivera, mientras los pinches preparan pinchos en Sukalderría, o sea, Basqueland, que volvería en breve a ser la Corte del verano, como en tiempos de María Cristina, con gran alegría por parte de los donostiarras: «Regatas en San Sebastián/ hoy tengo alegre el corazón/para apostarme, cincuenta a diez/ que gana

Aita Manuel:/El traje nuevo me pondré/ y después de misa mayor/ iré a contemplar/ cómo va a ganar/ San Pedro contra San Pablo».

Huy, qué lapsus. Contra San Juan, quería decir.