Opinión
Antonio Burgos. PD
Es un orgullo tenerlo aquí con nosotros. ¡Por usted y por España!

VIENDO la corrida de la Beneficencia en Las Ventas fuimos más de tres y más de cuatro los que nos acordamos del estadio Vicente Calderón y de la malhadada final de la Copa del Rey de fútbol.

En los toros no hay Copa; hay todo lo más, vaso de bebida larga para entrar fardando, con él puesto, a la contrabarrera o al tendido. Por tanto, en el toreo no hay final de Copa. Pero sí una especie de final del larguísimo ciclo de San Isidro: la corrida de la Beneficencia.

Que como con mucha gracia decía Andrés Amorós en su ingeniosísima y brillante crónica en forma de romance se llama Beneficencia porque es a beneficio... de Simón Casas y de la empresa de Madrid.

Y en esta final de la Beneficencia, con la plaza engalanada, me acordé, como tantos, por el contraste, del estadio Vicente Calderón. Había hasta gente en la puerta esperando que llegara Su Majestad el Rey Don Felipe VI, que Dios guarde, porque falta le hace a España que nos lo cuide. Y cuando llegó el Rey, con el ministro de Cultura y la presidenta de la Comunidad de Madrid a la cabeza, estaba esperándolo un respetuoso comité de recepción que no he visto más cabezadas, más taconazos y más genuflexiones laicas pero monárquicas, como la perfecta de la marquesa de la Vega de Anzo, que es tela de aficionada a ambas cosas, a los toros y a la Corona.

Cualquiera que no sepa lo que es el toreo, su liturgia, sus ritos, el conservatorio de valores que representa la Tauromaquia, pensaría:

-¡Verás tú la pitada que le van a pegar al Rey cuando entre en la plaza y aparezca en el palco!

Eran los que se creen que Las Ventas son el Vicente Calderón, y la Beneficencia, la final de la Copa que paradójicamente lleva el nombre del Rey que recibe en ella, ya como una tradición, las mayores tricolores faltas de respeto cada año. ¡Igualito!

Apareció Su Majestad en el palco real y de momento toda la plaza se puso en pie para aplaudirlo. Y luego sonó la Marcha Real, tocada por una especie de Banda de la Sopa, un desprestigio para la que se proclama como primera plaza del mundo. Y se hizo un impresionante silencio mientras sonaba la Marcha Real.

Que se tornó en ovación, intensa y larga, a su término. Y en un «¡Viva el Rey!», desde el tendido. Y ni un silbido, ni un abucheo: ni al Rey ni al himno. Una maravilla de respeto a los símbolos de España en su Fiesta Nacional. Y luego, pero no después, los brindis de los tres toreros, El Juli, Manzanares y Talavante:

«Es un orgullo tenerlo aquí con nosotros. ¡Por usted y por España!».

¿Se imaginan que en la final de Copa, cada vez que algún jugador fuese a marcar un gol por toda la escuadra, antes de pegarle al balón mirara al palco y dijera a Don Felipe VI: «¡Por Su Majestad y por España!»?

En esta España «sin», sin valores y sin vergüenza, y sin sentido de Patria, y sin defensa de su Unidad, y sin exigencia por el Gobierno del cumplimiento de su Constitución, era una gloria ver al Rey en el palco de Las Ventas también en plan «sin»: sin silbidos al himno, sin abucheos a Su Majestad.

¡Y eso que en Las Ventas se silba tela! ¿Habrá algo que silbe más profesionalmente que ese Tendido 7? Allí lo silban todo: un toro que quieren devolver, un muletazo con el pico, la pretensión de un saludo tras la faena...

Y fue una maravilla ver que hasta el mismísimo temible Tendido 7, el de los pañuelos verdes, lleno de virtuosos solistas y coros de los silbidos, se rompía las manos aplaudiendo a Don Felipe VI y a la Marcha Real. En Las Ventas los silbidos y abucheos los guardan para El Juli, no para el Rey ni para el himno de España.

Por eso, Señor, déjese de fútbol, aunque sea en el campo de su Atlético de Madrid, y vaya más a los toros, donde la afición se siente orgullosa de nuestra España, nuestro Rey y nuestro himno. ¡A los toros, a los toros!