Opinión
Ignacio Camacho. PD

EXISTE una diferencia esencial, programas e ideologías aparte, entre la izquierda y la derecha en España, y es el modo en que ambos sectores se miran a sí mismos.

La izquierda lo hace con un orgullo de identidad expresado en términos de superioridad moral, y la derecha en un tono vergonzante que le obliga al camuflaje del centrismo. Sus respectivos electorados lo ven de un modo mucho más claro: tienen un fuerte sentido de pertenencia y votan en buena medida para evitar que gobiernen los adversarios.

Pero mientras en la hemisferio zurdo del mapa ideológico abundan las demandas de unidad y los requerimientos para converger en el objetivo común de desalojar al PP del poder, en el diestro pervive un complejo culpable y remordido por colaborar en la defensa de un modelo común de orden social, económico y cívico.

Hay, o debería haber, mucha menos diferencia entre el PP y Ciudadanos que entre el PSOE y Podemos; sin embargo es más fácil percibir en los dos últimos, dentro del lógico pulso por la hegemonía, la conciencia de estar abocados a construir juntos un mismo proyecto.

Si el Partido Socialista tuviese ocho millones de votos y los populistas tres, no habría caso de corrupción capaz de comprometer su alianza de Gobierno.

La tensión y el recelo entre las cúpulas dirigentes resultan patentes en ambos segmentos.

Son sus votantes, bifurcados generacionalmente, los que mediante una especie de automatismo mental empujan a favor de coaliciones de hecho. Los dos partidos liberales colaboran en cuestiones esenciales como la investidura y los presupuestos, pero hay una palmaria incomodidad mutua entre ellos.

Mantienen una cohabitación enojosa y tirante, susceptible de romperse al menor pretexto. En torno a los escándalos del marianismo -que no representan cuestión menor, desde luego- se ha levantado una barrera bajo la que es fácil atisbar un conflicto más hondo, una discrepancia sustancial, de principios e ideas, que interfiere, complica y enturbia cualquier acercamiento.

En el bloque de izquierda la disidencia es estratégica: dos fuerzas que disputan el liderazgo sectorial sabiéndose impelidas al acuerdo. Su problema es de química (entre los líderes), no de física como en el sector de la derecha, donde el alma socialdemócrata de Cs tiene dificultades para aceptarse como parte de su acervo.

En el congreso socialista se escucharon ayer arengas de convergencia proclamadas sin atisbo de remordimiento; les faltan votos para sumar mayoría pero si los consiguen no cabe dudar de que aparcarán matices discordantes para llegar a un arreglo.

Ése que entre el PP y Ciudadanos se encuentra siempre a punto de fricción, colgado de un débil alero. Y que cuando se alcanza no parece el fruto de una comunidad natural de principios y valores sino la expresión precaria de un mal menor, de una responsabilidad forzosa, de una servidumbre antipática, de un compromiso imperfecto.