Opinión
Ignacio Camacho. PD

EL PSOE que conocíamos ha dejado de existir. Cautivo y desarmado el bando socialdemócrata, los sanchistas alcanzaron ayer en Madrid sus últimos objetivos orgánicos.

La guerra ha terminado y la ha perdido el modelo de partido clásico. Los barones críticos han sido arrollados, vae victis, y el nuevo líder se ha blindado en la militancia contra cualquier tentación rebelde del aparato. Del XXXIX Congreso nace, como de un antiSuresnes, el Partido Sanchista: cesáreo, plurinacionalista y asambleario.

Del baño de masas en Ifema se autoexcluyeron los perdedores de las primarias, los dirigentes del viejo orden derrotado. González, Zapatero y compañía se negaron a sumarse al coro de aplausos.

Susana Díaz, relegada a una simbólica fila 12 el sábado, ha ordenado repliegue a los suyos y los jefes territoriales de Valencia y Aragón empiezan a montar barricadas para defenderse del inminente asalto. No ha habido batalla ni resistencia sino aplastamiento simple y llano. El ruido aclamatorio de las bases ha puesto sordina a un crujido de huesos rotos y espinazos quebrados.

Sánchez ha liquidado la vieja estructura de la organización para adecuar su proyecto al objetivo de la convergencia con Podemos. Incluso ha fundado sus propios «círculos» mediante plataformas provinciales de partidarios que funcionan como brigadas de pretorianos o núcleos de contrapoder interno.

El nuevo PSOE de la refundación está construido para que el liderazgo sobreviva a otro eventual fracaso electoral enrocado en el mantra del empoderamiento; incluso ante la improbable censura de un Comité federal bajo su completo control, sólo se le podrá destituir o revocar mediante referéndum.

Un patrón peronista que bajo la coartada de la decisión de los militantes residencia en el secretario general un mando unívoco y directo. Se acabaron los poderes de representación intermedia; ya no hay más interlocución posible que la del vínculo caudillista entre los afiliados y un demiurgo llamado por su nombre: Pedro.

El proceso de aproximación al esquema populista incluye la construcción de un enemigo externo. El PSOE sanchista se autodefine primordialmente por su oposición al PP, cuyo desalojo constituye un imperativo categórico y moral que evita la elaboración de un programa concreto.

La célebre plurinacionalidad de España no es más que el comodín retórico para tender puentes con Podemos y los nacionalistas en el designio de común echar a Rajoy del Gobierno.

La definición ideológica se simplifica con un antagonismo maniqueo: derecha e izquierda, ellos y nosotros, malos y buenos. Sin oposición, sin disidencia, sin sectores críticos con peso, Sánchez tiene vía libre para conducir al partido a un territorio político manejable a su conveniencia y criterio.

Las siglas históricas no son más que una carcasa para enfundar su adanismo personalista; se ha quedado con la marca y ya no necesita el resto.