Opinión
Jafet Barreto.

Como ya viene siendo costumbre año tras año, convivimos con datos nada alentadores en materia educativa en boca de los máximos responsables de nuestro Gobierno. Pero, más allá del "lloriqueo", del cinismo de algunos políticos y aceptando que somos uno de los países de la UE con mayor porcentaje en fracaso escolar, yo me pregunto: ¿Es que los españoles somos los más "tontos"? Desde luego que las cifras no invitan al optimismo, pero, a pesar de lo abrumador de la realidad, hay que intentar ir más allá; ver, por ejemplo, que somos también de los que menos invertimos del PIB en educación. Revelador, ¿no?

A estas alturas del partido creo que ya a nadie se le escapa que la lucha contra el fracaso escolar comienza por un incremento drástico del gasto público en educación. Es más, considero que no es de ser aventurado el afirmar que, para paliar las deficiencias del sistema educativo, hoy por hoy, se tendría que dedicar el 7% del PIB a la enseñanza pública. Y es que, hasta la fecha, nuestro país no sólo ha sido uno de los países de la UE que más ha recortado, (un 12% entre 2010 y 2012, frente al 3% de media de la UE), sino que históricamente se ha invertido menos de un 4,3% del PIB. No lo digo sólo yo, sino es ya dato más que barajado y, si me apuran, cotejado, confirmado... el que apunta que, si pretendemos algún día podernos equiparar a dichos países, habría que destinar, durante dos años y de forma íntegra, 6 mil millones de euros a la inversión en nuevos centros educativos, en el incremento en la cuantía y en el número de beneficiarios de becas, en la mejora de instalaciones e infraestructuras, etc. Como colofón, no sería una utopía la puesta en marcha de una serie de medidas sociales que, sin duda, contribuirían a mejorar la realidad educativa, como es el aumento en la dotación, en barrios y ciudades, de equipamientos culturales públicos.

Y si, como se suele decir, "al pan, pan y al vino, vino", evitando así pecar de "irme por los cerros de Úbeda", pues bien, la política de recortes agresiva emprendida y que se ha ido sufriendo a lo largo de estos años va encaminada a desmantelar la educación pública. Consecuencia de ello es, sin irnos muy lejos, el cuanto menos bochornoso y dramático espectáculo que hemos tenido que presenciar por parte del consejero de sanidad madrileño, con "sus abanicos de papel" ¿Se acometerá las reformas necesarias para acondicionar los centros escolares? ¿Comprenderán que ésta es un servicio primordial en toda sociedad democrática que contribuye a la igualdad de oportunidades, la cohesión social y consolida el tan anhelado estado de bienestar?

Señores, si es que no se está pidiendo nada del otro mundo. Simple y llanamente, que la clase política garantice el cumplimiento del derecho a la educación pública, pero una educación pública de calidad, en la que no se continúe con la reducción constante de los presupuestos educativos, sino que fije sólidas bases que posibiliten la mejor formación, entiéndase con ello infancia, juventud y personas adultas con dichas necesidades. El resultado es claro, si no se desestima en gastos en educación, tendremos una sociedad más preparada y con mejores expectativas de desarrollo en el futuro. Ya, y ahora me dirán, que "el dinero es el que hay". "Que no hay varitas mágicas y que no hay una maquinita que haga el dinero por el amor al arte". Por lo pronto, "otro gallo nos cantaría" si el ministro de economía se afanara en "recuperar lo máximo posible" pues, cinco años antes había asegurado que el recorte bancario no tendría coste para el contribuyente y, ahora, el banco de España da por "perdidos" más de 60.000 millones de euros. Ya tienen tarea. ¡Manos a la obra!