Opinión
Hermann Tertsch. PD
La práctica de ocultar delitos, incidentes, conflictos y todo tipo de noticias protagonizadas por inmigrantes es ya general

EN este mundo de apariencias armoniosas, alegrías artificiales socialmente obligadas y ocultación del dolor y de la muerte real, en el que solo se ve morir en el plasma -de broma o muy lejos-, la muerte de un torero en la plaza es como la caída de un rayo cargado de verdad.

Que conmueve a este mundo infantilizado porque abre por un instante la puerta blindada entre nuestro circo cotidiano y el Más Allá. Con pocos sucesos toma conciencia el público de la inmediatez de la muerte como con la tragedia de Pozoblanco con Paquirri, después con Víctor Barrio o ahora con Iván Fandiño. No hay verdad más rotunda que la muerte.

Y esa pone en perspectiva todas las demás. ¿Adónde íbamos a ir a parar si se deja que el hombre retome conciencia trascendente? Precisamente por eso odian la tauromaquia los más aguerridos jenízaros de esta sociedad moderna del socialdemocratismo redentor y sus variantes radicales toleradas. La odian tanto como al cristianismo. No solo porque la identifican con España y son tan hispanófobos como cristianófobos o antitaurinos.

Todo lo que tenga verdad es un peligro para sus propias construcciones del dominio blando con el pensamiento débil. Las dosis extremas de sentimientos fáciles son anestesia perfecta para evitar la percepción de verdades duras y toda demanda intelectual de las mismas.

Así se convierte a la sociedad en un inmenso kindergarten en el que se mete miedo para fomentar el consumo de los consuelos pertinentes. Las verdades de la realidad humana, presentes durante siglos cuando no milenios, se sustituyen con ocurrencias y pasatiempos. Con efectos devastadores.

Porque se impide la reacción eficaz ante amenazas que se agravan mientras se niegan. Eso sí, se inventan otras para la buena conciencia de una sociedad que consume mucha alfalfa ideológica y ninguna verdad, como los cerdos de Ceaucescu, serrín en vez de pienso.

Las sociedades occidentales avanzan dramáticamente por la senda de la idiotización gregaria con una cada vez más virulenta hostilidad al discrepante.

Que por serlo es malvado. Hace unos días en un debate televisivo sobre el calentamiento global, un participante quiso recordar variaciones climáticas extremas del pasado. Nada más sugerirlo recibió la amenaza:

«Ni se te ocurre ir por ese camino».

Y se calló. A diario los medios de comunicación dan decenas de ejemplos de cómo modificar la realidad para adecuarla a la ideología dominante. Con una procacidad y buena conciencia propia de los totalitarios clásicos.

La práctica de ocultar delitos, incidentes, conflictos y todo tipo de noticias protagonizadas por inmigrantes es ya general.

Hay realidades terribles ocultas y verdades prohibidas porque publicarlas favorecería al racismo, dicen. Pero así favorecen la impunidad. Y su repetición y su multiplicación.

En España la deriva separatista amenaza la propia existencia de la nación. Pero durante años denunciarlo equivalía a proclamarse ultraderechista.

En las universidades ya solo hablan los más radicales del mantra ideológico del kindergarten. Se descarta todo discurso que altere los ánimos y rompa la conformidad. Todo lo genuino es peligroso.

En el kindergarten está ya terminantemente prohibido decir cosas que todos sabemos ciertas. Como que donde caben diez puede que no quepan mil. Como que no todas las culturas son iguales. Prohibido decir verdades.

Bajo castigo, no de cara a la pared sino de muerte civil. Para evitarla, consúmanse potitos obligatorios de ecologismo, de emoción solidaria y laicidad ternurista, sopitas de animalismo y pastillas de antifascismo que es el fascismo que hace sentirse bien.

Y, sobre todo, nada de épica, del abismo de la muerte, nada de toros, nada de Dios y nada de gloria, densos purés de igualitarismo, el mayor enemigo del hombre libre, la mejor arma del totalitarismo.