Opinión
Antonio Sánchez Cervera.

Los gibraltareños, ni desean ser españoles o formar parte de nuestro Estado, ni compartir la soberanía británica.

Esta premisa es tan certera como realista, y cualquier planteamiento que en estos momentos se haga sobre Gibraltar, ha de partir de la misma. De lo contrario, el esfuerzo será estéril, infructuoso y hasta quimérico.

Indudablemente, el Brexit, por ahora, solo ha generado incertidumbre para todas las partes en la contienda.

Gibraltar se enclava en el Campo de Gibraltar, ahora bien, sus poblaciones no son hermanas y si conviven y se interrelacionan pacíficamente es porque cada lado de la verja mantiene su statu quo.

Así pues, ¿qué debe hacer España en la situación actual?

En primer lugar, callar, esperar y estar con Bruselas de cara a las negociaciones de la ruptura inglesa. Nada más. Ni por asomo, ni siquiera insinuar las cartas que puede tener nuestro país de cara al futuro de la Roca, mucho menos hablar de cosoberanía.

Cuando se consuma el Brexit , si al final así fuese, la verja se convertiría auténticamente en una frontera exterior. El Reino Unido tendría que velar por los intereses de los gibraltareños, teniendo en cuenta que Bruselas no lo haría por los intereses británicos. En ese tiempo, ni las autoridades del Peñón podrán arrojar bloques de hormigón en aguas en disputa, ni habrá observadores de la UE que en cierta manera puedan venir a analizar o controlar la postura adoptada por España ante un hecho irregular llevado a cabo por Gibraltar.
España solo debe plantear la aceptación por todos de la cosoberanía si realmente los gibraltareños sufren y padecen en sus carnes las consecuencias que el Brexit les ha acarreado y, como consecuencia, son ellos mismos los que comiencen a llamar a la puerta de España por pura necesidad material interesada, pues no olvidemos que los habitantes del Peñón no quieren ni en pintura que su espacio vital se convierta en una prolongación de la Línea de la Concepción y, aunque, en general, tienen una ínfima cultura, no son tontos en absoluto para las cosas del vil metal, sobre todo cuando se obtiene de manera fácil, cómoda e irregularmente, en muchos casos.

El fenómeno a modo de seísmo económico se producirá cuando comiencen a perder una buena parte de su privilegiada situación fiscal y de negocios, incluso durante las negociaciones del Brexit. Piénsese en una huida, por ejemplo a Malta, de las grandes multinacionales de operadores de juego porque ya, lógica y justificadamente, no les interese Gibraltar, dado que y, entre otras razones, desaparezca el libre intercambio de personas y mercancías con Europa, el principal mercado del mundo en este negocio.

Gibraltar no debe ser un problema para España si no una carga para el Reino Unido. Por eso insistimos, España no debiera ni hablar ni dialogar sobre Gibraltar en términos de cosoberanía. Solo debe hacerlo cuando los gibraltareños asuman que sus condiciones han cambiado sustancialmente.

Además, la comarca del Campo de Gibraltar está ya en gran medida potenciada industrialmente, contando Algeciras con el puerto de transito más importante de Europa. Sí debiera invertirse en infraestructuras ferroviarias y de carretera, en medidas medio ambientales y en un plan de empleo que absorba a una gran parte de los trabajadores españoles que ahora tienen que prestar sus servicios laborales en Gibraltar, pues no hay que olvidar que cuando el fuelle de negocio gibraltareño deje de insuflar, los actuales puestos de trabajo de los españoles se extinguirán sin solución de continuidad y sin "regulación de empleo".

España ha cambiado en tiempo, forma y fondo. La Monarquía española, internacionalizada positivamente, está potenciando nuestras relaciones comerciales, alejándonos del lamentable y torpe aislacionismo en el que nos hemos encontrado durante muchas décadas.

Los lazos, al menos aparentemente estrechos con la Monarquía inglesa, está uniendo Londres con Madrid. Por, eso, el Gobiernos de España, además de ser prudente y cauto ni debe lanzar un desafío al Reino Unido en torno a Gibraltar, ni exigir, en estos momentos, condiciones que a priori están vetadas de antemano. Tiempo al tiempo. Seriedad. Caution. No es ahora el momento de Gibraltar.

Por cierto, nuestra Reina ha brillado en soledad en la inigualable Pompa británica, mientras su marido, nuestro Rey, impecable, agradecía a "tía Lillibeth"su generosidad.
Lo decíamos antes, las cosas están cambiando.