Opinión
Edurne Uriarte. EP

SI alguien salió de España hace mes y medio, justamente después de que Sánchez anunciara su apoyo al Gobierno contra el referéndum ilegal, y viajó tranquilo por aquello de la unidad constitucionalista, debería leerse su entrevista de este 17 de julio de 2017 en «La Vanguardia».

Para volver a la cruda realidad. Que consiste en que Pedro Sánchez asume al menos cuatro mentiras del nacionalismo, y, además, ofrece otra.

La primera, la mentira ofensiva, la identificación de los nacionalistas con toda Cataluña. Si hasta el líder de la oposición y aspirante a presidente de Gobierno de España asume que lo que reivindican los nacionalistas es lo que quieren todos los catalanes, es difícil que los otros alcen la voz.

Casi tan difícil como que los seguidores del Barça que se sienten españoles, por ejemplo, saquen una bandera nacional en medio de las pitadas al himno. Porque, oficialmente, no existen. Ni siquiera para Pedro Sánchez que exige al Gobierno que ofrezca «una solución política», «a Cataluña». No a los nacionalistas del PdeCAT, de ERC y del CUP (menos de la mitad del voto en las autonómicas pasadas), sino «a Cataluña».

La segunda, la mentira hábil del nacionalismo, asumida en la práctica por Sánchez y por la gran mayoría, la idea de que el referéndum es una reivindicación mayoritaria por lo que hay que darle una respuesta política. Aquello de que «todos quieren decidir», lo que se sostiene tramposamente con encuestas. Y, en efecto, la gran mayoría responde que sí, si usted le pregunta si quiere decidir sobre el futuro de Cataluña en un referéndum.

Claro que la gran mayoría respondería exactamente igual en cualquier pregunta sobre un referéndum y contaríamos con una amplísima mayoría favorable a decidir en referéndum sobre el futuro de España o la supresión de las multas de tráfico o el establecimiento del derecho laboral a seis meses de vacaciones.

La tercera, la mentira burda, la de que existe en España una «recentralización». Es asombroso, pero el líder de la oposición lanza la misma acusación que los nacionalistas. Y hasta parece creérselo.

Cierto que millones de personas en el mundo aún creen que Elvis sigue vivo, lo que me causa el mismo asombro, pero con el alivio de que tal creencia no tiene consecuencias políticas y la de Sánchez sobre la recentralización las tiene, e importantes.

La cuarta, la mentira piadosa, piadosa para con ellos mismos, que Sánchez y la izquierda comparten con una negación. La negación del componente económico fundamental del movimiento independentista.

Esto no es un problema de «desamor», como dice Íñigo Errejón, es más bien de dinero, del dinero que los independentistas no quieren repartir con las regiones menos ricas de España. Lo que debería, teóricamente, repugnar a la izquierda igualitaria, la que dice defender la igualdad entre todos los españoles y los mecanismos de redistribución para lograrla. De hecho, lo llaman extrema derecha y hasta fascismo cuando lo plantea la Liga Norte, por ejemplo, en Italia.

La quinta, la mentira creativa, que es propia de Pedro Sánchez y del PSOE porque no interesa ni al propio nacionalismo, la mentira de la «solución federal», llamarle a lo nuestro como a lo de Alemania para tener la misma o menor descentralización que ellos y la misma posibilidad de declarar la independencia unilateral, es decir, ninguna.

Y, además, añadirle que se trata de igualar a los ciudadanos de todas las comunidades, que es justamente lo que no quieren los nacionalistas. Así está de precaria esta salud de la «unidad constitucionalista», y ésa es la gran baza del independentismo.