Opinión
Ignacio Camacho. PD

DE no haberse embarcado en el delirio de la secesión, el nacionalismo catalán podría estar obteniendo petróleo de sus ocho escaños en el Congreso. El PNV ha entendido mejor su posición de ventaja y se ha convertido en el factor clave de la legislatura con tres diputados menos; sólo que en vez de pedir la luna negocia inversiones, infraestructuras y rebajas en el concierto financiero.

Las tornas se han invertido desde los tiempos de Ibarretxe, que al menos respetó siempre la legalidad, y ahora son los vascos quienes desempeñan el papel de estabilizador del Presupuesto.

Con un Gobierno en minoría y el PSOE subido a un monte frentista lejano del consenso, la burguesía del Principado ha perdido la oportunidad de contar en Madrid con una representación pragmática capaz de abrir, como antaño, nuevas vías de autogobierno. La política, como arte de lo posible, consiste en saber aprovechar los momentos.

Sin embargo, la experiencia demuestra que la lealtad histórica del PNV no da para lanzar campanas al vuelo, como ha hecho Rajoy con voluntarismo manifiesto. El vigésimo aniversario del crimen de Miguel Ángel Blanco se ha celebrado piadosamente sin el relato completo: un año después de aquel horror Arzalluz firmó con ETA en Estella el más ominoso de los acuerdos.

Y el actual discurso conciliador y moderado de Urkullu, que relega la independencia a un remoto objetivo más testimonial que estratégico, se parece al que Artur Mas sostenía por escrito en 2003, cuando Pujol lo empezaba a promover como testaferro. El nacionalismo es una aspiración emocional siempre insatisfecha que, más temprano o más tarde, acaba por sacrificar la racionalidad a los sentimientos. Como en el chiste del escorpión que por naturaleza tiende a soltar el veneno.

La actitud cooperativa de los peneuvistas, elogiada por el presidente, puede servir para estimular a los catalanes sensatos que aún sean capaces de entender el ejemplo y de darse cuenta del coste real, contante y sonante, que les general el dichoso «proceso». Pero ir mucho más allá en la confianza rayaría en el autoengaño del pensamiento.

Los nacionalistas vascos aprovechan la coyuntura para afianzar su hegemonía y crear estructuras cuasi confederales que los acercan a su auténtico anhelo. Y poco a poco van subiendo el listón: ya han pedido para 2018 la Seguridad Social y las cárceles, es decir, la ruptura de la caja única y el control sobre los presos.

Que no son unos presos cualesquiera sino los que han provocado a la democracia mayor sufrimiento. Si algo ha demostrado la historia reciente es que el nacionalismo es un mal aliado.

Puede servir de socio táctico ocasional, de compañero de viajes cortos, pero al final siempre se muestra como lo que es: un adversario de la unidad del Estado con el que nunca nadie podrá contar -¿cuánto tardaremos en entenderlo?- para construir un modelo de país igualitario.