Opinión
David Gistau. AC

EL interrogatorio no fue a un testigo, sino a un culpable recién capturado en la estación cuando intentaba huir.

Tanto fue así que al abogado Benítez de Lugo, a quien se notaba la impaciencia por cobrarse la pieza, sólo le faltó ofrecer tabaco y orientar el haz de una lámpara al rostro de Rajoy. No había el menor interés jurídico.

En la atmósfera sólo existía la expectativa de ver si a Rajoy se le disparaba a la cabeza una frase como si en esa mesita de colegial estuviera jugando a la ruleta rusa como Chistopher Walken.

Pero la pistola siempre hizo clic. Rajoy zafó. Zafó a pesar de que en un alto cargo sólo sea posible aceptar tanta ignorancia de los asuntos económicos y de los movimientos oscuros si se trata de un inepto gigantesco, engañado por todos. Zafó a pesar de Bárcenas.

Zafó a pesar de sentirse cómodo cuando el partido paga los pasajes de los viajes recreativos de su familia -¿y qué más de lo que no es profesional?, ¿no es la descarga de esos gastos personales el equivalente de un sobresueldo?-.

Zafó de tal forma que sus acusadores del Comité de Salud Pública mediático/político no lograron ocultar la decepción cuando ya se lo imaginaban condenado hasta por el escenario. Uno de ellos, frustrado, se alivió en lo de Ferreras con una frase significativa de los tiempos: «Bueno, pero la Gente sabe que es culpable».

¡Acabáramos! La Gente. Lo que la Gente sabe. Lo que a la Gente se le ha dicho que sepa.

La próxima vez, para que no se escurra, a Rajoy habrá que hacerlo comparecer en un tribunal popular, donde sólo decide lo que la Gente sabe, aquello que a la Gente se le ha dicho que sepa durante meses de propaganda tremendista que arrancaron en aquellos tiempos en que la prima de riesgo, colocada en la esquinita superior de la pantalla, era como una cuenta atrás hacia la extinción de toda forma de vida. La prima de riesgo, ¿la recuerdan?

Quedan pocas posibilidades de que podamos indagar en la corrupción del PP con serenidad y asepsia. PSOE y Podemos han distorsionado esa necesidad higiénica al convertir la corrupción en el arma con la cual desalojar a Rajoy aquí y ahora, inmediatamente, antes de que la sociedad termine de absorber esos años y empiece a aceptar de Rajoy el argumento de la estabilidad económica.

Esa prisa, esa obsesión, está convirtiendo a Podemos y PSOE en una de esas partidas de persecución que palpan los rescoldos de las hogueras y cuelgan del árbol más cercano al perseguido si lo cazan.

Pero el ansia de cazarlo es demasiado virulenta, demasiado ajena a la sinceridad moral, a la profesionalidad jurídica. El ansia de cazar a Rajoy es tan grosera que, con jornadas como la del miércoles, lograrán inspirar la simpatía compasiva incluso de aquellos que creen que, bajo la guardia de Rajoy, al PP lo pudrió una corrupción inasumible.

Esta necesidad de desalojar a Rajoy inmediatamente, como sea, empieza a parecer una confesión implícita de que no se sienten capaces de ganarle unas elecciones ni juntando a todas las tribus del otro lado del muro de Adriano.