Opinión
Lenin, Stalin, Mao y otros líderes comunistas con las manos manchadas de sangre. PD

Salvo muy aislados casos, en las democracias clásicas u occidentales, netamente europeas, es improbable, por no decir casi imposible, que la izquierda radical y extremista llegue algún día a gobernar en solitario.

Por eso, sus dirigentes, astuta o descaradamente, intentan aliarse provisionalmente con otras fuerzas teóricamente de una izquierda más moderada pero sin rumbo ni proyecto de país, para alcanzar el poder. Obviamente, una vez consumado el efímero pacto, los radicales absorberán a los pardillos que se dejaron engatusar creyendo éstos que ganarían votos para llegar al poder. Craso error.

El izquierdismo moderado ha de ser internacionalista. El votante de esa izquierda exaltada de la que hablamos, al contrario de lo que se cree por el personal, no es un elector joven y con estudios superiores, sino más bien entrado en la madurez y escasamente preparado en las cosas del estudio, con niveles educativos bastante bajos. Tal ocurre en nuestro país.

Curiosamente, el que elige a ese tipo de rancia y obsoleta formación política, es persona apenas informada objetivamente sobre política y lo que entraña su conocimiento. Usa, el que lo llega a hacer, las llamadas redes sociales de forma pasiva y muy de compadreo para terminar asimilando solo el chisme político. Suele ser persona del medio rural, agazapada en su entorno, que suele pasar de los movimientos sociales pero que sigue creyéndose ingenuamente que ese tipo de izquierda puede ser su salvación para sacarle del ostracismo del mundo en el que habita.

La izquierda radical, taimadamente, no suele definirse en términos ideológicos, achacando a los organismos supraestatales y al partido que gobierna la responsabilidad de la crisis económica, creando continuamente a través de algunos medios de comunicación una situación emocional, respecto al votante en principio más abstencionista, de desafección y desconfianza política.

La Historia no se equivoca, antes al contrario, nos ha demostrado que allí donde el extremismo político se asienta, la libertad y la democracia desaparecen como por arte de magia.

La izquierda moderada y el centro izquierda en general son incompatibles con la izquierda extremista, al igual que ocurre con el agua y el aceite. Que se lo digan a Largo Caballero, Azaña y a Indalecio cuando aquello de que los socialistas entraran en el Gobierno con los republicanos. "Aquello fue poner en bandeja la guerra civil", en el decir del profesor Tamames.

Estas y otras razones, repasando y leyendo bien la Historia política de los pueblos, son las que nos llevan a pensar en la imposibilidad de que el extremismo político triunfe en la Europa de nuestros días, pues la libertad y la democracia priman frente a la demagogia, el pataleo callejero y televisivo y el engaño como arma para alcanzar el poder.

Se impone la cordura y la mesura del político que trabaja para las cosas cotidianas del país y no la irresponsabilidad del político de turno que en su cómico globo del postureo solo sabe chafardear, charlatanear sobre ideas que no tienen consistencia y que, en primera y última instancia, importan un bledo a la gente de a pie. Esas fuerzas que se dicen de progreso, que claman por el diálogo inverosímil de la cuadratura del círculo. ¿Qué diálogo? ¿El de la ruptura a ultranza?

Europa es más seria que todo eso.

Antonio Sánchez-Cervera